Dos argentinos que admiran

Autor:

Randol Peresalas

De escritores que leen a otros escritores y luego los comentan con admiración y agudeza, y de perspicaces lectores —artistas ellos mismos— que tras devorar centenares de libros son capaces de intuir los mecanismos del arte narrativo y tienen la bondad de compartirlos, se trata en estas líneas. ¿El pretexto? Dos autores ejemplares. La feria del libro regala a sus asistentes, aprovechando la presencia de Argentina como país invitado de honor, dos títulos de inapreciable valor en ese sentido: Diarios de escritores y otros ensayos, de José Bianco, y Querer escribir, poder escribir, de Javier Chiabrando.

El primero, sellado por el fondo editorial de Casa de las Américas, propone un cuidadoso compendio de artículos pertenecientes a uno de los más genuinos representantes de la lengua española. José Bianco, nacido y muerto en Buenos Aires (1908-1986), incursionó, además de la novela, en el periodismo. Fue también un notable traductor de Henry James, Jean Paul Sartre y Ambrose Bierce, entre otros. Su vínculo con la célebre revista Sur le ganó elogios de Jorge Luis Borges, quien prologara con desconocida vehemencia no pocos de sus libros, y no pocas controversias con Victoria Ocampo, la directora, en particular por la relación de este con la Cuba revolucionaria.

Escritor de innegable inspiración, cuya poética lo inclina con frecuencia hacia lo fantástico, fue amigo de numerosos autores que hoy son clásicos de la literatura latinoamericana. Su estilo preciso y elegante cosechó frutos en la categorización de importantes figuras noveles y en la definitiva consagración de aquellas más conocidas. Su prosa pulcra y en ocasiones semejante —con toda intención— a la de sus examinados —léase el impetuoso análisis que le reserva a la obra de nuestro Virgilio Piñera, contenido en esta edición— lo ubican en la cúspide de la ensayística del continente.

Tal como nos tienen acostumbrados los editores de Casa de las Américas, el volumen exhibe una inmejorable distribución de sus materiales. El pensamiento de Bianco se adelanta desde la misma portada, sobre la cual gira, a modo de juego óptico, una de sus frases más contundentes: «El yo recóndito del escritor, tan distinto del yo de la vida cotidiana». Hacia el interior de sus páginas nos espera un viaje seguro y a ratos sublime: Stendhal, Camus, Martínez Estrada, Proust... Todos y cada uno de ellos vistos con ojos y cerebro de literato, de hombre sensible y certero.

En cuanto al libro de Javier Chiabrando, todo parece indicar que será un éxito inmediato. Querer escribir, poder escribir, presentado por la Editorial Oriente, resulta inestimable para quienes aspiran a convertirse en escritores, sin que su autor prometa el trono de la literatura. Renunciando a fórmulas decisivas y a excesos teóricos, sus páginas persiguen estimular en sus lectores aquellas zonas de la creación aún dormidas por diversos complejos.

Con Chiabrando se engrosan las filas de autores nobles, incapaces de sentir mezquindad ante sus descubrimientos. Ese detalle los dignifica como ninguno. Profesor de múltiples talleres para narradores, lo que le endilga un aval envidiable, el argentino plantea desde el inicio las reglas del juego: «La literatura no es una ciencia exacta. Por lo tanto todo aquello que se aprende debe ser ratificado con la práctica». El tránsito que va del deseo a la concreción, tal como dicta el título, está plagado de innumerables obstáculos que cuando menos conducen al desaliento. La labor del escritor requiere de paciencia, pero sobre todo de exploración. Quien desconozca sus posibilidades, quien no pueda definir sus intereses con sentido práctico, difícilmente podrá acceder a la revelación que implica la escritura como expresión humana.

Mediante un lenguaje coloquial y directo, Chiabrando propone lo que él mismo ha llamado un libro motivacional. Su estructura no sigue la de una clase, aunque sin dudas lo es; se trata más de un paseo de la mano del maestro, donde no importa tanto el examen final como la experiencia del conocimiento. Es cierto que la palabra método nos sorprende a cada paso, pero no estamos ante un régimen cerrado: si bien la literatura no es como la matemática, su naturaleza ofrece infinidad de combinaciones que la hacen tan rica como esta.

Ambos autores, desde épocas y perspectivas artísticas diferentes, confluyen sin previo acuerdo para avisar sobre un camino difícil, pero estimulante: la narración literaria y su trasfondo ambiguo, donde la razón y la demencia ocupan igual número de casillas en el tablero del arte. Creo que la fascinación por los libros de otros fue lo primero. Luego les vino un impulso que no pudieron controlar.

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