René Fernández Santana: la magia de un titiritero

Afirma el director del grupo para niños Papalote y Premio Nacional de Teatro 2007, que el teatro es parte de su existencia

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René Fernández, entre María Elena Mollinet y René de la Cruz, durante la entrega del Premio Nacional de Teatro 2007. Foto: Calixto N. Llanes El 2007 no pudo traer mejores aires para un papalotero que, desde las tablas, pone a volar la imaginación de los niños. Durante 50 años de profesión René Fernández Santana ha sostenido la cuerda de Papalote, proyecto que le valió el Premio Nacional de Teatro y la admiración del pueblo que enriquece espiritualmente su obra.

«Me siento contento porque es la primera vez que el Premio se concede a un titiritero. Tampoco pensé que en mi ciudad me conocieran tanto. En eso consiste el mérito de Papalote: ha convertido a Matanzas en la ciudad de los títeres».

Además del galardón —compartido con María Elena Molinet, Eduardo Arrocha y René de la Cruz—, fue reconocido en el reciente Festival Nacional de Teatro de Pequeño Formato de Villa Clara, con el premio de diseño escenográfico y de vestuario, por su puesta en escena de Payasos disparatados y rayados.

«No es la primera vez que participo en este evento. El Mejunje —su sede— es un espacio muy favorable para la interacción con el público que puede apreciar cómo está el teatro en estos momentos».

Por su creatividad en la manipulación de los títeres, el rescate de la cultura tradicional y el tratamiento de temas literarios universales, René Fernández es considerado uno de los más importantes directores de teatro para niños.

Parece haber nacido para ello. Sencillez, modestia y amabilidad, componen su carácter. Con la sonrisa a flor de piel y la mano presta al saludo, acepta el diálogo imprevisto.

—¿Qué representa para René Fernández la obra La amistad es la paz?

—Significa mi verdadera iniciación en el teatro, cuando tenía 12 años. Mis hermanos menores fueron el público. Es una obra muy sencilla pero cargada de amor. La hice con muñequitos planos y trataba de demostrarles la importancia de defender nuestra identidad, como lo hacen sus dos personajes.

«En 1962 comencé profesionalmente a través de un curso de los hermanos Camejo. Soy el resultado de mi pueblo. Me he alimentado de su naturaleza, de su bahía, de su biblioteca, donde leí un texto titiritero por primera vez. No me concibo sin Matanzas. En sus calles he mudado muchas veces la piel».

—Sin embargo, nunca le ha dedicado ninguna puesta en escena...

—He estudiado mi ciudad, su sincretismo, sus mezclas, su cultura. Aunque no se vea de una forma evidente, está dentro de cada personaje que he creado.

—En la década de los 70 usted se vio obligado a separarse del grupo. ¿Cómo explica que, paradójicamente, haya alcanzado su madurez en esa etapa?

—La madurez me llegó con un golpe. Pensé incluso en dejar el teatro, pero ese arte es muy fuerte.

«Me dediqué a escribir, a corporizar mi método de trabajo. Comprendí mejor la realidad social, porque vivía muy encerrado en él. Me enamoré.

«Lo que aprendí lo puse en práctica. Traté de que el pasado no se me interpusiera. Cuido mucho mi verticalidad, que es una de las leyes fundamentales de los títeres».

—¿Se concibe sin el teatro?

—Eso forma parte de mi existencia. Es un puerto, mi hogar, el desafío que me hace sentir vivo. Me siento un hombre afortunado por hacer lo que me gusta.

—¿Por qué ese empeño en reflejar el folclor afrocubano en sus obras? ¿Y los refranes?

—Obatalá, Yemayá, Eleguá, representan una raíz de nuestra cultura. Me nutro de todo eso, porque encierran muchas verdades. Admiro ese mundo. También hay que demostrarles a los niños que tenemos una gran riqueza mitológica.

«Los refranes... son como el peso del elefante. Dan solidez al texto».

—Al que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija. ¿A qué árbol se arrimó usted?

—Ese es mi refrán favorito. Me arrimé a Osvaldo Dragú, una persona que me ayudó mucho, no solo técnicamente.

—¿Maestro?

—Esa palabra no me gusta. Me enorgullezco de haber formado nuevas generaciones. Sigo haciéndolo. Un ejemplo es el Taller de los Aprendices. Además tengo un proyecto sociocultural: La calle de los títeres.

—¿Cómo ve la salud del teatro cubano?

—Cada época requiere de una renovación. Necesita desempolvar historias. Reclama en ocasiones diferente público, diferentes niños, otras realidades.

«Lucho por no envejecer mi obra. Busco la manera de que mis títeres sean capaces de transmitir en la escena, la magia con que los pienso».

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