Jesús David Curbelo, poeta y soñador

Reflexiones de uno de los más prolíficos y connotados escritores jóvenes cubanos, que participa en La Feria del Libro

Juventud Rebelde
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4 de Marzo del 2007 0:24:31 CDT

Licenciado en Filología por la Universidad Central de Las Villas y actual jefe de la redacción de Poesía de Ediciones Unión, Jesús David Curbelo (Camagüey, 1965) es uno de los más prolíficos y connotados escritores jóvenes cubanos.

Poeta, narrador, crítico literario y traductor, Curbelo tiene a su haber casi una veintena de libros en todos los géneros literarios, entre los que sobresalen la novela Infierno (1999) y los poemarios El lobo y el centauro (2001) y Parques (2004), ganadores estos últimos de sendos Premios de la Crítica.

Definido por sí mismo como poeta, por sobre todas las cosas, a Curbelo le gusta soñar y realizar sus sueños, es por eso que, a pesar de que atesora ya más de una decena de premios y su nombre figura en numerosas antologías nacionales y extranjeras, no deja de escribir ni con el pensamiento.

David tuvo la gentileza de concedernos esta entrevista en medio del torbellino de la XVI Feria Internacional del Libro, en la que ha tenido una notable participación. Sobre este importante evento opina:

«Creo que los autores cubanos cuentan con una amplia representación en esta Feria. En realidad, la han tenido en todas las que se han hecho en los últimos años a lo largo del país. Esto se debe, pienso, al trabajo de instituciones culturales como el Instituto Cubano del Libro, la UNEAC, la AHS, y otras, que facilitan la presencia de los autores nacionales y de sus libros, en las más diversas zonas de la geografía nacional, así como el diálogo con amplios sectores del público a través de presentaciones, charlas, conversatorios, conferencias. Sin duda, esta es una modalidad muy interesante para una feria del libro, pues se logra trascender el hecho comercial y vincular a productores y receptores del producto literario, desde un punto de vista cultural».

—Además de poeta, narrador y crítico te has dedicado a la traducción literaria. ¿Qué importancia le das a esta vertiente de tu trabajo y cómo se relaciona con el resto de tu obra?

—En algunas entrevistas he dicho que, de todas las maneras de abordar el hecho literario, la traducción me resulta la más atractiva. Es la única forma que tengo de fingir que soy un gran escritor: enmascarándome bajo la piel de grandes autores y navegando por dentro de sus obras. Es, además, una tremenda lección moral: me demuestra mi propia pequeñez ante la literatura, la necesidad de aprendizaje constante y también la de cambio constante, como hasta ahora me han enseñado los maestros que he traducido. Claro, suelo traducir por placer, y luego me dedico a ver si consigo publicar esas traducciones (casi siempre de poetas muy notables: Dante, Donne, Du Bellay, Rimbaud, Blake, Masters, Pasolini, Bonnefoy) para ponerlas al alcance de mis coetáneos y que cumplan el cometido de servicio que entraña el acto de traducir. Pero soy el principal beneficiado, pues el método que empleo para abordar la traducción (en realidad sería mejor decir la falta de método: leo y releo cientos de veces la mayor cantidad de obras del autor, la bibliografía pasiva, libros de historia, filosofía, etc., y dejo que el propio poeta me ofrezca las pistas para iniciar el trabajo) me obliga a desentrañar poéticas, conflictos existenciales, razonamientos estéticos, decisiones estilísticas y otras aristas de grandes poetas, por lo cual salgo bastante edificado espiritualmente de cada proyecto terminado y, por si no bastara, lleno de inquietudes estéticas por resolver.

—¿Qué te sientes más: poeta, narrador o crítico?

—Poeta. La poesía es, para mí, el camino del conocimiento en todas sus variantes: el conocimiento del universo, de la divinidad, del prójimo y, sobre todo, de mí mismo. Es un ejercicio espiritual de primer orden, porque ese conocimiento múltiple me urge a indagar acerca de la salvación, ya sea propia o ajena, y ese intento me lleva a una interminable necesidad de crecimiento emocional, intelectual, en aras de una perfección imposible pero deseable. La poesía es también, como la entiendo, un continuo acertijo ético-estético. Me gusta pensarla como el arte de prescindir, pues desde el momento en que elegimos una imagen, un ritmo, una idea, estamos prescindiendo del resto; y cuando elegimos una palabra estamos prescindiendo de todas las demás del idioma para buscar nuestro idioma, aquel que nadie podrá hablar por nosotros para comunicar nuestras pequeñas verdades (o mentiras). Y esto se da, incluso, aunque la poesía que uno escriba sea en apariencia objetiva, fría, instrumental, o cualquiera otra cosa. Al final, hay siempre un sujeto actuante que busca y se busca en el límite entre la vida y la posibilidad de otro mundo más allá de la muerte. Y encima es preciso, cada cierto tiempo, prescindir de nuestras poéticas, morir y renacer como el Fénix, bajo otras voces, otras máscaras, otras poéticas, para evitar el riesgo del anquilosamiento, de que otros caminos permanezcan sin explorar. La narrativa, a la postre, obedece a similares reglas estéticas y éticas, solo que con otros procedimientos de composición. Los grandes narradores de la historia literaria, es decir, los grandes buscadores en los sitios recónditos del individuo en las diferentes épocas (Boccaccio, Rabelais, Cervantes, Goethe, Austen, Tolstoi, Dostoievski, Balzac, Stendhal, Kafka, Musil, Proust, Joyce, Svevo, Faulkner, Gadda, Beckett) no son otra cosa que inmensos poetas.

—¿Para quién escribes: para un lector cubano o para uno «universal»?

—Escribo para el Lector, con mayúsculas, para ese habitante de la patria del espíritu que puede estar igual en Alaska que en Contramaestre. El hombre tiene conflictos muy semejantes en cualquier parte del planeta, de la historia, de la civilización. Ahora bien, como mis raíces, las únicas que tengo, son las de mi tradición nacional —por supuesto que conectada a la inmensa tradición del mundo, del continente, de la lengua—, desde ellas pretendo alzarme hacia el diálogo con ese Lector ideal que antes mencioné. Por eso no me privo de pensar en cubano, ni de hablar en cubano, porque en ese pensamiento están Dante y Shakespeare, Nietzsche y Heidegger, Quevedo y Vallejo, Chopin y Litz, y también el Cucalambé, Ñico Saquito, Martín Dihigo y los tambores de las reglas de Ocha y Palo Monte. En fin, que me gustaría ir hacia el Lector, hacia el Mundo, desde el tronco de nuestra república.

—¿Cuáles son tus proyectos para el 2007?

—Acabo de traducir un libro de Yves Bonnefoy que no tenía previsto. Con eso te digo que los proyectos son muy variables. De hecho, en días comenzaré a impartir en la Universidad un semestre que tampoco tenía previsto ahora. O sea, estoy en la pura improvisación. No obstante, puedo decirte lo que me complacería poder hacer: terminar de traducir una antología de la obra poética de William Blake (ya hice Cantos de inocencia y Cantos de experiencia en colaboración con Susana Haug), concluir un par de libros de ensayo que tengo a medio hacer, uno sobre Guillén, Ballagas y Brull, y otro sobre la poesía cubana después de 1959; acabar una novela (Jano y Atalanta) que arrastro hace casi un lustro por las computadoras más variopintas; y empezar un libro de cuentos con cinco o seis historias que llevan buen tiempo rondándome. Bastante poco objetivo, por supuesto; mas como cualquier buen intento literario debe hacer hincapié en lo subjetivo y en lo onírico, ¿para qué voy a privarme de soñar?

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