Mario Limonta: un cubano desde todos los puntos de vista

El destacado actor comenta a JR sobre su vida, la telenovela Oh, La Habana y su próxima película Los dioses rotos

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Foto: Leandro Maceo Hubiera querido interpretar en algún momento de su vida el Otelo íntegro de Shakespeare, pero ahora el destacado actor Mario Limonta, a quien la presente edición del Festival Internacional de Cine Pobre le rinde justo homenaje, junto a otros dos grandes: Manuel Porto y Enrique Molina, se siente realizado cuando se mete en la piel de uno de los suyos.

«Mi brújula como actor, asegura, ha sido interpretar a un cubano de cualquier estamento social, desde un intelectual hasta un marginal. Si la gente cree en el personaje que le ofrezco, me doy por aplaudido. Siempre trato que mis héroes o mis “malos” sean creíbles, auténticos; algo que he tratado de hacer durante casi media década de labor en la radio, en el cine, en la televisión, en el teatro, en el cabaret. Solo no lo he podido lograr en el circo, porque desgraciadamente no soy equilibrista ni trapecista (sonríe)».

A Limonta, el Sargento Arencibia o Sandalio el Bola’o —da lo mismo, la gente lo identifica tanto por su nombre como por sus personajes—, lo podremos ver próximamente en la pantalla grande demostrando su gran versatilidad y capacidad para convencer. Se trata de Los dioses rotos, de Ernesto Daranas, «una película —dice—, que está en proceso de posproducción, donde me convierto en Serrano, un santero, hijo de Ogún. El guión es muy interesante. Es algo así como la historia de Yarini en pleno siglo XXI —se rodó, incluso, en el barrio de San Isidro—. Vamos a ver, pero espero que me haya salido bien». ¡Y él lo duda!

—En 1964 debutaste y asumiste tu primer protagónico en el cine en La decisión. Luego vinieron De cierta manera, El brigadista, Retrato de Teresa, Miel para Oshún, Mata que dios perdona, Barrio Cuba... ¿Qué ha significado este medio para Mario Limonta?

—Ha sido esencial en mi vida profesional. Mira, empecé por la radio, después incursioné en el teatro y la televisión, pero el cine tiene otras posibilidades. Primero: puedes enfrentar tu labor con mucho más detenimiento, y por tanto, puedes aspirar a la perfección; segundo: el cine queda, y la imagen viaja por el mundo. Y eso es muy importante para un actor.

«¿Qué ha pasado con el cine y Mario Limonta en los últimos tiempos? Pues en 2001, Humberto Solás hizo su primera película digital, que significó un renacer en mi carrera. Miel para Oshún ganó muchos premios internacionales, entre ellos uno que me otorgaron en Viña del Mar como mejor actor de reparto. Después repetí la experiencia con Solás en Barrio Cuba, la cual tuvo idéntica repercusión internacional y nacional. ¿Qué otra cosa puede ambicionar un actor?».

—Entonces, estás entre los abanderados del cine digital...

—Muchas personas acostumbradas a hacer cine en celuloide veían la inserción de la tecnología digital como si fuera una bastarda, pero la verdad es que en Cuba ha contribuido a la recuperación de la cinematografía nacional. Este año, por ejemplo, vamos a hacer siete películas y el pasado estrenamos cinco. El cine es muy caro y, sin duda, el digital baja los costos de producción lo que no significa que con ello tenga que mermar la calidad artística. Y al final, la gente agradece, porque a quien más le gustan las películas cubanas es al propio cubano.

—De cierta manera fue el largometraje escogido para tu homenaje. ¿Qué recuerdos guardas de él?

—Mira, de esa película tengo recuerdos muy lindos. De cierta manera se rodó en 1971 y no salió hasta 1974, porque se filmó en 16 mm y después hubo problemas para la conversión a 35 mm. Para más desdicha, Sara Gómez, su directora, lamentablemente murió en ese proceso de posproducción y Titón fue quien la terminó. Sin embargo, me parece que ya es un clásico del cine cubano. Por primera vez se incursionaba en los problemas de la realidad social cubana.

«Cuando Sara me llamó, yo estaba haciendo Los mambises en la televisión. Ella se me acercó y me dijo: te voy a dar un papel para desmitificar a Nacho Verdecia, quiero que me hagas un marginal. Claro, yo viví mucho tiempo en el Cerro, con cruzar la calle Ayestarán ya estaba en contacto con personajes como el Humberto de De cierta manera. Solo se trataba de observar el mundo que me rodeaba, interactuar con ellos para tener a la mano el personaje que iba a interpretar.»

—Naciste en Guantánamo y te criaste en Holguín, pero ¿cómo tuvo lugar ese proceso que te convirtió en una figura renombrada en La Habana?

—Bueno, mi primera incursión fue en la radio, a los 16 años, en CMKF de Holguín. Decía versos en el programa estelar. Terminé el bachillerato, pero ni soñar en aquel tiempo que una familia cubana te permitiera tan fácilmente que te convirtieras en actor o, mejor dicho, en artistas, que era como le llamaban. Tenías que hacerte de una carrera porque eso te aseguraba el futuro. Probaron con la Medicina, mas no me interesaba; entonces, bueno, Derecho. Y vine a La Habana a estudiarlo, pero estamos hablando de la capital en 1956, con la universidad en plena efervescencia revolucionaria, y no me hice a un lado.

«Luego cerraron la universidad. Como había aprendido el oficio de tabaquero con mi papá, quien tenía una pequeña fábrica en Holguín, pues me dediqué a eso. ¿Qué sucedió? Pues sabes que en las tabaquerías se usa el lector y, al poco tiempo, como existía el antecedente de que era locutor, estaba ocupando ese puesto. Fue por ese tiempo que se me presentó la posibilidad de trabajar en el programa de José Antonio Alonso. Se estaba preparando la huelga del 9 de Abril, y como las células de CMQ eran muy fuertes, el Movimiento 26 de Julio aprovechó mis dotes para recitar. Llegué en esas circunstancias como enlace. Sin embargo, al presentarme en el programa, gané de verdad, y ya me quedé ahí, le cogí el gusto. A finales de 1957 me dieron un carné para trabajar como profesional.

«Con el triunfo de la Revolución pude terminar cualquier carrera, convertirme en otra cosa, pero preferí seguir siendo actor. Mucha gente me criticó, pero no me importó. Me metí en el Teatro Nacional en 1959, y continué haciendo televisión, donde ya había empezado. En el grupo teatral Guernica estudié las artes escénicas durante cinco años, y así hasta el día de hoy».

—¿Crees que, como en el cine, en la televisión se han explotado todas tus posibilidades histriónicas?

—Sí, incluso por estos días se estrenan los primeros capítulos de la telenovela llamada Oh, La Habana, donde se puede apreciar otra faceta de mi trabajo. En la televisión también interpreté hace mucho tiempo, en Los mambises, a un héroe inspirado en la familia Maceo, pero hice, además, al Sargento Arencibia de San Nicolás del Peladero, un personaje del vernáculo que no existía, porque los arquetipos eran la mulata, el negrito, el gallego, el chino, y en el teatro popular cubano nadie se quería meter en serio con el ejército ni con la policía. Está Tierra o Sangre, un dramatizado muy exitoso escrito por mi compañero, hermano y amigo, tempranamente desaparecido, Abraham Rodríguez —por cierto, Oh, La Habana es su novela póstuma—, es decir, que he asumido personajes muy diversos. Quizá haya podido repetirme, pero en casi 50 años de profesión no hacerlo es un prodigio».

—En Oh, La Habana interpretas justamente a un personaje que es un locutor...

—Soy un locutor de FMKW Radio Litoral, una emisora nacional imaginaria, donde, entre otras cosas, se divulga la mejor música cubana. Este hombre, además, declama versos, entrevista a personalidades de la cultura cubana y hace una sección a la que la gente escribe pidiendo consejos sentimentales. Por supuesto, este personaje tiene su historia personal y está lleno de matices... Hasta canta, es músico poeta y loco. Es un poco Abraham, porque él está presente en todas sus obras, pero también es un poco Rosillo, el difunto Enrique López, o Paco Aguiar Suñol, un locutor que coincidió con mis inicios como actor en Holguín. Mi personaje es un gran homenaje a la radio».

—Entre todos los medios, ¿con cuál te quedarías?

—Con el cine, mi hermano, con el cine, porque aunque yo no establezco mucha diferencia entre lo que tengo que enfrentar como actor en la televisión y en el cine, este último me brinda la posibilidad de trabajar con mucho más detenimiento.

—Cuando entrevisté a Aurora Basnuevo, le di la posibilidad de que me hablara de ti, de la relación de ustedes de tantos años. Ahora hago lo mismo contigo. ¿Qué ha representado ella en tu vida y tu carrera?

—Aurora es el amor, yo la conocí cuando era una mujer preciosa, en el año 50 y pico, por ahí... Lo sigue siendo (ríe): Aurora es el amor, eso que los poetas han tratado de definir, al igual que los músicos, la filosofía, la psicología... Yo, sencillamente, lo he vivido con ella, que es mi amor y mi compañera en la vida y en el arte.

—¿Cuál ha sido la filosofía de vida de Mario Limonta?

—Yo soy un revolucionario cubano que participó en la lucha clandestina, que es militante del Partido y un hombre sencillo y modesto. Nunca se me ha subido nada a la cabeza, para mí el toro sale todos los días. Cuando me paro frente a un micrófono o a una cámara lo hago con la convicción de que lo haré lo mejor posible. Hasta la piel la dejo porque tengo un compromiso muy serio con mi país».

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