Presentan el monólogo Conversación en la casa Stein... - Cultura

Presentan el monólogo Conversación en la casa Stein...

Interpretada por la actriz Susana Pérez y dirigido por el argentino Miguel Pittier. JR ofrece un acercamiento a la labor de los realizadores de esta pieza y al texto del dramaturgo Peter Hacks en el que esta se inspira

Autor:

Rufo Caballero

Foto: Pepe Murrieta Recuerdo el comentario de Susana Pérez el día que vimos juntos, hará de esto algunos años, una polémica película. Sobre el desempeño de la intérprete femenina, escuché: «El día que esta mujer pierda la belleza, se quedará vacía». Con la frase, la primera actriz acababa de exorcizar un viejo temor: ella misma había comenzado como una mujer exorbitantemente bella, que la cámara engrandecía todavía más, y que suscitaba la pregunta: ¿Susana Pérez rebasará el glamour de la damita cubana del siglo XIX?

Con los años, no solo se ha incrementado su belleza de una forma extraña y secreta, sino que Susana se ha convertido en un verdadero monstruo histriónico. De hecho, entre las notables actuaciones femeninas del audiovisual contemporáneo, yo recordaría, como mínimo: a Vivien Leigh en Un tranvía llamado deseo (ciertamente, esta no es muy contemporánea, pero aquí empezó una reformulación de la subjetividad que llega a nuestros días); a Glenn Close, en Amistades peligrosas; a Helen Mirren, en La reina; a Isabelle Huppert, en La pianista; y a Susana Pérez, en Clase magistral.

Con un profesional manejo de la voz, que le permite pasearse por el teatro como la primera; orgánica hasta los tuétanos; técnica y mesurada; inteligente, culta y retadora, la actriz tuvo su trabajo de gracia en Clase magistral. Hasta entonces, mucho se discutió si Susana era una actriz más racional que emotiva, o más emotiva que técnica; pero a partir de Clase..., la evidencia fue otra: Denle a esta mujer una psicología redonda, y el cielo se abrirá. Lo de esta actriz es el mundo interior, la filosofía de la vida que busca y halla en cada personaje.

Al encarnar por estos días a Carlota Stein, en el monólogo Conversación en la casa Stein sobre el ausente señor Von Goethe (sala Adolfo Llauradó), Susana parece convocarnos, con el siglo XVIII por pretexto y nuevas transiciones de película, a la segunda parte de aquella lección de actuación. Pero ahora, ¿cuál es el meollo dramático?

EL TEXTO

Todo hay que decirlo: en estos momentos, Susana se confiesa perdidamente enamorada de un poeta. Él también era tremendo. Como todo genio que se respete, Juan Wolfgang de Goethe (1749-1832), el más célebre de los poetas modernos, fue un hombre muy enamorado. Enamorado a todos los niveles: de la vida, de la naturaleza, de la cultura, de los poderes de la mente humana. De las mujeres. La literatura posterior a Goethe no ha podido sustraerse a la devoción por fabular, por reconstruir, algunos de sus romances más sonados. De Thomas Mann a Milan Kundera, los escritores posgoethe han sucumbido una y otra vez a la pasión por entender el alma y la sensualidad del enorme poeta, al tiempo que han auscultado (creen ellos) los ecos de aquellas fogosidades en las mujeres de la época.

Sin apenas certezas, el dramaturgo Peter Hacks levantó por su parte uno de los mayores mitos culturales de esa historia imprecisa pero intensísima: los frustrados amores entre Goethe y la cortesana Carlota Stein. En Conversación..., su monólogo de 1976, Hacks dibuja la psicología enfebrecida de Carlota y, por medio de ella, la luz del genio. De entrada, habría que admitir las referencias que deja el texto como licencias de la ficción, de la imaginación literaria o teatral. ¿Existió en verdad ese romance? ¿Existió con la fuerza que nos relata Carlota? ¿Carlota miente, y ni siquiera hubo esa única vez del encuentro físico entre ambos? Por lo contrario, ¿se veían con frecuencia? ¿La relación fracasó por la razón que confiesa Carlota? Habría que lanzarse a una pesquisa sobre la época, parear cartas de por sí fantasmales, revisar retratos pictóricos con más suspicacia que objetividad; pero lo cierto es que, sin demasiadas certezas de base, el texto que construyó Hacks es definitivamente precioso. ¿A qué pedir certeza, si tenemos delante la lucidez del arte, esa que todo lo cubre y todo lo argumenta?

Nuestro escritor, el intrépido Hacks, se afirma como heredero de las mañas de Sade y Choderlos de Laclos a la hora de comprender los rituales mentales del cortejo amoroso. En un ejercicio catártico de regusto brechtiano, una moderna Carlota Stein se desnuda progresivamente. Tiene delante a su marido, que de noble caballero de la corte pasa a ser un muñeco silente, una nube, una presencia omitida, un interlocutor mudo, un confesionario muerto. Y tiene en la mente, todo el tiempo, a Goethe.

Los primeros actos son extraordinarios: Carlota dispensa su discurso, y trata de convencerse de que desprecia a Goethe, de que no lo ama, que lo ha rechazado. Todo este primer tiempo tiene la inflamación del despecho, la ironía del personaje que evita desvestirse: «Era un villano». Ella, Carlota, es la heroína, la venerada, la que se permite el rechazo: «Este hombre ante quien todos tiemblan, ante mí era solo debilidad».

Pero pueden más el recuerdo de Goethe y el vigor del amor que siente Carlota, y resulta que la cortesana nos llega a confesar su impotencia, su postración, su parálisis ante Goethe. La obra trata, en no poca medida, sobre la indefensión ante la magnitud del genio. A Carlota se le aparece la envergadura del genio como una instancia misteriosa: «Es un dios, nada menos». Se lo había dicho el propio poeta: «Yo no soy un hombre, Carlota. Yo soy Goethe». Y claro: el más universal de los genios modernos no era un hombre; era Dios.

Ella no puede menos que caer rendida: el complejo de superioridad que expresa en los primeros actos indica una profunda crisis de autoestima, ocasionada por la lejanía física de Goethe. Cierto que el amor empequeñece la estatura de quien ama, para ver agigantado al Otro, cierto; pero Carlota está doblemente perdida: ama, y ama a un genio. Por consiguiente, cuando retrata su ego y su autosuficiencia, su vileza y su grosería, su humor antojadizo y «climático» (guiño cultural a la romántica relación entre el estado emotivo de los personajes y el estado físico de la naturaleza), no deja un segundo de adorarlo.

Carlota se arrastra, pierde los límites de la razón. La subjetividad del personaje queda entre la locura y la maniobra, el deseo y la patología. Quejarse, blasfemar, mentir, son las maneras que encuentra el personaje para bendecir, para acercar, para no extraviar un segundo el recuerdo de Goethe. Está perdida y lo sabe: su infernal objeto y sujeto de deseo ha huido, y Carlota queda a expensas de su pasión, enredada en ella, sin saber qué hacer con ella. Esa turbación, esa ansiedad, es la voz que oímos como un soliloquio que juega a ser un diálogo. Ese momento de quebradura mental, de pérdida de distingos, de traiciones continuas (Carlota se niega y se contradice todo el tiempo) es la fiebre que escenifica la obra.

Al final, solo una vivencia une a Carlota y a Goethe: la frustración de la sensualidad, pues, según el personaje (que es decir, según Hacks) ambos intentaron vencer la asepsia de una vida sin erotismo, y fracasaron. Carlota nos regala la confesión de su derrota: no amó únicamente el ideal poético o el sentimiento platónico; allí cuando se descubrió embriagada por el mundo de los sentidos, movida por primera y única vez por un hombre que era un dios y que, gracias a ello, parecía resolver en sí el eterno dilema entre cuerpo y alma, ese hombre se marchó. Entonces, apenas si ella puede expresar su caída mortal frente al dios. Ante la inmensidad de lo excepcional, el testimonio pedestre y el derrumbe clamoroso de la que va a morir.

Lleno de ideas sobre la creación («los poetas expresan lo que todos sienten menos ellos mismos»), el monólogo resulta un apreciable documento sobre el carácter y la fractura de la subjetividad moderna. La pieza significa, a no dudarlo, un cálido homenaje a la mayor liberación del espíritu romántico: el vencimiento de la subjetividad apasionada por sobre la razón irreprochable de décadas anteriores. Dicho en dos palabras: el triunfo del siglo XIX, que estaba por llegar en los días del «desarreglo» hormonal de Carlota y Goethe, frente a las luces ya fatigadas del XVIII.

Conversación en la casa Stein... brinda, por otra parte, la coartada perfecta para el lucimiento de una gran intérprete.

EL DIRECTOR

El argentino Miguel Pittier es un creador avalado tanto por la práctica del oficio, en la dirección de importantes y complejas obras de teatro, como por la alta academia, siempre que ha fungido como profesor de Interpretación y Análisis Dramático en encumbradas plazas de Buenos Aires y Madrid. En la actualidad, se desempeña como coach de interpretación (asesor) del actor Imanol Arias, a propósito de la intervención de este en una serie de Televisión Española. De Imanol Arias a Susana Pérez, es claro que Pittier va de lujo en lujo.

El día que visité uno de los ensayos pude comprobar el carácter de la estética que en este caso ha preferido el argentino: sabedor de que cuenta con un gran texto dramático, y una soberbia actriz, ha optado por la sobriedad que afinque y profundice el engarce entre ambos: sin efectismos ni demasiados artificios posmodernos para la puesta, Pittier enfatiza las marcas que la actriz debe advertir en el texto, en cuanto a los giros de tono, los matices de la difícil conducta de Carlota, el doble código de rechazo/deseo, negación/afirmación, desprecio/invocación.

TAL VEZ

Con semejantes presupuestos, hoy domingo, o cualquiera de los próximos fines de semana, podemos encontrarnos en la sala Adolfo Llauradó (11, entre D y E, Vedado), para respondernos la pregunta: ¿texto, actriz y director han llegado a puerto seguro con la actual puesta en escena de Conversación en la casa Stein...? Tal vez conversemos, en los próximos días, sobre los resultados reales de un espectáculo que promete tanto, que fulgura por todas partes que se le mire.

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