Roberto Méndez, una de las firmas más sólidas de la literatura cubana actual

Autor:

Juventud Rebelde

Poeta, ensayista, narrador, crítico de artes plásticas, ballet y ópera, investigador histórico y cultural, profesor universitario y miembro de la Academia Cubana de la Lengua, Roberto Méndez (Camagüey, 1958) es una de las firmas más sólidas de la literatura cubana actual.

Autor de una copiosa bibliografía, compuesta por una decena de poemarios, recogidos en la antología personal Autorretrato con cardo (Ediciones Unión, 2004), varios volúmenes de ensayo e investigación, una novela y textos de apreciación sobre ópera y ballet, entre otras, Méndez ha sido incluido en numerosas antologías en Cuba y en el extranjero. Obtuvo el Premio de Poesía «Nicolás Guillén» en su primera convocatoria con el poemario Viendo acabado tanto reino fuerte, que luego merecería el Premio de la Crítica Literaria en 2002; este galardón también le fue conferido a sus volúmenes ensayísticos La dama y el escorpión y José María Heredia: la utopía restituida, en 2001 y 2003, respectivamente. El pasado año recibió el Premio de Ensayo «Alejo Carpentier» por un libro, aún inédito, sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda.

En medio del fragor de su trabajo literario, Roberto tuvo la amabilidad de responderme algunas preguntas para los lectores de El tintero. A mí, que no soy un periodista profesional, no se me ocurrió nada mejor que conversar con él acerca de aquellas obsesiones que nos han hecho, aparte de amigos, habitantes del aire de una misma época.

¿Qué importancia le concedes, dentro de tu obra literaria, al cultivo de la poesía?

La poesía es el género que me define como creador. Toda mi escritura, no sólo los versos, se hace a la luz de ella. De hecho, puedo escribir ensayos, estudios históricos, novelas, pero sin salirme en modo alguno de la poesía. Ser poeta no es tanto cuestión de cultivo de un género —sobre todo cuando las fronteras genéricas son ya tan precarias—, sino de actitud ante la existencia y ante el conocimiento del mundo; de hecho, creo que si algo nuevo he podido colocar en el pensamiento de mi tiempo, más que en mis ensayos y artículos, habría que buscarlo en sumas poéticas como Viendo acabado tanto reino fuerte y Cuaderno de Aliosha.

¿Cómo ha complementado tu labor poética la zona de tu ensayística que aborda algunas de las grandes voces de la lírica nacional (pienso en Heredia y la Avellaneda, por ejemplo)?

El estudiar la obra de otros poetas, de esos llamados, sospechosamente, «autores del pasado», ayuda muchísimo a esclarecerse uno mismo y los problemas que nuestra obra nos plantea. Por otra parte, cuando un poeta se decide a escribir sobre otro, lo hace desde una complicidad que el prosista académico no puede alcanzar, no es un problema de instrumental, sino de conocimiento de abismos. El resultado en esos casos, como lo sabían T. S. Eliot o Lezama, no es un libro de texto, sino una nueva obra literaria, que enriquece a ambos autores.

Háblame un poco de tu afición por los estudios historiográficos y culturológicos, y por la crítica de artes plásticas, ballet y ópera; ¿cuánto de lo aprendido en esos campos ha pasado a tu literatura de ficción?

Como el sujeto que escribe es una unidad y no una suma esquizoide de compartimientos, cualquier género que se aborde, enriquece los otros. Hay huellas evidentes de mi interés por el ballet en mi novela Variaciones de Jeremías Sullivan, en el poemario Las especies del aire y hasta en algún pasaje de mi estudio de la obra herediana; lo mismo sucede con la ópera y con las artes plásticas.

En mi quehacer hay dos obsesiones: una es descifrar el pasado, explicarme el presente en gran medida a partir de él, de ahí mis labores como historiador de la cultura en Camagüey y mi acercamiento al siglo XIX, donde está el génesis verdadero de la literatura cubana y, por otro lado, la ansiedad por interrogar al arte, en busca de esas verdades que solo a través de él pueden decirse. Han sido dos ideas guía en mi obra, que tienden a darle unidad —aunque yo no haya procurado conscientemente el formular un «sistema poético» al modo de Lezama.

Sé que has escrito novelas muy peculiares. Me gustaría saber cómo entiendes el arte de la novela.

Novelar es comunicar desde un discurso de tipo narrativo, sumamente abarcador, nuestra verdad sobre el mundo. No creo en realismos de viejo ni nuevo cuño, ni en preceptos escolásticos sobre lo que este género permite o no. Obras como Paradiso, Rayuela, Palinuro de México y Concierto barroco nos demuestran que todo es posible en ese campo. Sé que mi posición me excluye del muy selecto club de los «narradores profesionales», pero siento que cuando un autor cree saber exactamente cómo se hace una novela acaba de impedirse el hacer algo verdaderamente sorprendente. Tengo escritas tres novelas. Variaciones de Jeremías Sullivan que es un divertimento, una historia de amor contada a través del pastiche literario y otros juegos intertextuales, es la única publicada hasta hoy. Esperan su turno: La conjura de Perceval, donde el mito europeo que inspirara el Parsifal de Wagner sirve como base para la reflexión sobre el ser y destino de la cultura cubana y una novela más extensa, Callejón del infierno, inspirada en unos misteriosos asesinatos ocurridos en Puerto Príncipe durante la Guerra del 68, que tiene algo de la nueva novela histórica y mucho de homenaje al folletín romántico. Otros proyectos esperan su turno.

¿Qué significa para ti haber hecho una obra literaria tan contundente desde «la provincia»?

Significa especialmente el desarrollo de facultades como la constancia y la capacidad de espera. He podido demostrar —como lo hicieron antes de mí autores como José Soler Puig y Ricardo Repilado— que se puede hacer una obra resistente, ganar premios y hasta viajar al extranjero residiendo en una provincia. Aunque eso implica levantar irritaciones en ciertas mentes capitalinas que lo ven a uno como intruso y desde luego en muchas provincianas que se conforman con la habitual diatriba antihabanera para justificar sus propias mediocridades. Es un esfuerzo que puede llegar a enloquecerte si no tienes las coronarias bien puestas... Mas lo que define a un autor no es desde dónde escribe, sino la huella que puede dejar en el aire de una época.

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