¿Hasta dónde llega lo popular, y dónde irrumpe lo vulgar?

Los giros, dicharachos y aforismos de última hora de nuestra cultura popular integran también la manera de hablar y de comunicarse 

Autor:

Rufo Caballero

Tres o cuatro semanas atrás, un compañero de la Televisión expresó lo siguiente: «No puede ser que Rufo, hasta hoy caracterizado por el rigor de su lenguaje, se haga también a la chabacanería». Por supuesto, tratándose de cubanos, 30 minutos después ya yo conocía la advertencia. ¿Qué desató la sospecha del compañero acerca de la concesión de mi vocabulario al mundo del margen y el detrito vocal?

El realizador Bilko Cuervo se ha ido convirtiendo en el director de videoclips del año. En un semestre, ha entregado dos trabajos imponentes: Apagón total, con una soberbia puesta en escena, y Génesis, todo un videoarte que no deja de cumplir con los cánones del clip. Pues bien, como estoy al tanto de los prejuicios hacia el reguetón (algunos infundados, otros merecidos), y recuerdo asimismo que no todo el mundo es capaz de distinguir entre el tema musical y el video, cuando iba a finalizar el primer comentario, se me ocurre decir: «...y bien, me voy a lanzar con la guagua andando: el video...». En la otra ocasión, luego de emprender el análisis de los valores conceptuales y expresivos de Génesis, acabé de cometer el pecado lingüístico: «Caballeros, Bilko está escapao».

Se supone entonces que hago concesiones y sacrifico, de pronto, el rigor de la comunicación. ¿Cuál será la causa?, se preguntan los guardianes del idioma y la pulcritud cultural. Independientemente de las consideraciones acerca de lo difícil que resulta seducir en los medios, tentar a un auditorio heterogéneo, valdría preguntarse otra vez: ¿Qué español hablamos? ¿Hasta dónde llega lo popular, y dónde irrumpe lo vulgar?

Respondería no más de este modo: Yo vivo en La Habana; no en el Olimpo. A mí también se me va el agua, los vecinos me importunan, los del agro me quieren cobrar de más. En fin, no puedo vivir encaramado en la semiótica el día entero. Yo hago parte, puntual y orgullosamente además, de una cultura popular genuina y riquísima, cuyos giros, dicharachos y aforismos de última hora integran también mi manera de hablar y de comunicarme con los demás.

Entre los fenómenos estimulantes del proceso social que compartimos durante décadas figura la condición de un intelectual «contaminado», mezclado con la vida y el destino de los Otros, de los suyos. El intelectual dista de ser aquí ese señor atildado, de monóculo, que vive retirado en su torre de marfil, a expensas de una «alta cultura» que mire al mundo por encima del hombro. El posmodernismo debe andar muy contento con el caso cubano, pues si hay una escena donde la «alta cultura» y la expresión popular se funden y confunden en una amalgama compacta e indivisible, esa es la cubana.

No puedo explicarme cuál sería la reacción del adusto compañero si supiera que yo les digo a mis amigos asere. Nunca he entendido la fobia con el asere, término que estuvo vinculado a la hermandad de la cofradía religiosa en los cultos afrodescendientes («yo te saludo»), y que, al pasar al léxico popular, al habla de todos los días, sigue designando las relaciones de solidaridad, de amistad, el diálogo entre colegas. Las palabras no son vulgares, o no en abstracto, sino que dependen del contexto y el momento en que se las use, la función que cumplan, la nobleza o la villanía con que se las emplea.

Los estereotipos nos frecuentan con demasiada impertinencia. Porque yo tengo más o menos una cultura posible, la gente imagina que me la paso escuchando a Mozart, Beethoven y Wagner. Pocos imaginan que mi mayor colección se ocupa de la música cubana entre los años 40 y 60; esa es la música que me apasiona. Como me gusta muchísimo, además de la canción inteligente, la salsa. Cuando alguna gente me ve bailar salsa, se queda alucinada, como si vieran a un canguro bailando una polca. La única respuesta que tengo para eso: Se puede ser zurdo y vivir en Guanabacoa.

A mí me interesa sobremanera la gracia de las letras que nutren no pocos de los temas musicales de la actualidad. No todo me parece perreo, exceso, grotesco; no todo, francamente. Me parece muy gracioso, por ejemplo, eso de «tú bailas bien, pero te pegas demasiado». Qué gracia, qué salero, qué don legítimamente popular, para decir muchísimas cosas sobre el exceso de confianza. O aquello otro de «El niche es mamey, pero no sirve pa’batido». Vulgar sería, quizá: «El negrón está bueno, pero es mala hoja». Por el contrario, el imaginario popular ha encontrado en ese caso el eufemismo perfecto, el sofisma ideal para decir que una cosa son las apariencias y otra, las funciones. O el simpático éxito actual de Haila, que le advierte a Cupido que mire a otro lado, porque ella ya está asegurada. Son los giros, las construcciones que van haciendo, por encima de la dudosa corrección del idioma aséptico, la identidad del habla de un pueblo, los acentos propios de una cultura. Cuidado con el prurito de la vulgaridad, porque se puede desconocer la riqueza y la valía extraordinaria de una de las culturas más peculiares y expresivas del planeta. A propósito, finalizo con una anécdota.

Varios guionistas, realizadores y críticos de cine nos encontrábamos en Stresa, una hermosa ciudad-vitrina a orillas del lago Maggiore, en Italia. De esto hará tres o cuatro años. Visitábamos la ciudad como participantes en un Festival dedicado en específico a las relaciones peligrosas entre el cine y la literatura. Y llovía todos los días, leve pero incesantemente. Los cubanos, con ese espíritu gregario que tenemos en cualquier parte, nos fuimos todos juntos a comprar unos paraguas. Ya en la tienda, reparamos en que la mayoría de los paraguas contenía reproducciones de pintura impresionista. ¿Qué tú vas a llevar? ¿Un Degas? No, un Renoir. Pero fíjate, la reproducción del Monet no es buena. Lo cierto fue que nos enfrascamos en una discusión sobre el impresionismo. O sea, estábamos hablando sobre pintura francesa del XIX. Cuando fuimos a pagar, la señora de la caja expresó, para total sorpresa nuestra: ¡Ay, estos cubanos!

¿Por qué no podíamos ser españoles, o venezolanos, o peruanos?

Ya cantando bajo la lluvia, cuando, bajo nuestros pictóricos paraguas, nos dirigíamos hacia la sala de los seminarios, uno de los guionistas preguntó sobresaltado: «Caballeros, ¿cuáles fueron los cubanismos que dijimos en la tienda; cómo esa señora pudo reconocernos tan fácil?».

A lo que respondí: «No tengo la menor idea acerca de cómo hablando de Pissarro y de Seurat se puede revelar la cubanía. No tengo la menor idea, y no sé ustedes, pero al menos yo vivo muy orgulloso de que mi español suene cubano».

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