Aquellas lecturas decisivas

Autor:

Juventud Rebelde

Supongo que sería bueno poder decir que entre mis primeras lecturas se encontraron las de obras de León Tolstoi, Marcel Proust, James Joyce o Thomas Mann. Pero ello tiene la desventaja de no ser cierto. El primer escritor cuyo nombre recuerdo con nitidez, porque leí uno tras otro varios libros suyos, fue Emilio Salgari. Mi padre me lo dio a conocer, como haría algo más tarde con Eça de Queiroz y la literatura detectivesca, que sobrevivieron en mí a la pasión por Salgari. Y el que esta pasión no siguiera viva en mí no significa que no guarde enorme agradecimiento al pintoresco creador de Sandokan (en la Argentina lo llaman Sandokán), que también pobló de aventuras memorables las infancias (y hasta más allá de ellas...) de seres entrañables como Pablo de la Torriente y Raúl Roa.

Según he contado otras veces, ya era un lector habitual cuando me estremecieron unos versos aparecidos, como simples ejemplos de no sé qué aspecto literario, en un mediocre libro escolar del segundo año de mi Bachillerato, que cursaba en el inolvidable Instituto de la Víbora. El autor de los versos era Julián del Casal. Yo tenía 13 años, y Casal había muerto exactamente medio siglo antes, pero para mí era como si estuviera vivo y hablándome. Mucho tiempo después de aquella lectura reveladora, supe que Martí llamó a los versos de Casal, con gran acierto, «tristes y joyantes». Yo no era joyante, desde luego, pero sí triste cuando aquellos versos entraron en mi joven y atormentado corazón. No hace mucho leí unas líneas en que Borges, ya en la vejez, comentó que cuando era adolescente se consideraba una mezcla de Hamlet y Raskolnikov. Algo parecido me pasó a mí, y supongo que a incontables adolescentes al menos en esta parte del mundo. (En un libro ya clásico de la antropóloga estadounidense Margaret Mead se afirma que la adolescencia, al menos hace unas cuantas décadas, no era una etapa traumática en Samoa. Pero yo no vivía en Samoa.) Así, gracias a Casal, tuve a partir de entonces una relación particular con la poesía. Averigüé tiempo después que la lección que recibí del autor de Nieve es que el dolor puede engendrar belleza.

Alrededor de mis 15 años me di de bruces con otros dos autores. Uno, como es previsible, fue Martí. Seguramente lo había leído ya. Pero fue a esa edad cuando, por así decir, lo descubrí. Y lo hice gracias a la revista Ideas, que en el Instituto de la Víbora dirigía mi avispado condiscípulo Oscar Pino Santos. En esa revista yo me ocupaba (es un decir) de la página poética, y otro condiscípulo, Francisco García Valls, de la militar. Pino tuvo la feliz idea de insertar allí la crónica de Martí sobre el 10 de Abril. Y al leerla, quedé deslumbrado, y me di a buscar cuanto material de Martí pude encontrar. En eso estoy todavía. El otro autor fue Miguel de Unamuno. Por haber ganado no sé qué concurso juvenil, me regalaron el libro del gran vasco Mi religión y otros ensayos breves, y su lectura me deparó otro deslumbramiento. Durante años estuve leyendo con devoción las obras de Unamuno (recuerdo en especial Vida de don Quijote y Sancho y Del sentimiento trágico de la vida). Ya no lo hago. Pero sé que no sería quien soy sin aquellas lecturas.

Voy a mencionar, por último, tres libros que leí en ediciones argentinas al frisar mis 16 años, y me resultaron capitales. Uno fue Ismos, de Ramón Gómez de la Serna, obra regocijada que me hizo durante un tiempo (felizmente breve) un vanguardista tardío. Otro fue Guía política de nuestro tiempo, de Bernard Shaw, libro sabio y también, a su manera, regocijado, que me convirtió en un socialista romántico, con matices, hasta hoy. El tercer libro fue la antología La poesía francesa del romanticismo al superrealismo, que compiló Enrique Diez-Canedo. Yo tardaría un tiempo en poder leer francés, y aquella antología, en que aparecían versiones cuidadosas, a menudo hechas por buenos poetas de nuestra lengua, me hechizó. Ya había leído, claro, a los poetas de lengua castellana, pero gracias a Diez-Canedo se me abrió un mundo nuevo que entonces tenía un encanto especial. ¿Sigue la poesía francesa atrayendo a los jóvenes de otros países como lo hacía entonces? No estoy seguro de la respuesta.

A tal punto me eran necesarios los tres libros mentados, que cuando, terminados mis estudios de Bachillerato, mis padres me mandaron por un tiempo a Nueva York, cargué con ellos para tenerlos cerca y consultarlos a cada paso. En Nueva York conseguí el libro All in line, de Saul Steinberg, un gratísimo descubrimiento no tanto para leer como para ver. Pero ya ese libro, aquel viaje, están más allá de mis años primeros, en los que realicé lecturas decisivas, a algunas de las cuales me he referido con gratitud.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.