Las lecturas de verano: un programa nacional imprescindible

Su aceptación prueba, otra vez, el provecho de la cultura al potenciar lo más virtuoso y excelso de un país

Autor:

Juventud Rebelde

Foto: Albert Perera Castro

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Lecturas de verano, el extenso programa concebido para acercarnos al universo del libro durante el período estival, se ha erigido ya en práctica imprescindible para la Cuba contemporánea. Su aceptación prueba, otra vez, el provecho de la cultura al potenciar lo más virtuoso y excelso de una nación.

No he podido hallar detractores de esta iniciativa. Sus benéficos efluvios anegaron nuestro entorno con una fuerza tal, como si la gran mayoría de la población estuviera esperando que un bálsamo de espiritualidad y sabiduría se adueñara de nuestras calles.

Al Instituto Cubano del Libro y la Unión de Jóvenes Comunistas debemos la iniciativa que luego halló un buen número de adeptos y colaboradores sensibles. De tal suerte, como si el embrujo fuera inevitable, se fueron sumando cientos y miles a esta festividad del espíritu cubano. Acciones como esas nos preservan de las más nocivas prácticas y actitudes que pugnan por entronizarse a nivel social. Y nos liberan de fútiles estereotipos que asocian el disfrute del tiempo libre con la enajenación, la riqueza material y la inmovilidad del raciocinio.

Los niños y las niñas se encontraron con sus héroes y personajes literarios, tanto en los libros que se vendían por doquier como en las representaciones teatrales de La sombrilla amarilla y La Colmenita, o en animado diálogo con los creadores de sus historietas preferidas. Y podían llevarse a casa esos tesoros de papel que incluían un tabloide publicado por la Casa Editora Abril, con propuestas para toda la familia, titulado Leamos más. Para los pequeños también hubo un aparte en la amplia programación cinematográfica y en el festival de papalotes. Sobre el asfalto, el imaginario infantil coloreó las más ingeniosas pinturas, donde no faltó la Enseña Nacional.

Los jóvenes podían escoger entre una amplia gama de libros; se intercambiaban las postales ilustradas con el talento de Ernesto Rancaño y consagradas a la lírica de los grandes poetas latinoamericanos o pugnaban por completar la colección de instantáneas habaneras de Néstor Martí, que acompañaban la prosa de La ciudad de las columnas, escrita con la maestría de Alejo Carpentier.

Además de rescatar esa buena costumbre de coleccionar textos literarios, las Lecturas de verano convidaron a los asistentes durante las presentaciones de libros, en los restablecidos cafés literarios y en las lecturas de poesía y narrativa... a encontrarse de cerca con nuestros autores, para quienes fue reconfortante y fructuosa la plática con los principales «consumidores» de sus obras.

Las más diversas materias que confluyen en la universalidad temática del libro tuvieron acogida en una céntrica esquina de la ciudad, en el portalón de una casona antigua o en la antesala de alguna institución cultural o científica. Y lo mismo se habló de cine que de contracultura. De igual modo se disfrutó, en lo que fuera la actividad inaugural de la jornada, el pasado 6 de julio, de una buena décima improvisada que de un intercambio sobre béisbol con el equipo Industriales.

Durante las Lecturas de verano, compartimos un sueño en la patria amplia del espíritu, como describió Eusebio Leal a estas jornadas: «Un sueño diferente que es el de la superación y el del pensamiento; el sueño de la alegría, el de la libre disposición del tiempo libre, que ha de dedicarse y honrarse consagrándonos a lo mejor».

El abrazo literario de este período estival debería superar las fronteras del tiempo y el espacio. Y únicamente porque de Cuba —con este persistente clima cálido— se dice que es un eterno verano, deberían circunscribirse a la denominación Lecturas de verano. Estos movimientos culturales, tan compensatorios y beneficiosos para nuestra salud social, deberían pervivir en cualquier época del año y prevalecer en su afán de ilustración, para leernos mejor a nosotros mismos.

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