Peña trovadoresca de Santa Clara cumple diez años

Los integrantes de este espacio de la central provincia cubana de Villa Clara apuestan por la trova como oficio sincero

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SANTA CLARA, Villa Clara.— Aunque sin daño alguno para el organismo, más bien sus efectos son un antídoto contra las perturbaciones del espíritu humano, la peña trovadoresca más concurrida de esta vieja urbe ya cumple diez años, y semana tras semana sigue semejando, por su carácter expansivo y contagioso, una verdadera «epidemia».

Rolando Berrío, Raúl Marchena y Alain Garrido en una de las tantas descargas. Sin exageraciones me atrevo a compararla con un «benévolo padecimiento» o una «desintoxicante enfermedad», porque la Trovuntivitis —como la denominaron intuitivamente sus creadores— altera cada siete días el metabolismo musical de esta ciudad. Eso sí, de un modo saludable pero inquietante a la vez.

Entre acordes de guitarra y versos plagados de exaltación transcurren las noches del jueves en el centro cultural El Mejunje, sitio que presta su fisonomía de ruinas para la consabida descarga juglaresca. Un público conformado mayoritariamente por estudiantes universitarios colma las gradas y los rincones de la legendaria instalación recreativa, a fin de compartir la escucha de interesantes propuestas melódicas.

Músicos de la talla de Gerardo Alfonso y Frank Delgado han llegado hasta aquí en este año de aniversario cerrado, para regalar, a los muchos seguidores de la trova en el centro de la Isla, impresionantes conciertos de homenaje.

Decir Trovuntivitis implica de cierta manera desenfado, interacción, éxtasis. En perfecta alquimia con el canto y la poética, los integrantes de este espacio apuestan por un esmerado trabajo de voces y un cuidado extremo de la armonía y la lírica en sus creaciones.

Cantautores de prestigio nacional como Rolando Berrío —uno de los miembros fundadores de la peña—, Diego Gutiérrez —ganador de dos premios en el Cubadisco 2007—, o Leonardo García —laureado en la más reciente edición del concurso de música Adolfo Guzmán—, componen la nómina de «trovuntiviteros».

Junto a estos intérpretes destacan otros vocalistas también consagrados a desarrollar este tipo de expresión artística. Alain Garrido, Michel Portela, Yordan Romero, Yunior Navarrete, Yaima Orozco —la única mujer del grupo—, y Raúl Marchena, completan el piquete de amigos trovadores.

En medio del ajetreo propio de las actividades de celebración, JR conversó con Raúl Marchena, uno de los principales promotores del espacio, para conocer acerca del actual movimiento trovero santaclareño, el cual ha seducido a varias generaciones durante una década de gusto por tan deleitable manifestación creativa.

—¿Qué elementos conectan a la joven hornada de cantores villaclareños con la trova tradicional?

—El simple hecho de cantarle al mundo, de poetizar sobre cuanto existe, ya nos enlaza con nuestros antecesores. Al trovador siempre lo ha caracterizado una necesidad tremenda de comunicar sentimientos. Esa inquietud espiritual ha sido la misma: desde los tiempos de Pepe Sánchez, Miguel Matamoros y Sindo Garay, pasando por la llamada «trova intermedia» y llegando incluso hasta la nueva canción de autor.

«Por supuesto, existen diferencias estilísticas. Como la trova no se considera un género, obligatoriamente nos valemos de muchas influencias musicales para componer. Los músicos “tradicionales” tuvieron bien de cerca a la guajira, el son y la criolla, mientras nosotros ahora asumimos otras melodías más contemporáneas como el reggae, el rock, el pop–rock y muchas otras. Pero a pesar de tales contrastes, la posición del juglar de hoy no ha cambiado en comparación con la del de ayer».

—¿Cómo componen sus canciones?

—Por inspiración. En ocasiones, la música y el texto salen juntos. Otras veces la letra está y el ritmo demora en llegar. Todo depende del estado anímico y de las motivaciones que se tengan. Cada canción lleva una cuota de entusiasmo y los latidos de ese «yo vivencial» que nos alerta minuto a minuto. No hay pasos, no hay estructura para decir lo que sentimos; solo voluntad, deseos.

«La gente acepta mucho más tu propuesta en la medida en que se vean representados. Nuestra perspectiva social, nuestra mirada de la realidad, no puede divorciarse de la visión de las personas que a diario nos pasan por el lado con iguales preocupaciones que uno, y luego nos escuchan.

«Hacer trova es un imperativo, un oficio, pero un oficio sincero que permite abordar con inteligencia las diversas coordenadas por las que se mueve el hombre en sociedad. Aunque el espectro discursivo es muy amplio y muchas veces se utiliza un lenguaje rebuscado y altisonante, la esencia siempre discurre por cauces terrenales».

—¿Son imprescindibles la metáfora y el humor en una buena obra?

—Lo importante radica en saber utilizar cada recurso, y no en colocarlos como algo impostado. Se trata de ser auténtico, de llevarle al oyente cierta dosis de gracia para que el producto quede mejor aliñado, pero nada más.

«Cuando empleamos la sátira, la ironía, la metáfora o la picaresca, y hasta referencias literarias, ayudamos a oxigenar en cuerpo y alma a quienes reciben nuestra proposición estética, pues se ven obligados a poner en movimiento algunos resortes del pensamiento humano. A través de tales estrategias uno da la posibilidad de ver los fenómenos desde aristas diferentes, con interpretaciones enriquecedoras».

—¿Cuáles son los principales aportes de la música que hacen?

—No creo que somos un movimiento de ruptura; más bien, de asimilación. Hoy estamos contribuyendo a la fortaleza de esta expresión musical a nivel de país. Nuestro mayor aporte estriba en seguir todos los jueves guitarra en mano y canción en pecho.

—¿Cuánto tiene que ver la trova de esta ciudad con lo bohemio?

—A mi juicio, mucho. Santa Clara y su vida cultural son portadoras de un encanto inimaginable, único, imposible de repetir en otro lugar de Cuba. Aquí no hay hora para terminar el jolgorio. Aunque comencemos a prima noche siempre nos sorprende la madrugada en plena descarga. Lo mismo en las afueras del teatro La Caridad, en cualquier banco del Parque Vidal, que en El Mejunje, donde hemos «echado raíces» en estos últimos dos lustros.

«Desde hace tiempo dejamos atrás la imagen del trovador antiespectacular e hiperserio. Nos gusta sentir el aliento del público. Que no haya diferencias entre ellos y nosotros. Precisamente, la Trovuntivitis resulta ser así. Por eso contagia».

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