Lectura en la ciudad - Cultura

Lectura en la ciudad

Autor:

Juventud Rebelde

Bien et lealmente deben los maestros mostrar sus saberes a los escolares leyéndoles los libros et faciéndogelos entender lo mejor que ellos pudieren

Prosa en el reinado de Alfonso el Sabio (1220-1284)

Debido al temprano divorcio de sus progenitores los tres hermanitos casi nunca coincidieron en las mismas escuelas; sin embargo, el ejemplo del magisterio no solo influyó y creó el hábito —extraña palabreja— de la lectura precoz, sino que también conformó un respeto bastante adelantado para las edades respectivas de aquellos niños.

Cada uno tenía su mínima colección de libros que iba creciendo con el tiempo, los años y los regalos obligados en las ocasiones de rigor. No solo venían de sus familiares, queridos y preocupados por la evolución de los pequeños, sino también de las amistades, quienes no desaprovechaban ninguna oportunidad para alentar el conocimiento de estos infantes, redichos, sabichosos y seguramente pedantísimos debido a tanta reiterada lectura.

El menor de los tres, que ahora pergeña estas líneas, no recuerda ni cuándo ni cómo aprendió a leer. Pues comenzó a asistir al kindergarten (Jardín de la Infancia o Preescolar le llamarían ahora) y ya leía «de corrido»; y se acuerda muy bien de que no era el único que podía hacerlo. Las letras primeras las había llegado a identificar, orientado por la abuela y la tía-abuela maternas, con juegos de trocitos de madera con cuyas letras iba formando sílabas y palabras... a partir de eso, es de suponer, leer y escribir vinieron por añadidura.

La imagen de Fröbel presidía la vida del Kindergarten, cercano a la casa familiar, y entre juegos, cantos y recitaciones transcurría una parte de esa vida infantil que precozmente estaba sazonada de lecturas poéticas de los bardos cubanos del Siglo XIX. De José Martí a Juan Clemente Zenea el niño todo lo leía; aunque no todo lo sabía y mucho menos lo entendía. Ahora bien, recuerda que a pesar de lo memorioso que ya apuntaba en él, sentía un rechazo repugnante hacia los niños recitadores, sobre todo aquellas «hembritas» que cerraban los ojos y muy afectadas siempre repetían la Oda al Niágara y pedían la lira de forma descarada sin saber siquiera de qué instrumento se trataba; o intentaban un desesperado taconeo y se iban alejando con riesgo de tropezar y caerse empeñadas en interpretar la bailarina española... Sin embargo, guiado por una prima algo mayor y muy discreta y sensible se aprendió de memoria el Juramento de Plácido y seguramente salió de «la sombra de un árbol empinado que está del ancho valle a la salida» y encontró la «fuente que a beber convida de su líquido puro y argentado». De ahí, tal vez, por la lectura secreta y con cierto sentimiento de culpa, surge y se instala para siempre la lectura íntima de la Poesía.

Los tres «alpinos que venían de la guerra» (cantinela también muy gustada y repetida) guiados por su madre, pedagoga de ideas y práctica muy avanzadas para la época, tenían, cada uno, su biblioteca circulante, desde luego pequeñita, pero funcionando y con algunos tomos que todavía se conservan. Como ejemplo, el Quijote, propiedad del hermano, edición argentina de Mundial Sopena, que revela las costumbres de aquellos voraces lectores de alrededor de diez años. Todo estaba sucediendo cuando aún cursaban la enseñanza primaria. Divertían los pasos y palabras del Buscón, el Lazarillo de Tormes y aquellos perros coloquiales. Rodó y más tarde Ingenieros. Sorprendentes biografías, no solo de Stefan Zweig, sino también de misioneros evangélicos en África. Livingston y el gran organista Albert Schweitzer (a quien más tarde escucharíamos interpretando a Johann Sebastián Bach) que para entonces y para el mozuelo era más predicador y médico que músico.

Instalados Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno —sin faltar Tartarín de Tarascón—, Julio Verne, Víctor Hugo y desde luego ético, lagrimoso, Corazón, de Edmundo de Amicis primero prestados y luego en propiedad familiar llegaron los tomos de El Tesoro de la Juventud. «Y va el convite creciendo». Tanto podría hablarse de sus maravillosas secciones que no alcanzarían las páginas del recuerdo, a pesar del lugar común que esta expresión entraña: pero no es posible para un servidor actual de la Poesía dejar de señalar ciertos descubrimientos. «Una fosca medianoche, cuando en más de un raro infolio de olvidados cronicones, inclinaba lentamente la cabeza...». Sí, no hay dudas, no era un «visitante que llamando está a mi puerta...». «Eso es todo y nada más». Era un cuervo y entraba en la memoria de Edgar Alan Poe. «Y cual buen nadador que sin recelo se abandona al vaivén que lo acaricia surca la inmensidad con varonil delicia». Era el mar revelado por Baudelaire. Las traducciones, casi con seguridad son de Pérez Bonalde. Hay que confiar en la aprovechada memoria. Pues fue el inicio del descubrimiento de la Poesía que venía de otras lenguas, al lado de Galdós, Leopoldo Alas, Unamuno.

Si Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Fray Luis, Góngora y Quevedo fueron leídos en obras más o menos íntegras no ocurrió lo mismo con Las mil y una noches, que por cierta mojigatería de los editores nos llegaba en supuestas versiones para niños... Desde luego que los hurtos no se hicieron esperar, y escurridizas muchas cosas fueron descubiertas por los preadolescentes.

De modo que al ingresar a la segunda enseñanza, bachillerato; ya conociendo Doña Bárbara, Don Segundo Sombras y La Vorágine, acompañado por el deslumbramiento de Rubén Darío y los otros modernistas que Nuestra América han sido el muchachito dejó de leer y se dedicó a presumir. «Y pasó el tiempo y pasó»... en la Universidad descubrió «el tinglado de la antigua farsa» y regresó a la primera verdad que todavía frecuenta y se pregunta: ¿No es una de las claves de su vida El Libro de los Ejemplos, del Infante Don Juan Manuel?

Sí, todo ha sido libro, vida, ejemplo. Letra que entra, no con sangre, sino en la sangre, con alegría y pasión mantenidas. En la ciudad los niños han de seguir leyendo.

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