A mitad de cien caminos, la voz breve

Abel Prieto, ministro de Cultura de Cuba conversa con Juventud Rebelde sobre sus preocupaciones en torno a la creación

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A pesar de tener 57 años y mostrar ya algunas canas, Abel Prieto continúa siendo identificado como una de las figuras más jóvenes del gobierno cubano. El descuido en él no es moda, sino desinterés por el artificio: los grandes espejuelos, que curiosamente se quita siempre para leer o reconocer a los miembros del auditorio, el pelo largo y el jean, lo hacen parecer un viejo Beatle trasnochado, una especie de John Lennon tropical perdido en La Habana por puro azar. Las extrañas posiciones que adopta al sentarse y una mirada que parece escudriñar un espacio invisible para nosotros (¿será el de la literatura?), suelen atraer la atención de quienes lo rodean, y se preguntan en la más absoluta complicidad: «¿en qué estará pensando?».

Famoso por defender a ultranza lo mismo a un escritor, que a un pintor, que a un cineasta, ha conseguido que tanto los jóvenes intelectuales como los más experimentados, más allá de cualquier discrepancia, lo respeten y lo aprecien como Ministro.

Se habla sin cesar de su paso por la Escuela de Letras, aunque otros se refieren a su ponencia sobre Lezama Lima. Algunos recordamos su capacidad como conversador, mientras que los trabajadores del Ministerio insisten en que prefiere el balance del sillón a la rigidez de la butaca. Los más cercanos lo ven como una mezcla: por una parte «alegre y jodedor» como Freddy Mamoncillo y por otra, «estoico y austero» como Marco Aurelio.

Pero lo cierto es que, inquirido más sobre cuestiones políticas que literarias, comienza a extrañarse esa entrevista otra en que Abel hable de sus preocupaciones en torno a la creación.

Intenta mantener el equilibrio entre el interés por escribir y sus muchas responsabilidades. Se desconoce si los pocos títulos publicados se deben a la falta de tiempo para alcanzar ese ansiado «estado de inocencia» o si, detrás de esa cautela, está el afán de un escritor que revisa sus textos con ánimos de editor y que tras largos períodos de mutismo, remata con una obra madura, pulida, que bien puede leerse como una anatomía de lo cubano.

No obstante, no es para exponer nuestros criterios sobre Abel Prieto, por lo que lo hemos entrevistado. Es, como ya saben los avezados periodistas y los lectores ideales, para que él hable.

—Ha dicho que, cuando escribe, no piensa como funcionario, pues sería matar de entrada la creación. ¿Significa entonces que cuando se es funcionario está vedada la posibilidad de crear?

—No quise decir eso exactamente. No hablé de tener un cargo u otro, sino de la posición mental en la que uno se coloca. Hay algo implacablemente atado a lo más inmediato en el «funcionamiento» del «funcionario» (en caso de que funcione) que no puede llevarse a la creación.

—¿Por qué aborda la literatura desde la ironía, lo grotesco y lo absurdo?

—Creo que eso es resultado de cierto rechazo esencial a los sentimentalismos y a «lo bonito» que tiene que ver con mi noción de la literatura, que no es solo mía, por supuesto: la comparto con una extensa familia de escritores, casi una multitud. Está, al propio tiempo, la idea de que la risa y el humor tienen un valor en sí mismos y, además, funciones que usando expresiones pedantes pudieran definirse como «cognoscitivas», «emancipadoras» y cosas así.

—¿Qué distingue a un adolescente que se ha leído Los hermanos Karamázov hasta el final tal y como usted lo hizo?

—Los Karamázov es uno de mis libros más queridos. Creo que es una obra extraordinaria, diabólica, terrible, luminosa, de las mayores que alguien se haya atrevido a escribir jamás. Me marcó de un modo definitivo, sobre todo cuando la releí mucho después, en la universidad, gracias a la profesora Beatriz Maggi, que la trabajó conmigo cuando yo debía prepararme como «alumno ayudante» de literatura. Ese redescubrimiento de los Karamázov guiado por la Dra. Maggi fue una experiencia única. Por otra parte, no sé cómo un adolescente que se haya leído esa novela «hasta el final» se diferencia del que se la leyó hasta la mitad o del que nunca abrió ese libro. Hasta ahora no había pensado en eso (creo que en realidad no había pensado en la mayoría de las cosas que ustedes me preguntan), pero quizá utilicé ese ejemplo para señalar una experiencia literaria hondísima, reveladora, verdaderamente «inolvidable», si es que es posible emplear todavía esta palabra.

—¿Cuál es su criterio acerca de la demonización que por iconoclasta se le hacía a la Escuela de Letras durante su época como estudiante?

—Eso tiene mucho que ver con la época, con prejuicios siniestros contra la cultura y contra los intelectuales, con una visión mediocre, muy primitiva, de las cosas, en la que se mezclaban estupidez, machismo y supuesta «pureza» ideológica, entre otros componentes.

—¿El vuelo del gato surgió como una necesidad o por un interés de matricularse en algún «post-post-boom»?

—No me he sentido nunca, realmente, parte de un grupo, ni creo que en los demás narradores de mi generación exista ese tipo de «sentido de pertenencia» o como se le quiera llamar. Tampoco he trabajado pensando en una «nueva estética» ni en una tradición «otra» ni en dejar constancia de mi generación. Tampoco (lo juro) para matricularme en ningún «post-post-boom».

—¿Cuáles son los ámbitos que puede recorrer el mestizo volador que le están negados a sus progenitores el gato y la marta?

—Lo que me interesaba subrayar a mí en ese poema de Lezama (y es algo que terminó convirtiéndose en una de las tesis centrales de la novela), es la idea de que el mestizo no es la suma simple de las cualidades de sus padres, sino algo que trae una condición nueva, la condición «volante», que le permite llegar a lugares desconocidos e inaccesibles para sus padres, más conservadores, más tradicionales, más «puros», más ortodoxos y esquemáticos, no porque sean malas personas (malos gatos o malas martas) sino porque fueron formados así. Se supone que ese mestizo esté mejor preparado para enfrentar los desafíos cada vez más complejos de la realidad y que no se conforme con respuestas simples. Y ese mestizaje es cultural, étnico, moral, de todo tipo.

—Confiesa que se enfrenta a la escritura «desde una especie de estado de inocencia». ¿Por qué?

—La única hora posible para escribir es temprano en la mañana, antes de que te asalten teléfonos, noticieros, periódicos, es decir, buscando algo parecido a un estado de inocencia. Eso, tan difícil a veces, me parece imprescindible: la literatura, al menos la que he pretendido hacer, tiene más que ver con el Mito que con la Historia, y en ella se supone que lo cotidiano sirva de algún modo para alimentar lo mítico.

—Hay quienes advierten una reaparición del universo ruso-soviético en la cultura cubana, en especial en la literatura. El libro en el que compila el chiste político soviético es un ejemplo de ello. ¿Qué le interesa particularmente de este fenómeno?

—Se están refiriendo ustedes a una especie de ensayito que hice sin muchas pretensiones en el 95 (El humor de Misha: la crisis del socialismo real a través del chiste político) y que quisiera completar algún día con nuevos ejemplos: en este caso me interesaba rebuscar sobre las causas «subjetivas», «culturales», de la Caída, en las fisuras que se advertían en los chistes, tanto de la URSS como de otros países del llamado campo socialista. En El vuelo del gato el matrimonio de Angelito el Chino con la rusa y, sobre todo, el personaje de la rusita, fueron también vías para acercarme a ese «universo ruso-soviético». Lo que me interesó, obviamente, fue discutir (siempre en la cuerda humorística, irónica) si nuestro vínculo con los soviéticos significó «atraso» o «adelanto». Por otra parte, es muy lógico y explicable que en nuestra cultura y nuestra literatura la gente vuelva una y otra vez a aquello que se derrumbó de un modo tan poco glorioso, pero que tanta presencia tuvo entre nosotros.

—¿Y su novela acerca del caricaturista pinareño que viaja a Rusia?

El trabajo y la permanente comunicación con los jóvenes también revelan al ministro alegre, desencartonado y ajeno a pretensiones moralizantes. Foto: Calixto N. Llanes —Por desgracia, tuve que interrumpir ese proyecto. Lo guardé, lo engaveté, me estaba produciendo demasiada angustia, y es que técnicamente es muy complejo para mis condiciones actuales de vida y de trabajo. Ahora, sin embargo, estoy escribiendo: retomé otro proyecto (supongo que terminará siendo una noveleta de unas cien páginas) y estoy embullado. Espero que los dioses me ayuden.

—Su libro El vuelo del gato está atravesado por la nostalgia, el ansia por prolongar una época que ya no regresará, mas ¿qué lectura tiene el que fracase una y otra vez la utopía del reencuentro del grupo de amigos en los años noventa?

—Esos reencuentros están siempre condenados al fracaso, es lo que creo con toda sinceridad, como cualquier otro intento de reconstruir el pasado, lo que perdimos. La memoria es esencial; la nostalgia, paralizante, estéril. Es durísimo pero es así. El personaje de la Bella sufre y se tortura y no puede encontrar un sentido para su vida a causa de esa obsesión inútil.

—Cuando Amarilis está ingresada en el Hospital Maternidad Obrera, Freddy y Marco Aurelio esperan afuera el momento del parto. Jorge Fornet asegura que ese contexto es un símil de una nueva época, una puerta abierta al futuro. Sin embargo, esa salida no se vislumbra del todo, queda la incertidumbre. Como creador, ¿cuál es la sensibilidad que le interesa expresar con este pasaje?

—Creo que la palabra clave está quizá en la propia pregunta: incertidumbre.

—El penúltimo capítulo, El friso, construye un canon cuya única presencia decisiva es la de Lezama Lima. ¿Cómo llega usted a este autor casi mítico que tanta influencia ha tenido en su obra?

—A Lezama empecé a leerlo en la Escuela de Letras, en el año 68 o 69. Creo que lo descubrimos, juntos, un grupo de amigos, «una piña» —recuerdo a uno de ellos, Julián, leyendo en voz alta o más bien declamando, en broma, Muerte de Narciso—. A mí, entre las cosas que más me impresionaron de Lezama, estaba ese espacio propio, ese «mundo» que había sabido construirse, sin concesiones, sin localismos, algo realmente desconocido, que no se parecía a nadie más ni en Cuba ni en ninguna otra parte. Explorar ese «mundo» fue una experiencia tremenda para aquellos jóvenes que teníamos mucha fe en la literatura y escribíamos o aspirábamos a escribir.

«Me atrajo mucho su capacidad para sorprender al lector y para plantearle desafíos («solo lo difícil es estimulante») y también ese peculiarísimo sentido del humor lezamiano, que está en su narrativa, en los ensayos y, por supuesto, en su poesía, y que irrumpe en momentos, incluso, de gran dramatismo, como aquellas hormigas que cargan al tiburón a través del puente, en una escena muy misteriosa, y de pronto Lezama nos dice que las hormigas se han herniado por el esfuerzo. En Paradiso hay pasajes hilarantes, chispazos extraordinarios, cubanísimos, del mejor humor imaginable. Es uno de esos rarísimos escritores que uno puede releer una y otra vez y seguir descubriendo nuevas iluminaciones y nuevas oscuridades y seguirse sorprendiendo.

—Se escucha con frecuencia que su ponencia sobre Fragmentos a su imán fue el primer paso para el rescate de Lezama Lima. ¿Qué piensa al respecto?

—Yo hice esa ponencia sobre Fragmentos a su imán en el 78, es decir, que ya estaba Hart al frente del Ministerio de Cultura y, con él, la rectificación de todos aquellos gravísimos errores anteriores y la posibilidad de colocar a Lezama, definitivamente, en el sitio que le corresponde en nuestra cultura. A mí ese libro de Lezama me parece extraordinario y escribí sobre él porque sentí la necesidad de hacerlo.

—Con El vuelo del gato propone una indagación sobre «lo cubano». ¿Cuáles son sus ideas en torno a ese concepto del que tanto se ha discutido?

—«Lo cubano», eso tan llevado y traído, que ya sabemos que no es estático, de contornos precisos, sino proteico y móvil, siempre mutante, aunque con un núcleo resistente, es algo que me atrae mucho como provocación intelectual, como enigma. Creo que ha sido una de las obsesiones permanentes de nuestros intelectuales y que lo seguirá siendo. En la segunda parte de mi novela, en la sección «filosófica», traté de discutir ese gran tema más en broma que en serio y asumiendo el choteo como «metodología».

—Usted se ha referido a la herida del desarraigo, al dolor que causa la pérdida de los cimientos. ¿Cree acaso en este padecimiento como en un elemento identitario de quienes nacen en la Isla?

—Me parece que están aludiendo ustedes a un pasaje de El vuelo... sobre Marco Aurelio, cuando acaba de divorciarse y no puede volver a la casa de sus padres y está con las raíces al aire. «No tiene retaguardia, no tiene para dónde virarse», algo así. Realmente, si es de eso de lo que hablamos, tiene que ver más con la idea de la familia, del «hogar», que con la Isla. Mi generación rompió tempranamente con el esquema familiar tradicional, «burgués», y fue a recoger café y a cortar caña y a misiones internacionalistas y se casó y se divorció muchas veces y sufrió y sufre, como ustedes, el drama de la vivienda. No pensé en algo «insular» o «identitario» cuando escribí sobre eso; pero la escritura, como se sabe, deja de pertenecer al autor y emprende su propio camino más allá de las intenciones originales.

—En sus palabras: «... nosotros no estamos construyendo la utopía que soñamos, estamos construyendo la utopía posible en las circunstancias durísimas que tenemos». ¿Cuáles son los puntos de divergencia entre la utopía que hoy puede construirse y a la que usted aspira en particular?

—Me gustaría recordar el contexto exacto en que dije esas palabras; pero creo que me estaba refiriendo al efecto que han tenido sobre el proyecto revolucionario los terribles desafíos, penurias y angustias por los que hemos atravesado en los últimos años, motivados, ya se sabe, por todos aquellos derrumbes y por el bloqueo y por la crisis tan dura de los noventa, y me refería además a las desigualdades que parecen ser inevitables hoy y que, por supuesto, no son compatibles con aquella igualdad plena a la que aspirábamos y que llegamos a alcanzar en una gran medida, y también a tantas otras deformaciones que nacieron de coyunturas y de errores nuestros y no del «modelo» soñado. Creo que cualquier cubano de mi generación, o de alguna otra anterior o posterior, o de la de ustedes, pudiera hablar a fondo e interminablemente de estas contradicciones, a partir de sus ideas y experiencias, y ese, de hecho, es el debate que está ocurriendo ahora mismo.

—En una vieja entrevista dijo estar mentalmente preparado para una reconciliación permanente entre un doctor Jekill diurno y burocrático y un Hyde nocturno y cazador de palabras. A estas alturas, ¿no padece el agotamiento que se conoce como «la fatiga del metal»?

—Jamás mi cargo me ha exigido que haga cosas que contradigan ni mi historia ni mi integridad como intelectual y como persona. La encrucijada en que me veo todos los días, no es de carácter ético, en lo absoluto (sería una situación intolerable para mí y para cualquiera con un mínimo de decencia); sino que tiene que ver, también, con esa «fatiga» que mencionan ustedes y, sobre todo, con el tiempo para Mr. Hyde, es decir, el tiempo imprescindible para leer, para escribir, para practicar un poco de «ocio fecundo». Y, por supuesto, no tengo que esperar a que llegue ese «algún día» futuro para lamentar tanto tiempo empleado en lo administrativo.

—Si bien la prensa cubana ha informado sobre fraudes económicos y casos de corrupción, ¿coincide con los que se alarman ante el hecho de que una parte de la realidad no es reflejada por los medios?

—Creo que cada día la prensa nuestra tiene que ser más crítica, honda, inteligente, y tiene que acompañar al debate que ha pedido el Partido, como un componente imprescindible frente a la burocracia, la mediocridad, la indolencia, la corrupción. Eso es una necesidad, una urgencia. Se les está exigiendo a los organismos del Gobierno que sean transparentes, abiertos, y que apoyen sin posiciones defensivas esta función de la prensa. Hay que fundar un periodismo tan ajeno a la frivolidad y a la manipulación de los medios capitalistas como al triunfalismo y a la retórica supuestamente revolucionarios.

—¿Cuáles son esos mensajes sustanciosos, útiles, levemente didácticos que le interesaría ir sembrando para los descendientes?

—El prólogo que hice a un libro de Enrique* se presenta como una especie de mensaje a los nietos de mi generación. Hay un elemento importante que creo que explica esta cita: yo estoy hablando todo el tiempo de Enrique, es decir, no de un moralista, digamos, «clásico», sino de un ejemplo de cubanía alegre, desencartonada, jodedora, ajena a toda pretensión moralizante o pedagógica. A la luz de ese «modelo», llamémosle así (y esperemos que Enrique no lea esto), lo que hago es ironizar con el envejecimiento acelerado de mi generación, con las pretendidas responsabilidades hacia los nietos y todo lo demás. En medio de la ironía, hay quizá el intento de promover ese «modelo» envidiable que tenía Enrique de ver la vida. Tendría que buscar ese prólogo; pero me parece que no hay mucho más allí.

—Trascendiendo los cismas temporales entre Guillermo Tell y su hijo, ¿por qué cree que se considere a su generación una generación frustrada? ¿Siente ahora que finalmente han podido empuñar la ballesta o que son los nietos los únicos favorecidos con la condescendencia de los abuelos?

—No me siento parte, honestamente, de una generación frustrada. Conozco personas amargas, jodidas y decididamente frustradas que son mucho más viejas que yo y otras tantas mucho más jóvenes. Me parece que hay gente frustrada y, digamos, «realizada» (una palabra que detesto, pero es la que se me ocurre ahora) en todas las generaciones. Hay una parte de mi generación, digamos, «de la cultura», que conozco bien y donde hay artistas plásticos, teatristas, músicos, poetas, narradores, y son gente que ha vivido y sigue viviendo con mucha intensidad la aventura de su creación y la aventura revolucionaria. Con respecto a la canción de Carlos Varela (que me gustó mucho desde que la oí por primera vez), creo que aquí, entre nosotros, los hijos y los nietos de Guillermo Tell están participando cada vez más en las decisiones, y la política, que está muy clara, es que este sea un proceso cada vez más rápido e irreversible. Lo otro sería suicida.

—¿Su sentido del humor le ha servido como estrategia para sortear situaciones difíciles y mantener el equilibrio entre criterios y posiciones dispares?

—Creo que el humor ha sido algo muy valioso, realmente vital, para mí, como creo que lo es para los cubanos en general. Es un ejercicio único, irremplazable, de distanciamiento, de inteligencia, también de flexibilidad y tolerancia hacia los otros, hacia ti mismo, hacia la vida. Creo que sí, que sirve para que la gente se entienda mejor. El humor es el mejor antídoto frente a la rigidez, frente a lo inauténtico, lo ceremonial, lo absurdo. Tampoco es una píldora (ojalá existiera esa píldora) y es algo que viene a salvarte en los momentos difíciles y a veces no viene. Lucho todos los días para no amargarme y a veces, se los confieso, no lo logro como quisiera.

*Se refiere a Mi vida al desnudo de Enrique Núñez Rodríguez.

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