Instructores de arte narran vivencias en el afianzamiento de su vocación - Cultura

Instructores de arte narran vivencias en el afianzamiento de su vocación

Tres miembros de la Brigada de Instructores de Arte José Martí narran sus vivencias para encontrar el camino de su vocación

Autor:

Juventud Rebelde

CIEGO DE ÁVILA.— La música sale por la derecha. Se escucha al final del pasillo, que atraviesa el área de los camerinos del Teatro Principal. También se oyen muchas risas a esta hora de la tarde.

En los escalones, recostados a las columnas o simplemente sentados en el piso están unos muchachos vestidos de manera informal. Son instructores de arte que hoy no visten sus uniformes, caminan con desenfado y no reparan mucho en los extraños. Una breve mirada y luego vuelven a las guitarras y el acompañamiento que hacen con las palmas.

Yudanis Alemán Sifonte. «Es que estamos en el Festival, ahora nos estamos preparando para los ensayos», explica Yudanis Alemán Sifonte, instructora de arte recién graduada, del poblado de Falla, en el municipio de Chambas.

«Lo mío es la danza —agrega—. ¿Qué cómo llegué a instructora? Me complace enseñar, me gusta el baile y me encantan los niños. Por eso fue que entré en la Brigada.

«Tengo una sobrina de cuatro años, que se llama María Fernanda. Cuando me pongo a bailar, ella pide: “Tata, enséñame”. El día que me llegó la convocatoria les dije a mis padres: “Voy a hacer la prueba”, y aquí estoy. Me ubicaron en una escuela rural. ¿Historias, cosas que les pasan a los instructores? (Se ríe). No, no qué va. Yo soy muy joven aún; todavía no tengo historias».

II

Yoandy Navarro García. Pero Yoandy Navarro García sí las tiene. Este instructor de 21 años canta y toca la guitarra. «Silvio fue el que me estimuló», confiesa. «Oía sus canciones, sobre todo Pequeña serenata diurna y Por amor; y me pregunté: “¿Por qué no puedo cantar?”».

Sus ademanes son tranquilos. Con mucho cuidado, coloca la guitarra a su lado.

«El comienzo fue confuso —cuenta—. Tenía la vocación de la música metida adentro. Sabía que por ahí era el camino y me presenté a las pruebas de aptitud para la Escuela Nacional de Arte. No las vencí. Literalmente, como dicen en la calle, pensé que tenía que irme con mi música a otra parte. De todos modos siempre habría una guitarra y un lugar para cantar.

«La suerte fue la Brigada. Me encontraba en una escuela al campo y llegó la convocatoria. Tras la graduación vinieron los choques. ¿Cuáles? Imagínese, uno tiene en la mente cantar en un escenario, sueña con eso; también que las cosas se logran con facilidad.

«El primer choque fue montarme en una carreta y llegar a la escuela donde me ubicaron. Se llama Sierra Maestra y está a nueve kilómetros de Bolivia, el poblado donde vivo. Luego vi que no había instrumentos para enseñar a los niños.

«Mi suerte fue ella —y apunta a la guitarra—. Les dije a los niños: “Vamos a jugar” y empecé a cantarles canciones y a pedirles que hicieran una rueda o que me acompañaran en el canto.

«Pensé que iba a ser rechazado. Los niños me miraban como a un extraterrestre. Los maestros me decían: “Ten calma”. Pero yo no notaba el cambio. O no sabía verlo. Porque un día sentí que me tocaban de la mano y preguntaban: “¿Cuándo es el turno?”. Eran tres niñas chiquitas y llenas de pena. Les acaricié la cabeza y les dije: “Hoy, cuando se acaben las clases”. Ese día llegué a la casa un poco más tarde. La carreta demoró y la oscuridad nos cogió en el camino».

III

Alfredo Jiménez Fragela. Alfredo Jiménez Fragela es un caso. Es la irreverencia en persona. Lo mismo se sienta en el piso, en el brazo de una butaca que avisa desde la entrada del teatro: «Mi gente, las guaguas no llegan; así que ya saben...», y se junta con un grupo para ponerse a cantar o seguir el ritmo de la música mediante palmadas.

Cuando le hacen la pregunta, la repite con aires de incrédulo: «¿Por qué entré a la Brigada?»... Encoge los hombros y agrega: «Por el uniforme. Sí, no se asombre. Por ponerme el traje y salir con la guitarra para que las chiquitas se fijaran en mí. En la prueba de aptitud me pidieron que hiciera algo y yo inventé. Al jurado le cayó bien, pero a mí me pareció que había hecho una payasada.

«Luego me fui dando cuenta de que la Brigada no es el uniforme y caerles en gracias a las posibles novias. En la primera escuela que me ubicaron, una profesora me preguntó: “¿Y tú qué haces? ¿Qué sabes hacer?”. Tremenda bienvenida. Como soy de Morón, al poquito tiempo me ubicaron en la escuela William Soler, en la isla de Turiguanó.

«Allí encontré otra actitud. En vez de preguntarme qué sabía hacer, se interesaron por lo que me hacía falta. Me dieron un cuartico para que organizara mis cosas y durmiera allí cuando me cogiera muy tarde para regresar a la casa. El presidente del Consejo Popular se hizo mi amigo y hemos hecho un buen equipo. Pero estamos llenos de casos sociales.

«También me percaté de que el arte puede cambiarle la vida a las personas. Hacemos obras de teatro donde les representamos la realidad que ellos viven: la del alcohol, la indiferencia familiar... Hemos visto a la gente apreciar el conflicto y decir: “Eso está bien, aquello quedó mal, en la vida no pasa así...”.

«Verdad que no fue fácil el comienzo. Tuvimos que ocupar nuestro espacio contra viento y marea, porque la gente no entendía qué era el teatro en su mismo barrio. Fueron días de mucho hablar, y aguantar cosas que nadie se imagina. Nosotros tenemos un poco de trabajadores sociales, ¿lo sabía? Es la parte menos visible de nuestras funciones. Nadie nos dice que tenemos que hacerla. Es la propia vida quien te la pone delante.

«Uno de mis alumnos es un niño, hijo de padres divorciados. Yo veía que se quedaba hasta muy tarde en la escuela, en cuya entrada lo vi sentado una tarde. Me le acerqué y después de unas cuantas vueltas se me abrió. No quería ir a la casa. El padre tomaba y cuando iba a verlo empezaban las peleas con la madre, con él delante. Después, la mujer descargaba tensiones con el muchachito. Me fue haciendo unas historias... que me fueron acelerando. Lo tomé del brazo. “Vamos conmigo”, le dije.

«Me aparecí con él en la casa. Empecé a hablar muy despacio, muy reflexivo, yo que ni lo soy. Le hice el cuento completo a la madre. Pensé que iba a botarme y veo que empieza a llorar, a decir que ella es una desgraciada, que no ha tenido paz en su vida, que toda la culpa es suya. Tuve que darle una psicoterapia.

«Cuando llegué a mi cuartico y me tiré en la cama, todavía andaba a millón. Empecé a pensar en tanta gente que lo tiene todo y quiere más por solo tener dos trapos más colgados en el escaparate. Me acordé de lo que pasa la gente a diario, que los padres a veces hunden a sus hijos en lugar de ayudarlos. Empecé a recordar tantas miserias humanas, que me dije: “Tranquilízate, que andas mal”. Tuve que hacerlo porque, sin darme cuenta, yo también había empezado a llorar».

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