El odioso oficio de excluir - Cultura

El odioso oficio de excluir

El filme estadounidense El descanso demuestra que repartir papeles en una producción es una forma de jerarquizar  y organizar el mundo con atención a valores predominantes

Autor:

Rufo Caballero

No puede ser otro que el galán por excelencia e histriónico Jude Law el elegido para hacer del amante ideal de la Cameron, mientras la súper talentosa Kate Winslet se tiene que conformar con el simpático gordito interpretado por Jack Black. Repartir papeles en una película es también una forma de jerarquizar, de excluir.

Por estos días, los cines habaneros exhiben El descanso. El espectador atento comprenderá que hay ciertas películas que no merecen, que no admiten, un análisis estético, pues son, con todo gusto, más de lo mismo. Tenemos aquí una comedia romántica típica, de esas que encantan a Nora Ephron y Nancy Meyers, y no solo a ellas.

Cuatro chicos en baja afectiva son enlazados, por obra y gracia del guión rosa, para ser felices y enfrentar la vida de otra manera. Qué maravilla: ojalá la vida fuera eso. El guión, una suma de todos los efectivos lugares comunes que garantizan el bostezo o el sobresalto, según, resulta un pretexto para el lucimiento de no pocos actores de puntería. Esta comedia sentimental, dirigida por Nancy Meyers, se reserva un elenco de lujo, con los célebres Kate Winslet, Jude Law y Edward Burns (tras una sensible temporada de constructivos), un patriarca de la industria como Eli Wallach (a quien la profusa cinefilia de la película le rinde todo un homenaje, más allá del argumento), y hasta un gracioso cameo de Dustin Hoffman. Pero la noticia, en términos artísticos, es la perfecta interpretación de Cameron Díaz, una actriz menor, una diva de los medios hasta hoy, que sin embargo en El descanso despliega una considerable nómina de recursos expresivos, buenas transiciones, excelencia gestual, sobreactuación intencional y virtuosa, etc.

Lástima fuera, porque todo el filme está en función de ella, aun cuando, a la fecha, Winslet y Law han dado mayores muestras de arte histriónico. Y aquí mismo habría que detenerse. Valdría preguntarse: ¿Cómo están repartidos los roles y los signos de la película, en función del lugar, el timbre y el carácter de sus estrellas? ¿Por qué? ¿Para qué?

¿Por qué, si se cuenta con Kate Winslet, se le regala el protagonismo a Cameron Díaz? ¿Por qué se coloca a Jude Law como el amante ideal de la Cameron y no de Kate? ¿Qué nos dice el sistema de signos de la película, a partir del sentido de su casting?

Entrevistas por un mundo global donde la globalidad obedece al estatus, las chicas interpretadas por Cameron y Kate tienen todo el dinero del mundo; el mundo está de puta madre pero, igual, ellas se encuentran deprimidas y se ponen de acuerdo para, al intercambiar sus casas y sus lugares de origen por dos semanas, someterse a experiencias nuevas, que vigoricen sus expectativas sentimentales. Le zumba el mango, pero bueno, está bien: precisamente porque el mundo está de hostia, también estas películas son necesarias.

Ahora, solo en principio ambas resultan paradigmas de éxito. Cameron, la rubia exultante, carismática, simpática en cada gesto y cada frase, vestida por la dirección de arte como no se pudiera vestir ni la sobrina de Armani, además de todo, es norteamericana, publicista de oficio. Una chica in, diseñada para el éxito, pero, qué pena, ha tenido un gran problema: su chico (Burns) se ha tirado a la secretaria. En cambio, el personaje de Kate, una inglesa de autoestima no identificada, redactora de algún periódico, viste como una vecina de las afueras, se deslumbra con el confort tecnológico de la mansión de la gringa, y se comporta, en definitiva, como una provinciana de pronto en tierras de providencia. Pero la cosa no termina ahí: al tiempo que a Cameron le toca en suerte un galán como Jude Law (para colmo, magnífico actor), y esto luego de que acaba de despedir a otro exitoso como Burns, el personaje de Kate, después de renunciar a duras penas a un feote escritor mediocre que la considera nada, ha de contentarse con un gordito, muy simpático pero un gordito, y debe pasar su tiempo con un viejito vecino, que le dice cosas inteligentes. A Cameron le espera el éxito en todos sus rubros (sensualidad, calidad de vida, inteligencia), pero el personaje de Kate debe felicitarse por las virtudes del espíritu —las que, ciertamente, no son pocas, pero no tienen por qué excluir a las demás.

¿Por qué si Kate es mucho más actriz que Cameron, no puede asumir el personaje protagónico? Ah, porque Kate, actriz de carácter más que estrella, resulta óptima para papeles de temperamento y «de profundidad»; mientras Cameron, quien eventualmente puede rozar la profundidad, es la estrella total, la que hace saltar la taquilla, en un mundo adolescente, regido y dictado por la adolescencia.

En ese tipo de organización de los signos de una película, también hay racismo. Comúnmente se llama racismo, de forma genérica y por convención, a toda práctica o ideología de exclusión o preterición, las que pueden responder a patrones sexuales, raciales, culturales, económicos, etc. A menudo se piensa que hay racismo cuando hay exclusiones más o menos explícitas de negros o latinos, lesbianas o gays, tercermundistas periféricos o exponentes de culturas exóticas, etc. Una película como El descanso evidencia, entretanto, que el racismo anida incluso en esta especie de drama rosa entre blanquitos: No es lo mismo ser una actriz de carácter reservada para papeles secundarios que hagan saltar la lágrima del espectador inteligente (esa especie en extinción), que otra que suda sensualidad y hace saltar la taquilla; no es lo mismo una norteamericana publicista que una inglesa gris y romanticona, ocupada de una de las tantas butacas de un periódico irrelevante. No es lo mismo una rubia esplendente que Kate Winslet. Este no es un mundo regido precisamente por el paradigma de la calidad.

Repartir papeles es una forma de jerarquizar, de excluir, de organizar el mundo con atención a un grupo de valores predominantes. Saber leerlos, poder interpretarlos, es posiblemente el mayor desafío que se le presenta hoy al espectador de cine.

Ante una película como El descanso sería ingenuo «ponerse» para la cámara o para el diseño escenográfico (cosas que, por lo demás, están bien, como parte de esa media amorfa que garantiza la continuidad de una industria exitosa): prácticamente lo único interesante sería desandar el mundo que permanece detrás de la confitería. Hasta entender cómo, luego de la superchería y del encanto de Cameron Díaz, no solo espera Jude Law, sino que pugna también una visión del mundo para la cual las ideas de triunfo, éxito y progreso son dos chicos rubios, fascinantes, que se besan en una noche de Navidad.

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