Adiós a Antonio Canet, pintor de paleta florida

Autor:

Juventud Rebelde

Este cubano se despidió activo y colaborador, siempre abierto hacia los visitantes de cualquier lugar del planeta y hacia el beneficio cultural de la comunidad

Hay días en que uno lamenta que no haya espacio para obituarios en nuestros periódicos. Sobre todo cuando a alguien que merece, al menos, una mínima esquela sobre papel impreso para el reconocimiento público, no se le destina por ningún lado una nota que dé cuenta de su fallecimiento. Escuché que le echaran la culpa a que murió un domingo; mal día, dicen, para llamar la atención de la prensa.

Asumo el pago de esta deuda para con Antonio Canet por distintas razones. Comienzo con las personales: Fue la primera personalidad que entrevisté, justo en mis arranques como periodista bisoño. Él, con la modestia proverbial que atribuía a ser un nacido bajo el signo de Virgo, me abrió las puertas de su casa y de su historia, y me brindó una taza de café.

La primera de tantas que bebería allí, en esa vieja morada que reconstruyó con algunos apoyos institucionales y mucho de su esfuerzo propio, donde en el siglo XIX había vivido Eduardo Facciolo, el primer mártir de la gesta independentista en el que confluyeron el periodista y el patriota.

En ese encuentro primero, nos unía en los caminos del adentro, la experiencia del regreso. Él, de nuevo en Cuba luego de varios años viviendo y trabajando en Europa, y de vuelta a una localidad cercana y de rasgos similares a la CasaBlanca donde nació en 1942. Yo, otra vez habitante de Regla, el pueblo ultramarino y de la periferia donde crecí, después de unos años en que fui ciudadano del aristocrático Vedado.

Más tarde, seguiría acompañándole para contemplar su gozo como tutor de tantos aprendices en el oficio del grabado, muchos de ellos hoy artistas con reconocimiento. Para asistir a las muchísimas exposiciones que ahí organizó e hicieron de su casa la única galería de arte con que cuenta el municipio. O simplemente para hablar de perros y gatos, una afición común.

Juntos también estuvimos en la organización y despegue del sueño del psiquiatra Raúl Gil, director del Centro Comunitario de Salud Mental de Regla, cuando ideó crear una Bienal de las Artes y la Salud Mental, que anda ya por cuatro ediciones cumplidas.

De la presencia del Antonio Canet en el contexto de ese evento, quedan sus trazos en el gran mural colectivo Familia, emplazado sobre una pared de la institución comunitaria; y el recuerdo de su última exposición, Maletas de viaje, de 2007, en el Centro Hispanoamericano de Cultura, un recorrido paisajístico por Praga, Berlín, París, Barcelona y otros lugares del mundo que visitó.

Dije que había otras razones para el homenaje más allá de mi estima y el lazo fraterno. Esas se desprenden por sí solas del recorrido por la vida y la obra de un artista que debiera ser acogido con respeto y gratitud en el panteón de la cultura nacional.

De su propia voz recogida en mis grabaciones, extraigo esta definición que Canet diera de sí mismo: «A cada persona le toca vivir, más allá de sus experiencias personales, una época determinada. Como testigo de circunstancias con un valor histórico, mi conciencia me obliga a dejar un testimonio, y dejar que otros la juzguen en el futuro».

José Lezama Lima, el autor de Paradiso, escribió en una ocasión que «una muestra de Canet da alegría visitarla y es fiesta juvenil de su color». En sus paisajes marinos y urbanos disimulaba el trazo del dibujante certero bajo la línea nerviosa y emocionada del pintor expresionista. El uso de colores planos, puros y muy vivos, hacía restallar la pintura por su luminosidad. No en balde su amigo Virgilio Piñera le llamó «pintor de paleta florida».

Aprendió las artes del grabado con el maestro Carmelo González y fue fundador del Taller Experimental de la Gráfica, en 1962. Ese saber lo volcaría en la minuciosa reconstrucción visual de Cecilia Valdés, la novela de Cirilo Villaverde, clásico cubano del siglo XIX.

Fueron casi doscientos grabados, hechos con las técnicas de la xilografía y el linóleo, que Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura, elogiaría en su ensayo Contradanzas y latigazos. Compilados en 1983, con formato de libro, le valieron el Gran Premio del IV Concurso Nacional El Arte del Libro.

Otro ejemplo de su laboriosidad incansable fueron las cerca de cien linografías destinadas a reflejar la epopeya del Moncada y las luchas contra la dictadura batistiana. De este trabajo, que también fue convertido en libro, durante el 2003, la periodista y escritora Marta Rojas ha dicho que «es un vasto ensayo gráfico que recoge más de medio siglo de historia de Cuba».

Tras el largo período de ostracismo, durante el cual haría, reconcentrado y en silencio, esas obras monumentales que arriba mencionamos; renace Antonio Canet con una expo en la Galería Galiano, de 1990. La cual sorprendió por su tránsito hacia coordenadas de vanguardia, con la experimentación matérica, el collage y la introducción lúdica de materiales de desecho, por los caminos de un arte más conceptual, del informalismo y la abstracción gestual.

Después inicia el periplo por Europa, que concluye en 1997. De esa época acumuló hermosas experiencias, principalmente en España, donde fue forjador de grabadores y de las que extrajo la hermandad con la población andaluza de Chipiona, hogar de marinos y adoradores igualmente de la Virgen de Nuestra Señora de Regla.

Ese abrazo creado por él, facilitaría proyectos de cooperación entre la comunidad española y Regla, en donde se estableció a la vuelta con la ayuda del Museo de Historia de esa localidad.

En los años postreros de su vida, aunque quejado por múltiples enfermedades —la última descubierta, el mortífero Cangrejo, fue quien le diera muerte—, no dejó de mostrarse activo, colaborador, abierto hacia los visitantes de cualquier lugar del planeta y hacia el beneficio cultural de la comunidad, desde la Galería Taller que ostentó su nombre en vida y el pueblo quisiera que continuara así tras su deceso.

Premiado por la UNEAC en 1998 por sus aportes al arte y la literatura cubanas, y en el 2000 por el trabajo desplegado en la comunidad. Primer cubano en recibir el Pin de Oro que entrega el Ayuntamiento de Chipiona, en Cádiz, España. Distinguido con la Orden Gitana Tropical entregada por la Dirección Provincial de Cultura.

Este reglano por adopción, cubano total en el sentimiento, grande sin duda de la plástica cubana de todos los tiempos, cuyos restos reposan no en Colón, sino en el modesto cementerio de Regla, vale que se le considere en su justo lugar.

Para que no vaya a olvidarse, dejé para el final registrar bien la fecha: Antonio Canet se nos fue el domingo —aunque eso ya lo dije—, alrededor del mediodía, del día 13 de enero de 2008.

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