En Cuba la voz más sobresaliente de la literatura gallega contemporánea

El lápiz del carpintero, de su autoría, es una de las propuestas más atractivas de la Editorial Arte y Literatura en la Feria del Libro

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Foto: Kabian/ La Jiribilla Manuel Rivas, la voz más sobresaliente de la literatura gallega contemporánea, no puede precisar ahora la fecha exacta de cuándo sucedió. Solo sabe que transcurría el año 1998 y que, como era habitual, estaba sentado en el escritorio de la habitación donde acostumbra a escribir, rodeado de cosas que lo apasionan como las herramientas de su padre albañil y las de su abuelo carpintero. Y de repente, se sorprendió espiado por aquel pedazo de madera ya maltratado por el tiempo y perforado en su centro por un grafito de punta negrísima y gastada, que le miraba directamente a sus ojos, con insistencia. Entonces lo supo: él, que llevaba noches en vela con algunas ideas para un futuro libro que le presionaban con fuerza su cabeza, había encontrado con certeza quién sería el protagonista de la aplaudida novela El lápiz del carpintero, una de las propuestas más atractivas de la Editorial Arte y Literatura para este año en que la 17 Feria Internacional del Libro está dedicada a la cultura de Galicia, la tierra que lo vio nacer en 1975.

«Tenía la historia y la intención de contar un gran amor en tiempos de guerra, y me estaba muy claro qué era lo que quería contar, pero no sabía cómo. A mí me interesa en cada libro buscar una forma; cada libro pide una manera de contar... Y dando vueltas y vueltas, vi el lápiz y el lápiz se me quedó mirando», rememora el autor de títulos tan sobresalientes como Un millón de vacas, Los comedores de patatas, En salvaje compañía, ¿Qué me quieres, amor? y Bala perdida.

«Sería el lápiz el que pasaría de mano en mano: de un carpintero anarquista del siglo XIX, que antes de morir se lo entregó a otro compañero, quien a su vez se lo cedió a un pintor con quien compartía, como preso político, la misma celda de la cárcel. A su verdugo llegó después que el pintor fuera asesinado... Vamos a dejar ahí esta historia, que es un viaje hacia el fondo de la conciencia, porque el lápiz es un portador de memoria. Su dueño no lo tiene en vano, se producirá en él una transformación.

—En su casa apenas había libros. ¿De qué manera, entonces, se encuentra Manuel con la literatura?

—Efectivamente, era una casa de clase trabajadora —mi padre era albañil y mi madre lechera— y no había libros, aunque, ahora que lo pienso, había periódicos. Mi padre traía periódicos a la casa, y de algún modo allí se cumplió lo que decía Bertolt Brecht, que el periódico fue en algún momento el libro de los obreros.

«No hace mucho se aplicó una encuesta a un grupo de escritores sobre el inicio de su interés literario, y yo reflexionaba que en mi caso era muy difícil, casi imposible, situar una fecha en un calendario. Mi acercamiento lo asocio, más que con libros, con lugares donde se producía el hecho literario. Estoy pensando, por ejemplo, en libros escritos en el aire, en la cultura oral.

«Hay un lugar que es fundamental para mí, que es una escalera en la casa de mis abuelos campesinos por parte de madre. Era una típica casa campesina gallega, el suelo era de tierra, y había una escalera. A un lado en los bajos estaba la alareira, un tipo de chimenea abierta, que recuerdo como un cine en tres dimensiones; y al otro, el ganado. Yo pensaba de niño que la niebla nacía del aliento de aquellas vacas, que de allí se extendía por toda Galicia. Y en el medio, aquella escalera de madera, que llevaba a los dormitorios.

«Yo pasaba en aquella casa muchas temporadas. Mi padre había emigrado a Venezuela para trabajar, y nos cuidaban allí. Normalmente en Galicia se trabaja mucho, hay una necesidad del trabajo casi excesivo, una moral del trabajo, y durante el día la gente trabajaba la tierra y se mantenía en silencio; en cambio, en las noches, se producía una metamorfosis. Alrededor del fuego, con el caldo caliente, esas personas se convertían en contadores de historias fabulosas —algunos extraordinarios—, con mucho estilo a la hora de contar las cosas. Yo siempre tuve claro, gracias a ellos, que no solo es importante lo que cuentas, sino cómo lo cuentas.

«Entonces, la respuesta de dónde empezó todo, la sitúo en un momento de la noche en que los niños teníamos que marcharnos porque se contaban historias escabrosas y hasta eróticas, porque se tocaban todos los géneros —era una literatura oral moderna, aunque también se hablaba de leyendas, de tradiciones—, y nosotros, que nos quedábamos escondidos, notábamos cómo las historias subían las escaleras y nos venían buscando, y venían hacia nosotros... Como el título de Clarice Lispector, maravillosa escritora brasileña, yo experimentaba constantemente “la felicidad clandestina”. Siempre he pensado que era muy importante, como herramienta para el escritor, saber escuchar y después, hablando de vacas, rumiar. Hay que rumiar mucho».

—A propósito, ha dicho que escribir es para usted un acto de clandestinidad...

—Aunque un libro suele tener como intención final la comunicación, compartir con otros, contar cosas, la literatura es también hacia dentro. Creo que una obra puede tener calidad o interés para el lector en la medida en que también haya significado un viaje interior, en profundidad, para el autor. La primera prueba que vive un texto, una narración, es con uno mismo. Es muy difícil que te engañes, pues sabes lo que hay ahí de verdad y lo que no. A mí me gusta mucho escuchar en voz alta lo que escribo, saber cómo hablan los personajes, para ver si son verosímiles o no, si les creo o no. Por eso hablo de clandestinidad, en el sentido de que escribir un libro tiene que ser un encuentro desnudo, a solas con uno mismo.

«Decía Kafka que los buenos libros tienen que golpear y arañar al lector. Yo creo que a quien primero tienen que golpear y arañar es al autor. No puede ser en vano, tienes que escribir en vilo. Es como un viaje de Ulises otra vez».

—¿Qué mueve en usted la escritura?

—Hombre, la energía que mueve la escritura es el deseo, pero también puede ser el dolor. Hay un verso de Lezama que dice: la espina es la primera forma de la nada, y pienso que hay momentos en que el dolor puede ser un buen arranque para escribir, para cubrir el vacío. Escribir es una respuesta ante el vértigo del vacío, de cierta manera creas un paisaje, un espacio, algo que no existía antes y que ahora existe. Es lo que decía antes, hay que escuchar, pero en el momento en que estás solo tienes que rumiar las palabras, son parte tuya.

—¿Asumiría alguna vez la literatura como puro divertimento?

—Bueno, el divertimento es una parte maravillosa del ser humano. Estoy pensando en aquello que provoca risa, ironía. Nuestros pueblos (gallego, español, cubano, latinoamericano) tienen esa dimensión dionisíaca y gozosa de la vida frente a aquellos que la presentan como un valle de lágrimas y de sufrimiento. Yo creo que el paraíso está en la Tierra y que hay que encontrarlo. Y ese lado de divertimento me parece muy importante; lo que sucede es que la deformación y la manipulación aparecen cuando solo se presenta la literatura como una rama del show business, del entertainment, de lo superficial. Reírse y que después no haya más implicaciones.

«La verdadera literatura tiene muchas implicaciones para quien escribe y para el que lee. Además de diversión, de transmisión de sensibilidad, de sensaciones, de emociones, hay otra parte fundamental, que está presente en todas las grandes obras de la literatura universal, y es que los buenos libros nos transmiten mucha información, muchos conocimientos sobre el ser humano. Lo que contiene El Quijote, la obra de Martí, Carpentier y Lezama, la obra de García Lorca y de Machado, lo que contiene la obra de Shakespeare, la narrativa rusa o francesa, Dickens, en Estados Unidos Dashiell Hammett, son conocimientos esenciales sobre la humanidad, sobre la condición humana, que son muy difíciles de transmitir en otros medios.

«No estoy hablando de tratados científicos o de historia, esto es otra cosa, es la intrahistoria, es como un viaje encarnizado hacia el misterio del ser humano. Y eso seguirá siendo lo más importante, aunque cambien los soportes de la literatura».

—Uno de sus primeros poemas, El pan negro, hablaba sobre la lucha contra el miedo. ¿Ha sentido miedo Manuel Rivas?

—Sí, claro, el que diga que no siente miedo en situaciones de peligro o de agresión, es un robot. Otra cosa es que nos domine el miedo... Pero aparte del miedo personal, también he vivido el miedo colectivo. Durante un tiempo, en Galicia el miedo formaba parte de la atmósfera, se respiraba, se mascaba.

«Cierro mis ojos y veo perfectamente a mis padres que en su propia casa, cuando hablaban de ciertos temas, lo hacían en voz baja y miraban hacia atrás, cuando lo que había detrás era la pared, pero ya era un reflejo. El miedo era el medioambiente.

«Fue una dictadura cruel que duró mucho tiempo, tan cruel que constituyó un holocausto, y su instrumento de sostén fue el miedo, para mantener a la población controlada. La industria del miedo era la que mejor funcionaba durante el franquismo».

—¿Qué prefiere: hacer un poema o contar una historia?

—No concibo escribir narrativa —sea cuento o novela— sin una voluntad poética. A veces le ha hecho daño a la poesía, y a la propia literatura, una división en géneros muy convencional, cuando lo más importante es la escritura en sí; como decía Roland Barthes, transformar el ruido en rumor. Para mí toda literatura es poética, pero ¿qué entiendo por poético? No unas formas o unas rimas que van cambiando con la historia, sino, sobre todo, la forma de mirar, cómo observas y cómo esa mirada intenta atravesar la apariencia; la forma de mirar que conlleva preguntas, que se interroga sobre aquello que está viendo.

«La poesía es sinónimo de intento hacia la autenticidad. Porque siempre estamos hablando de intentos... Habrá que repetir esa idea de Samuel Bécquer de que no está mal, pero no es esto lo que busco, siempre hay que ir más allá. En el cuento Pedro Páramo, de Juan Rulfo, por ejemplo, está la poesía, porque la poética es una voluntad de precisión. Cuando Juan Rulfo escribe sobre aquellos campesinos que están esperando a que llueva y solo cae una gota de todas aquellas putas nubes, una única gota que ellos ven caer en el suelo como un escupitajo, eso es extraordinario, es como contar en una sola palabra el drama tremendo de esa gente. Eso es para mí poesía. Por tanto, toda literatura tiene que tener como célula madre, como cigoto, la poesía».

—¿Reescribiría algún libro suyo?

—Es peligrosísimo, por eso yo releo muy poco los libros, porque inmediatamente, sobre todo cuando ha pasado cierto tiempo, se adueñan de uno las ganas de reescribirlos, y empiezas a ver todo como una obra abierta. Por eso prefiero no viajar mucho de vuelta por los libros, porque tampoco significa que los vas a mejorar. Los libros son parte de una obra, son como peldaños, a veces no sabes si vas para arriba o para abajo, y lo importante es moverse. La propia memoria, incluso, tiene una estrategia hacia adelante, y hay que tener una voluntad perenne de crear, de buscar, de avanzar en lo desconocido, de, como decían los clásicos, adentrarse en la espesura. La literatura es como un pequeño fósforo que puede iluminar algo en la penumbra».

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