Expiación: fiesta de buen cine

Basado en una novela de Ian McEwan, adaptada por Christopher Hampton, el filme muestra la calidad acostumbrada en el drama de época británico 

Autor:

Joel del Río

Convincentes las actuaciones de Keira Knightley y James McAvoy. Las primeras secuencias de Expiación (Atonement, 2007) nos informan que se trata del British Cinema más lustroso, retrorromántico y High Society. Al comenzar, pareciera que la narración girará en torno a los poderes desatados de la imaginación de una escritora adolescente, Briony Tallis, ardorosa y perspicaz, que fabula delirios erótico-literarios a partir de las tensas relaciones de su hermana mayor con el hijo de los sirvientes. La exaltada inventiva de la joven escritora —eso de andar fisgoneando en las vidas privadas ajenas y falsear motivaciones o retorcimientos ajenos— provoca catástroficos sucesos en la vida de esa familia, aunque la trama posterior se apegue, sobre todo, a cómo va creciendo la culpa, el remordimiento y las dudas en el espíritu de Briony, y al modo en que la provocativa pero inocente hermana, y su enamorado transclasista, son castigados por pecados que no cometieron. No revelo nada más de un argumento en que mucho importa la intriga, el golpe de efecto, el desconocimiento del espectador respecto a lo que vendrá de inmediato, y resguardar así la aparatosa conclusión de este filme romántico donde la envidia, el error fatal de apreciación, el arrepentimiento y el castigo resultan los motivos dominantes.

Basada en una novela de Ian McEwan adaptada por el brillante Christopher Hampton (Amistades peligrosas) y dirigida por Joe Wright (conocido por la más reciente versión de Orgullo y prejuicio) y postulada, o premiada, a todos los premios importantes del cine hablado en inglés a lo largo del año pasado, incluido el Oscar y los Globos de Oro, el filme destaca por las virtudes tradicionales de una cinematografía tradicionalmente aferrada a virtudes tradicionales. Me explico: excelentes interpretaciones (orgánicas, siempre convincentes, interiorizadas, en el cuarteto compuesto por la debutante Saoirse Ronan, la demasiado promocionada Keira Knightley, el emergente James McAvoy y la archiconsagrada Vanessa Redgrave), los movimientos de cámara y encuadres de un preciosismo y expresividad casi turbadora —hay que anotar el nombre de Seamus McGarvey, por un trabajo extraordinario donde destaca el escalofriante plano secuencia en aquel paisaje durante la batalla—, la preciosista ambientación de los años 30-40, una banda sonora que destella por la ingeniosa utilidad dramática del sonido y la música, como procede en los buenos melodramas... en fin, que estamos ante casi una obra maestra del cine romántico, altamente profesional, nostálgica, que nos deja con el amargo sabor, y el ensanchamiento intelectual, propios de las grandes tragedias clásicas.

Ahora mismo aseguraba que se trata de casi una obra maestra porque, entre algunos otros factores, salta a la vista una cierta complacencia excesiva de base, un regusto en lo melifluo y rebuscado. Algunos de los mejores momentos de la fotografía carecen de implicación directa con la historia central —el magistral plano secuencia mencionado en el anterior párrafo puede suprimirse en montaje, por digresión, y la historia no padecería en lo más mínimo— mientras que los giros narrativos resultan en ocasiones demasiado bruscos, grandilocuentes y alardosos, como si no confiaran en las virtudes de la historia romántica y le endosaran un poco de cine bélico, otro tanto de intriga cuasi policiaca, algo de psicodrama realista y erótico.

Aunque la historia como conjunto parezca demasiado rebuscada y profusa para ser real, o más bien para que guionista y director intenten hacernos creer que están pulsando claves más o menos realistas, a pesar de que por momentos el filme evidencia una precisión un tanto molesta, y terminen siendo empalagosos esos juegos entre pasado y presente, fatigosas la cacofónica alternancia de los puntos de vista de los tres personajes principales, y las socorridas alusiones a la diferencia entre verdad y percepción, entre relato dramático y fidelidad a lo cierto, Expiación es uno de los filmes nominados al Oscar que, como dijo una sagaz colega norteamericana, uno puede respetar con facilidad pero difícilmente amar con holgura y profundidad.

Buena es. Incluso muy buena. Pero contaba con la posibilidad de ingresar en la liga de Romantic Masterworks provenientes del cine británico, junto con Doctor Zhivago, el Romeo y Julieta de Zeffirelli, El mensajero, La amante del teniente francés, Herida o incluso Cuatro bodas y un funeral, pero quedó en un segundo escalón, según me parece, por los problemas de indefinición genérica y el exceso de ambición de sus hacedores, por la frialdad generalizada que transpira toda la puesta en escena (lo cual no implica ausencia de belleza ni de capacidad sugestiva) y, más que todo, debido a que la grandeza emocional y espiritual de la historia, que aflora sobre todo en el final demoledor, es sustituida en la mayor parte del metraje por una fragmentación y un cambio de perspectivas del relato que termina afectando —tal vez más de lo conveniente en una película romántica— el grado en que el espectador se involucra con los personajes.

Expiación nos permite apostar otra vez por la calidad acostumbrada en el drama de época británico; queramos o no nos induce a reflexionar sobre temas controversiales de la condición humana, y nos permite asistir a un alardoso festín de buen cine protagonizado sobre todo por los cuatro intérpretes, el fotógrafo, el editor y el sonidista. Ojalá no desaparezca de las salas de cine con la velocidad con que lo está haciendo, o que al menos sea programada prontamente por la TV. Con todo y las reservas antes expuestas, el filme adorna y dignifica cualquier programación en que se inserte por sus calidades diversas. Es obra recomendable, adulta, sugestiva y sorprendente. Razones suficientes para tratar de disfrutarla.

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