La España romántica de un americano

Autor:

Randol Peresalas

Portada del Libro Cuentos de la Alhambra Para quienes ya vienen de regreso por el camino de las leyendas, de las historias de encantamientos y princesas enclaustradas en altas torres, leer los Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving, supone un viaje diferente. No porque el sendero sea conocido dejan de asombrar los mínimos detalles de un paisaje antes velado por el apuro de la juventud y el hambre de conocimientos. Ahora que la Editorial Gente Nueva reedita con éxito este inestimable volumen, es grato hacer un alto en el camino y valorar a uno de los grandes maestros del romanticismo estadounidense.

Disfrutada por varias generaciones de cubanos, la extensa y afable crónica de Irving mantiene vivo el interés entre los más jóvenes, a la distancia de casi dos siglos. Pocas veces un autor nos traslada con tanta elegancia y sabiduría a un pasado complejo, cargado de nostalgias malditas por la miseria de sus protagonistas —no olvidar que la acción principal transcurre a principios del siglo XIX, cuando de la esplendorosa Granada del cuatrocientos solo quedan ruinas—, y lo hace por medio de voces populares, de guardianes generosos que exhiben con orgullo un cúmulo de misterios que llegan hasta nuestros días. La solidez y donaire de una prosa como la de Irving, es más duradera que toda sombra de posible pintoresquismo en sus anécdotas, o de ese tono levemente clasista con que registra algunas moralejas; la sobriedad y viveza de sus descripciones nublan toda suerte de inverosimilitud o regusto historicista.

Nacido en 1783 y muerto en 1859, Washington Irving fue un viajero incansable. Quizá no tan constante ni temerario como otros coterráneos suyos, mas no por ello menos perspicaz y sí probablemente más racional. Su obra se inscribe en pleno período romántico, cuando en Europa el sensacionalismo y la moda por el Medioevo hacía furor en las letras; sin embargo, su accidental vocación por el derecho y una pronta y definitiva inclinación hacia la diplomacia, influyeron tal vez en ese carácter juicioso que imprimió a sus biografías y disímiles estudios sobre la cultura del Viejo Continente. Conjuntamente con ese ímpetu para fabular sin censura sobre la inmortalidad del alma o para crear atmósferas oscuras rondadas por seres espectrales (recuérdese La leyenda del Jinete sin cabeza), Irving apelaba a menudo a un equilibrio no muy común entre los escritores románticos. En términos estrictos de ficción, su influencia en autores de la talla de Nathaniel Hawthorne o Edgar Allan Poe avala ese inquebrantable espíritu heterodoxo; pero cuando debía poner los pies sobre la tierra, lo hacía.

Cuentos de la Alhambra es una simbiosis milagrosa en ese sentido. En sus páginas el lector salta continuamente de la realidad al ensueño, y llega el instante en el cual es imposible establecer la naturaleza idónea del pretexto usado por su autor. Nunca llegamos a comprender si lo que Irving quería era narrar cuentos fantásticos, a la manera de Las mil y una noches, o llevarnos de la mano, con una precisión todavía no superada, por los jardines, torres y alrededores del célebre palacio moro. De cualquier modo, lo verdaderamente impresionante de este brioso relato sigue brillando en la forma, más que en el contenido.

Se ha dicho que su estilo no supera al de sus contemporáneos, pero eso suena demasiado a descrédito. Si bien no hay aportes extravagantes en la manera de estructurar la crónica, es innegable que Irving dominó a la perfección la técnica del libro de viajes. Y aún más: derrochó lirismo, ese lirismo mesurado que elevó definitivamente al género. Delicado en extremo, sin amaneramientos efectistas, el autor arrastra tras de sí a eruditos y neófitos. Nadie escapa al influjo de sus arrulladores paseos por entre fuentes de alabastro y galerías sombreadas, ni a ese melancólico acento que se le escapa cuando refiere la retirada de las tropas de Boabdil, el último rey árabe que habitó aquellos rutilantes salones. Un poco arrogante a veces, eso sí —particularmente cuando juzga, desde su condición de extranjero, el estado empobrecido en que se hallaba por entonces la Alhambra, valorando incluso las causas que llevaron a sus inquilinos a refugiarse en sus más lóbregos recodos—; pero nada nuevo tratándose de un amante de lo bello, de un hombre que, por exceso de admiración, llegó, sin proponérselo, a que esa España fuera idealizada allende los mares.

Enhorabuena vuelve a nuestras librerías tan apreciable título. Quienes no lo hayan abordado antes, esta es la oportunidad; quienes ya lo hayan hecho, con seguridad lo harán de nuevo.

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