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José Martí y la literatura

La dedicación incesante a la pluma hace de la obra del Apóstol, una de las más vastas de América, en la que sobresale la virtud lírica de su estilo Tintazos Lo que me ha dado la noche Marta Rojas, indómita por 80 años Poesía de Noel Castillo Descubriendo el tesoro Contar es un placer: exhaustiva recopilación del cuento hispanoamericano actual

Autor:

Juventud Rebelde

Tal título encierra, esconde, a mi modo de ver, un sinsentido o una perogrullada. O es que acaso no se graban las notas de su breve nombre dentro de esa manifestación que define el arte de escribir. El camino a seguir siempre dependerá del ángulo en que nos coloquemos: si miramos o estudiamos a José Martí en relación con el resto de la literatura universal o si lo valoramos en el marco de nuestras letras nacionales. Creo que el acercamiento debe iniciarse por la última senda. El país, el universo, la bandera, ¿le pertenecen?, o ¿hasta qué punto es él la patria y la bandera? Su vida dimensiona a su palabra. Mas su palabra es en sí misma mayúscula dimensión. La ejemplaridad de la obra de José Martí hace que él, en discernible amalgama con ella, juzgue al resto de nuestros escritores y al resto de nuestra literatura en su amplio diapasón genérico. Es decir, que su figura, acodada en las postrimerías de su siglo, proyecta una doble luz, hacia delante y hacia atrás. La causa se define en los sitios del misterio: la enigmática prosecución de su vida en su obra. Se entabla un diálogo con su obra y con su ícono literario donde son posibles dos actitudes: el reconocimiento, y la percepción de las circulaciones de su grandeza, es decir, las huellas que de los grandes escritores que han sido posee.

Un lugar de su obra donde se puede apreciar mejor de todo lo que se alimentó nuestro mayor escritor son sus Cuadernos de apuntes, donde abundan meditaciones y juicios que evidencian lecturas bien atenidas y estudio profundo de los más diversos pero siempre valiosos autores, comprobando legado y aporte. Allí, al comentar tales obras y autores, incurre en reflexiones que, sin duda, luego formarán el sustrato de su estilo, por ejemplo, las referencias de anécdotas eruditas que toma como enseñanzas y orientadoras de lectura, la franca aseveración de las cualidades poéticas que prefiere, realzando y rebajando escritores famosos que en el mundo han sido. Sirvan como dos breves ejemplos de su autoaprendizaje y su insaciable sed de conocimiento los siguientes: primero una curiosísima nota sobre Edgar Allan Poe, y constátese todo lo que el escritor incorpora:

«Poe personificador de todo lo abstracto.

«Gran poder para personificar.

«—sense swooning in to nonsense» (El sentido adormecido dentro del no sentido)

«—Fundamental basis, basis in real life, for every poem» (Base fundamental, base en la vida real, para cada poema)

«—A realm of his own imagining» (Un reino de su propia imaginación)

O esta conclusiva de un arduo proceso de asimilaciones: «Goethe hizo tal vez todo lo que había que hacer en la poesía moderna».

En un artículo de tal naturaleza sobre José Martí debe hacerse notar su condición de grafómano. La dedicación incesante a la pluma hace de su obra una de las más vastas de América. Cultivó la poesía, el ensayo, la crítica literaria, el teatro, el periodismo, el género epistolar y el oratorio, pero en todas estas modalidades sobresale como un rasgo generalizador la virtud lírica de su estilo. En la obra martiana se verifica la cristalización y síntesis de los valores literarios de la nación hasta aquel momento. Especial muestra de ella lo será la poesía del gran escritor, en la que nos legó tres frutos perdurables: el Ismaelillo (1882), una de las obras maestras de la poesía en lengua española y que inicia la modernidad literaria en Hispanoamérica, de la que se puede afirmar que es imposible hacerse una imagen de la vida y de la personalidad de Martí sin leer este poemario, donde encontramos una sorprendente adjetivación y una economía poética que rebasa límites románticos; Versos libres (1913), poemario que dejó inédito y se publicó póstumamente, que constituye una de las zonas más experimentales de su poesía y que pertenece más a la Modernidad que al Modernismo, y Versos sencillos (1891), un clásico de la lengua española, donde mejor se esboza el pensamiento de madurez martiano, en el que ha fructificado en forma personalísima la concepción analógica del mundo. Uno de los valores que amparan la condición de clásico de este último es el carácter oral del poemario, que está fundamentada en la sonoridad y en un nivel elemental del mensaje que se basa en la claridad sintáctica del enunciado más allá de polisémicas lecturas.

Para finalizar deseo hacer breve referencia a sus Escenas Norteamericanas, las crónicas con que colaboró para numerosos periódicos latinoamericanos, escritas en los largos años que permaneció en Estados Unidos. En ellas Martí evidencia sus profundas capacidades como escritor, creando una especie de intergénero o no género, donde echa mano a lo poético, lo dramático, lo narrativo, y ensancha las funciones de la descripción, así como anuncia lo cinematográfico. Es el lugar de su obra donde, en opinión de sus más preclaros estudiosos, su prosa adquiere el mayor grado de esplendor y lucidez.

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