Rigor intelectual generado por nosotros mismos

Un pez que huye. Cine latinoamericano 1991-2003 es un título que nos convoca a repasar los temas que aborda el cine latinoamericano de nuestra época, su sentido antropológico e influencias posmodernas

Autor:

Juventud Rebelde

Corro el riesgo de la crítica artística y literaria: el vértigo natural de ser ajustada en la medida exacta. Esa que es capaz de colocar los juicios en equilibrio con las sensibilidades que movilizan un texto, una obra de arte o un suceso cultural. Crece cuando se trata de la crítica de la crítica en sí misma, y de intentar adelantarme a lo que se leerá y trascenderá, o no. Corro el riesgo, además, de leer a Rufo Caballero, que es aceptar una provocación —amable en todo caso— al conocimiento, al pensamiento, a la memoria, a la síntesis reflexiva.

Como todos los días no se ofrece esta oportunidad, me gasto el derecho de la anécdota. Un día, hace unos años, a propósito de un viaje a un encuentro de críticos de cine, conversamos en torno a nuestras labores, en torno a lo nocivo de la pereza que, muchas veces, amenaza al trabajo intelectual en nuestros días, y al de ciertos críticos del cine cubano. Lo descubrí inconforme, analítico, profundo. Nunca lo he visto de otro modo. Considero a Rufo un provocador honesto, audaz, imperfecto, como la teoría y la obra de Julio García Espinosa, maestro y uno de los fundadores del cine cubano y del nuevo cine latinoamericano. En tanto imperfecto, el conocimiento de este graduado y profesor titular de la facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, no es enciclopédico en materias del arte cinematográfico, pero trabaja por lograrlo.

Considero que Un pez que huye. Cine latinoamericano 1991-2003, Premio de Ensayo sobre Cine en Iberoamérica y el Caribe 2004, es un texto de un valor extraordinario. Acertado desde la selección del período que analiza —muy reciente—, recuerda que muchos filósofos o historiadores consideran al punto de partida de esta historia como el fin de una época de la humanidad y del tiempo histórico del siglo XX. Ante las tan conocidas consecuencias de la implosión de la idea socialista en el Este europeo, ante sus secuelas en todas las dimensiones del tejido social, en todas las regiones geográficas, en la totalidad del pensamiento cultural, en los movimientos artísticos y en la coherencia y cohesión de las alternativas descolonizadoras, identitarias, subversivas, y que para las ideas de izquierda tuvo ese acontecimiento histórico, para comprender la evolución del arte cinematográfico de Nuestra América, este texto se convierte en imprescindible.

El aporte concreto de esta primera edición para Cuba, realizada por Arte y Literatura, es la exposición de una cartografía del «nuevo-nuevo» o más reciente cine latinoamericano, que contribuye al reconocimiento, a la identidad cultural de nuestros pueblos; con una mirada descolonizadora y descentrada de los núcleos del poder hegemónico y, por tanto, propia de nuestras culturas, de nuestros conflictos.

Identifica pluralidades en la síntesis, no en la agregación de singulares discursos artísticos, y sí desde la interpretación sistémica y dialéctica, del devenir del cine de la región. A partir de un guión, que amasa cuidadosamente, analiza 101 filmes y refiere otros 105, para diseccionar nuestro cine en seis ejes temáticos. Nos invita a explorar el ser, el sujeto; su contexto (la historia, la ciudad, la familia); la naturaleza poética del relato; la dramaturgia; el enriquecimiento que provoca la crisis de las fronteras entre realidad y ficción; y la concientización de los referentes expresivos del cine mismo.

Un pez que huye. Cine latinoamericano 1991-2003, con excelente prólogo de José Alberto Lezcano, nos convoca a repasar los temas que aborda el cine latinoamericano de nuestra época, su sentido antropológico e influencias posmodernas. Este megarrelato, por su estilo de narración, más que un ensayo, es un libro de tesis. Resulta, pues, digna de encomio su audaz labor intelectual, por su inconformidad con lo evidente, lo epidérmico, por la constante búsqueda y exploración.

Desde las primeras líneas nos convoca a analizar, en contraposición, las bases del concepto mismo de nuevo cine latinoamericano, como movimiento artístico, como expresión estética y como contenido. Y lo logra, desde la mirada complejizadora, y el oficio de polemista y comunicador.

Esboza en su estudio regularidades comunes de tantas y tantas películas que articularon el movimiento, en su génesis y desarrollo, apostando desde la elocuencia de las imágenes por un proyecto identitario de la gran patria latinoamericana; por la proyección social de las obras y los creadores en pos de la descolonización cultural y la liberación nacional; generando un cine también de tesis, hondamente reflexivo, donde la meditación sobre la realidad importó más que su registro. Caracterizado —apunta el ensayista— por la hegemonía del cine de autor y la poética individual; por la jerarquía de los condicionamientos sociohistóricos sobre la variaciones del drama individual; por la propensión a la ruptura de fronteras entre la ficción y el documental; la beligerancia y firme aportación del montaje; la experimentación dramatúrgica y su apoyo en el distanciamiento como técnica, entre otras variaciones.

En ese juego de yuxtaponer criterios y conceptos, cita cartas que le remitieran directores de generaciones diferentes, hacedores desde su propio tiempo del nuevo cine latinoamericano. Enrique Álvarez le confiesa toda su pasión por el tema, en lo que no convence menos el maestro Julio García Espinosa, desde la cima de su sabiduría y del tiempo histórico-vital.

Un pez que huye... revela interesantes claves del repertorio estético de la nueva manera de hacer el cine en nuestro entorno, tales como el tránsito del trascendentalismo al minimalismo, un agudo proceso de individualización del drama, la tendencia a la reconstrucción de la narrativa, una acción lícita sobre los géneros cinematográficos, el cambio del paradigma poético, entre otros fenómenos. En lo que el ensayista llama «angulación de la perspectiva social» reconoce la renovación de los mecanismos de encuentro entre el cine latinoamericano y su público, al protegerse el primero de la frontalidad expositiva para profundizar en el andamiaje social con mayor eficacia. También Rufo enuncia otros temas, a manera de puertas abiertas, que él u otros pudieran atravesar, como el estudio que propone sobre el trascendentalismo en el cine argentino. Esta riqueza y diversidad, que está presente en nuestro cine, también lo está en cada línea de Un pez que huye...

El libro no deja de tomar posición en la polémica acerca de la existencia de un nuevo cine latinoamericano; no la elude, provoca su continuidad. Pues me dejo provocar, y agrego.

Como se sabe, las políticas neoliberales impactaron sobre el cine latinoamericano, consiguiendo que se produjeran menos del 50 por ciento de los filmes en un año como promedio (de 90 a 120 en los años 90 del pasado siglo versus 220 a 240 en los 80), que se triplicaran los costos de producción de una película en solo una década, que las salas se redujeran a la tercera parte de las existentes antaño, y fueran casi exclusivas de las grandes urbes latinoamericanas (a fin de cuentas periféricas), y que el precio promedio por espectador se multiplicara por cinco o seis veces, hasta hacerlo inaccesible para gran parte del público, que es cada vez más incapaz de reconocerse en sus pantallas, frente al dominio omnipresente de Hollywood.

Es cierto que la aventura del cine digital pudiera generar la democratización del acceso a la producción, pero no por fuerza gravitatoria, sería utópico pensarlo; solo será realidad si se aplican acertadas políticas culturales. En la práctica, no llega a democratizarse el acceso de los públicos, por la brecha digital y por el drenaje provocado por el dominio transnacional concertado de las salas, clonador de símbolos y domesticador de sensibilidades, conciencias y comportamientos.

Las venas de América Latina continúan abiertas, tal como revelara Galeano en los 60. Las condiciones para seguir generando un nuevo cine latinoamericano siguen estando presentes. Nuestros demonios son más sutiles que los que afrontó Glauber Rocha en su Estética de la violencia; nuestra respuesta estética también lo es, y será. El nuevo cine latinoamericano expresa, como ayer —y si somos sagaces y consecuentes, también mañana— un compromiso, una esperanza y un arma letal contra la alienación.

Debemos defendernos con nuevas generaciones de cineastas, con la necesaria experimentación, con tecnologías y códigos contemporáneos, con rigor intelectual y, por supuesto, con densidad conceptual, generada por nosotros mismos. En ese contexto llega Un pez que huye... De sus tesis se podrá disentir, pero no se dejarán de referir.

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