Luisa Campuzano: La literatura como convivencia - Cultura

Luisa Campuzano: La literatura como convivencia

Autor:

Juventud Rebelde

Aguda ensayista y crítica literaria, directora de la revista Revolución y Cultura, profesora y directora del Programa de Estudios para la Mujer de la Casa de las Américas, Luisa Campuzano es, hoy por hoy, una de las mujeres con una obra más integral dentro del ámbito literario cubano.

Su conocimiento del mundo femenino se conjuga con una erudición que la ha hecho abordar casi todos los temas, especialmente referidos al ámbito latinoamericano, con insistencia en los estudios sobre Cuba, su país natal.

El Tintero se acerca a ella para conocerla un poco más y he aquí la gracia y la cultura de esta mujer inabarcable quien muy pronto nos entregará su primera obra de ficción.

—¿Cómo ocurrió tu acercamiento a la literatura?

—Nací en una casa llena de libros. Mis padres leían mucho, y los paseos familiares casi siempre terminaban en una librería. A los tres años mi abuela me enseñó a leer. Cuando mi padre murió, sus amigos siguieron regalándonos libros. Si alguien cercano se iba definitivamente de Cuba o del mundo, heredábamos sus libros. Íbamos a la biblioteca juvenil del Lyceum: aún conservo mi carné azulito. Por cerca de un año, mientras esperaba por un trabajo y por que se abriera la matrícula de Letras, acudía diariamente a la Biblioteca Nacional. Allí leí mucho teatro de la primera mitad del siglo XX. A la tarde regresaba a casa con una novela de la bibiloteca circulante. Me pasaba la noche leyendo, para devolverla al día siguiente y llevarme otra. Cuando empecé a trabajar, compraba libros obsesivamente. En el colegio y la universidad tuve excelentes profesores de Español y Literatura. Casi todos los poemas que cito de memoria los aprendí entonces. Casi todo lo que creo saber de la vida lo aprendí en los libros. Mi primera percepción de muchas cosas, personas, situaciones es definitivamente literaria.

—¿Qué espacio ocupa en tu vida la lectura y cuáles son tus autores favoritos?

—Pues un espacio que se ha ido reduciendo. El tiempo y yo nos vamos acabando, y es preciso decidir qué sí y qué no leer. Hay muchísimos libros que ya no voy a leer. (Tampoco iré a Machu Picchu ni a Egipto). Además, la deformación profesional de quien se dedica a la enseñanza o a la crítica de la literatura pervierte su acercamiento a cualquier texto. Quisiera ser inocente, ingenua. No tomar un lápiz cuando cojo un libro, sino volver a entusiasmarme con lo que leo; volver a dejarme poseer por el daimon de la lectura, por su fuerza psicagógica, por el encanto/engaño del logos... Para reconquistar el espacio que tuvo en mi vida la lectura tendría que volver a ser joven.

No tengo autores ni géneros favoritos. La literatura es para mí, entre otras cosas, un ejemplar ámbito de convivencia, de no exclusión, en el que pueden estar presentes con pareja intensidad los autores más lejanos, los textos más disímiles... Pero sí tengo límites culturales. Hay sociedades que no conozco, que nunca me propuse conocer, y me resulta muy difícil frecuentar sus autores y llegar a disfrutarlos plenamente.

—¿Por qué entre todas tus preocupaciones culturales escogiste dedicar la mayor parte de tu obra a los estudios de género?

—No lo escogí; me indujeron a mediados de los 80 a escribir sobre las mujeres en la narrativa cubana. El resultado fue un verdadero shock. En un cuarto de siglo de Revolución las mujeres nos habíamos transformado, éramos otras, pero no había ni una palabra de esto en los textos escritos por hombres, y casi no había cuentos o novelas escritos por mujeres. Por eso me fui comprometiendo con el tema, que es un tema sobre todo político; fundamos el Programa de Estudios de la Mujer en la Casa de las Américas; seguí escribiendo sobre autoras del XIX y del XX; y tengo el privilegio de asistir, desde hace poco más de diez años, a la consolidación de un notable grupo de narradoras, sin duda una de las marcas más altas de la literatura cubana de hoy, y uno de los más creativos espacios de reflexión sobre nuestra contemporaneidad. Pero no dedico la mayor parte de mi trabajo a esta temática. Me ocupo de Carpentier, los viajeros cubanos, la lectura en el XIX, el Caribe como corredor cultural, la tradición clásica, la diáspora antillana, Ovidio, los estoicos y el exilio..., y de mucho más.

—¿Te consideras una feminista?

—Sí, desde el punto de vista del compromiso político, del trabajo académico, del día a día; y no desde la militancia. Hay muchos feminismos, con aciertos y limitaciones, con aperturas y con dogmas. Digamos que me quedo con lo que es su objetivo primordial: la reivindicación de los derechos de las mujeres; que le sumo la necesidad de cambiar las milenarias formas de pensar y actuar que tanto limitan a nuestros pobres y queridos compañeros; y que sueño con un mundo lejanísimo y equitativo en que se integren armónicamente las cualidades de hombres y mujeres novísimos. Me molesta mucho la ignorancia nacional, a casi cualquier nivel, de lo que es el feminismo. Y me da urticaria la falsa interpretación de que feminismo es lo contrario de machismo. El machismo es el epítome vernáculo de la ideología del patriarcado no subtitulado por la Televisión Cubana. No es una forma de pensamiento, ni una elaboración política. Es una manera de ejercer la violencia, de autoimponerse: un vicio, una aberración, una vulgaridad. Y para soltarlo todo, lo que me saca de quicio es el término féminas, ese cultismo trasnochado para cuya erradicación me encantaría proponer el uso de su antónimo másculos.

—Es cierto que en los últimos años te has estado interesando, sin abandonar el ensayo, por la ficción literaria. ¿Qué nos puedes contar de tus proyectos en este sentido?

—Hace más de diez años comencé a escribir una novela, y avancé bastante. Pero dada mi incapacidad de dedicarme a una sola cosa, me puse a trabajar en otra, más complicada, en la que también adelanté mucho, pero hasta un punto en que se hacía imprescindible la investigación a fondo de circunstancias desconocidas, confusas. Así que volví a la primera, y este regreso me sorprendió, porque su relectura me hizo sentir que me estaba esperando, que no podría hacer otra cosa sino regresar a su mundo ficcional, un mundo que viví en parte, y que en parte construyo como ficción. Es una novela, pues, con algo, nunca diré cuánto, de autobiográfico. En ella siento la extraña calidad con que pasa el tiempo a través del mismo personaje; cómo la ironía con la cual el yo de hoy, que sabe o cree saber todo lo pasado, mira al yo de entonces, choca contra evidencias que no puede valorar; y cómo el yo de entonces va alcanzando vida independiente, recupera su frescura, escapa a la selectividad o la manipulación de la memoria que lo construye. No solo hay dos tiempos, sino dos espacios contrapuestos pero confluyentes en una geografía política desarticulada hace unos 20 años. Si me atreví recientemente y con autorización de mi hija a leer uno de sus capítulos y a publicarlo, es porque pienso que así me comprometo a terminarla antes de finales del 2009. ¡Amén!

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