El juicio del Moncada, de Marta Rojas

Fragmentos del prólogo que el escritor cubano Alejo Carpentier hizo a la obra

Autor:

Juventud Rebelde

Hay grandes acontecimientos —grandes por su significado, grandes por su energía generadora— que solo se nos muestran en su cabal dimensión histórica cuando podemos considerarlos retrospectivamente en función de los hechos que de ellos derivaron. Entonces es cuando el acontecimiento se sitúa en el tiempo con todo el prestigio de su dinámica original y precursora, marcando el punto de partida de una trayectoria cumplida que, como tal, por proceso dialéctico, será siempre propulsora de acciones futuras, cada vez más abierta sobre el vasto panorama de un ámbito perennemente acrecido por los sucesivos logros de sus aspiraciones fundamentales.

Pero ocurre que, a veces, ese gran acontecimiento inicial y agorero —que luego se erigirá en símbolo— no tenga testigos válidos, ni cronistas que hayan consignado sus peripecias en apuntes tomados a lo vivo, sobre la marcha, en el lugar mismo de los sucesos, teniendo varias generaciones de historiadores, más tarde, que revolver archivos y bibliotecas para trazarnos un cuadro más o menos exacto de lo ocurrido «el día aquel» —día que no fue como los demás días, por cuanto afectaba el destino de un pueblo entero. Uno de los ejemplos más curiosos de esto se encuentra en el caso de la Toma de la Bastilla, muy poco consignado por las crónicas de la época, visto por muchos como un disturbio más entre los muy numerosos y cotidianos que se estaban produciendo en un año revuelto, y tan poco distinto a los demás, al parecer, que quien mejor hubiese podido hacerse el historiador de la jornada trascendental, Restif de la Bretonne, nos confiesa en sus Noches de París —documento de inestimable valor para el estudio de la Revolución Francesa— que «cuando pensó en ir a presenciar el asedio a La Bastilla, todo había terminado ya» (Noche 384). Restif de la Bretonne, en esto, se había comportado como el Fabricio de la Cartuja de Parma que, habiendo tomado parte, por mera casualidad, en la batalla de Waterloo, se preguntaba, algún tiempo después, «si lo visto por él había sido realmente la batalla de Waterloo».

Gran suerte es, por ello, que ciertos acontecimientos particularmente importantes hayan tenido su cronista, oportunamente situado en el lugar de los hechos con el ánimo de fijar, hora por hora, lo que en una encrucijada de la historia haya podido suceder un día determinado que, semejante a todos los demás para quienes lo vivieron rutinariamente, habrá de inscribirse en los anales de un pueblo como único e insustituible. Y más aún si, como en el caso que nos interesa, un gobierno ilegítimo, arbitrario y criminal, temiendo las repercusiones del acontecimiento mismo, moviliza todos los medios a su alcance para minimizarlo, tratando de escamotearlo ante la opinión pública, como ocurrió con el hoy universalmente famoso proceso por el asalto al cuartel Moncada, que se desarrolló en Santiago de Cuba del 21 de septiembre al 16 de octubre de 1953.

Ese juicio oral, para suerte nuestra y de nuestros historiadores, tuvo su cronista: Marta Rojas, autora del admirable libro que hoy se nos ofrece en nueva edición.

Acerca de ese libro escribieron las compañeras Melba Hernández y Haydée Santamaría, en el prólogo a la edición original.

(...) La compañera Marta, en calidad de periodista, había concurrido a todas las sesiones del juicio oral por los sucesos del Moncada, incluso a la que se celebró en la Sala de Enfermeras del hospital Saturnino Lora, donde fue juzgado el compañero Fidel Castro el 16 de octubre de aquel mismo año, oportunidad en que el Jefe de la Revolución pronunció su trascendental alegato conocido con el nombre de La historia me absolverá.

«Desde el primer instante, la autora tuvo la proyección de futuro y no tomó las notas como una función a cumplir, sino que fue atenta y celosa observadora de todo lo que estaba sucediendo entre las bayonetas que invadían el local donde se celebraban las vistas de aquel juicio. Pudo aquilatar que en ese lugar iba germinando una simiente renovadora que transformaría por completo el basamento de aquella sociedad corrompida; allí no se estaba determinando el porvenir de un puñado de jóvenes, sino el porvenir de todo un pueblo. (...). Después de haber sido leído este libro por varios participantes del hecho, nos sentimos con absoluta tranquilidad histórica, ya que los aspectos más importantes se encuentran reflejados».

Ningún testimonio podría avalar con mayor autoridad la exactitud de los hechos descritos por Marta Rojas, que los de estas ejemplares militantes y combatientes de nuestra Revolución que, como se sabe, tomaron parte activa y directa en la acción del Moncada —lo cual constituye un respaldo que muchos historiadores podrían envidiar a quien tuvo la fortuna de poder escribir este tomo sin recurrir a documentos de segunda mano.

Ágil y talentosa escritora, de profunda vocación periodística, mirada sagaz, estilo directo y preciso, don de mostrar muchas cosas con pocas palabras, Marta Rojas pertenece a la raza de reporteros a quien rendía homenaje Hemingway cuando observaba que, en Normandía, durante el desembarco al que asistió en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, algunos corresponsales de la prensa lo aventajaban en rapidez de observación y poder de síntesis, declarando que, en fin de cuentas, ellos —y no él— serían, a la postre, los mejores novelistas de aquel acontecimiento (...).

En el presente libro, los ejemplos de un gran estilo periodístico se nos ofrecen en cada página. Veamos, por ejemplo, esta magistral entrada en materia, rápida y sobrecogedora como una visión cinematográfica: «A todos los condujeron esposados a la Sala de Justicia. El ruido metálico que sobresaltó al público había sido producido por las cadenas cromadas que aprisionaban más de cien muñecas. Fidel hizo un alto para tratar de hablarle al tribunal, y los guardias, en actitud de zafarrancho de combate, rastrillaron sus armas. Había 200 de ellos dentro de la Sala del Pleno —un aposento rectangular de 15 metros de largo por siete de ancho— y muchos más afuera. Harían un total de 600 los guardias que ocupaban la manzana donde estaba situado el Palacio de Justicia». Ha empezado a representarse el drama. En diez líneas, Marta Rojas ha plantado el decorado, dando entrada inmediata a la acción en una atmósfera cargada de amenazas... Prosigue el juicio, y la periodista nos mantendrá en la misma tónica de extrema tensión: «... Llegó el sábado y la guardia blindada volvió a sus puestos. En la Audiencia coparon la azotea, el sótano y hasta los servicios sanitarios. Los empleados del Palacio de Justicia, los abogados, los familiares de los acusados, y los periodistas que asistíamos al juicio veíamos entrar a los moncadistas desde la terraza interior del segundo piso de la Audiencia que da al patio central del edificio, recién inaugurado entonces, cuyas áreas verdes estaban ralas; en el patio solo un pequeño arbusto débil y delgado pugnaba por crecer». Aquí, Marta Rojas, novelista por instinto, utiliza el elemento accesorio y menudo (el de la magra vegetación) para dar mayor relieve a la acción humana... y se llega al momento en que Fidel Castro va a pronunciar el histórico discurso de La historia me absolverá: «Los empleados del hospital y los escoltas comenzaron a ocupar posiciones para verlo y oírlo; eso lo hacían por mera curiosidad al principio, luego su informe iba despertando tanto interés que los puestos se rotaban entre ellos para que todos escucharan algo. Así inició (Fidel) su histórico alegato, y a medida que su palabra se extendía, crecía la impaciencia por escucharlo aún más. Hablaba un lenguaje distinto (...). Luego, el propio Fidel reconstruirá su autodefensa durante su prisión en Isla de Pinos. En pequeños papeles escritos de su puño y letra con jugo de limón, hizo llegar su manuscrito a Haydée y Melba, quienes con la ayuda de otros compañeros, lo hicieron editar en 1954, y se distribuyó clandestinamente...». Y, a continuación, el texto completo del discurso, traducido hoy a tantos idiomas, comentado por tantos historiadores contemporáneos, que cerró el ciclo de dramáticas jornadas que hubo de hallar en Marta Rojas su cronista ante la posteridad.

Y ella misma añadiría, a modo de reflexión personal: «El epílogo del proceso sería la revolución triunfante, unos seis años después (...)».

Quien, en el futuro, quiera informarse acerca del histórico Juicio del Moncada, tendrá que acudir, por fuerza, a la crónica de Marta Rojas, testimonio elocuente y fidedigno de un trascendental acontecimiento (...).

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