La huella en el alma

Cineastas e intelectuales dialogan sobre el legado del Festival Internacional de Cine de La Habana a 30 años de su fundación El festival hoy en la capital

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Alfredo Guevara, fundador y presidente del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Atrapar 30 años con las manos, es un acto posible para quienes han protagonizado la historia del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Al detener la mirada en el camino andado, muchos afirman, como el cineasta mexicano Paul Leduc, que el tiempo no ha pasado en vano: «Hace tres décadas, éramos 30 años más jóvenes. Ha habido altas, y también bajas: ha ocurrido de todo», reflexionaba con tono jocoso el director de Frida, naturaleza viva, mientras repasaba rápidamente aquellos eventos trascendentales que han sido impulsados bajo el hálito del Festival.

«Lo que importa de esta cita en La Habana es que ha sido siempre un lugar de confluencia. Aquí se hizo el Comité de Cineastas primero, después la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL), más tarde la Escuela Internacional de Cine y Televisión en San Antonio de los Baños (EICTV); y hoy podemos ver cómo los alumnos que egresaron son los que ahora están a cargo de ella. Han pasado tantas cosas: varias generaciones de cineastas, de alumnos, de maestros, de nosotros mismos».

No se trata de evocaciones nostálgicas, sino de miradas que prefieren hablar desde la propia experiencia. «Cambió mi vida —me confesó en la gala inaugural Julio García Espinosa—, y estoy agradecido de que haya podido cambiarla, a partir de circunstancias que nos enriquecieron a todos». Para el realizador de El Mégano y actual director de la EICTV, el Festival significa «nuevos amigos, nuevos colegas y siempre me queda esa sensación de que he participado junto con todos en el advenimiento de una nueva etapa».

Miguel Littín, quien junto a Paul Leduc, Jorge Sanjinés y Nelson Pereira dos Santos, fue homenajeado en esta edición con el Coral de Honor, escoge acercarse a las marcas labradas durante estas tres décadas, partiendo de la perspectiva del cine de su país.

«Creo que hemos hecho una obra conjunta, pues la cinematografía chilena es tan latinoamericana como lo es el cine mexicano, el argentino, el cubano... Una de los rasgos que distinguen a este Festival es justamente eso, que es el fruto de todas esas cinematografías unidas, con lazos de solidaridad, ansias de lucha y esperanzas de liberación».

Y ciertamente el movimiento del nuevo cine nació bajo la égida de una renovación cultural, estética y social, que se nutrió de las experiencias fílmicas alcanzadas por el neorrealismo italiano y la nouvelle vague francesa; y que surge además en un contexto histórico en el que acababa de triunfar la Revolución Cubana, en medio de una América dominada por dictaduras y gobiernos militaristas.

Sobre la repercusión que ha tenido para la cultura nacional, el hecho de que fuera La Habana el sitio anual para el reencuentro, reflexiona Abel Prieto, ministro de Cultura.

«El Festival ha sido de los más importantes eventos culturales de la Revolución. Por esta fecha estamos conmemorando el aniversario 30 del Festival y los 50 años del ICAIC; tanto uno como otro nacieron con una vocación muy particular de promover una cultura de vanguardia y nuevos tipos de lenguajes, no solo en términos estéticos sino también con una marcada aptitud social.

«El liderazgo excepcional que ha logrado el Festival en los cineastas latinoamericanos es algo muy notable. No tiene nada que ver con el mundo de lo comercial, con el mercado del arte, sino más bien con ese laboratorio permanente de mensajes, que tiene que estar en el centro de la cultura de América Latina, y que creo hoy lo está más.

«Otro de los grandes logros del Festival ha sido formar un público masivo en Cuba. A mí me conmueve ver a la gente haciendo colas tremendas, no para consumir películas de esas que tienen efectos especiales y son frívolas y tontas, sino para disfrutar de un cine alternativo, hecho con pocos recursos pero que te ofrece un argumento inteligente».

Un recuento de la impronta grabada por el Festival no estaría completo si faltara la voz de su presidente, Alfredo Guevara, quien gustoso compartió a JR sus impresiones, minutos después de haber presentado su más reciente volumen, ¿Y si fuera una huella?

Dos grandes del cine latinomaericano: Julio García Espinosa (izq.) y Miguel Littín. «Realmente no sé si yo he logrado dejar una huella y por eso titulé mi libro de esta manera. Quisiera dejarla, como todo ser humano y como todo fundador. Pero el Festival, ese sí que ha marcado una huella.

«Y no solamente la ha hecho visible en el pasado, sino que es también hoy la ocasión de batallar por mantener vivo el espíritu fraternal que une a todos los cineastas de América Latina.

«Es, además, la gran ocasión de confrontar obras, discutir de cine, y sentir la incorporación de cientos y cientos de jóvenes. Tal vez sea el nuestro, el festival al que más jóvenes se hayan incorporado con primeras obras —mejores, peores, maravillosas, regulares—, pero que se van añadiendo al movimiento del Nuevo Cine por primera vez.

«A este Festival es difícil que falte alguien que esté libre en el momento. En este marco se planean las películas, se hacen acuerdos secretos o públicos, entre los cineastas, para producir o para ayudarse. Por eso creo que ha dejado una huella en la práctica y una huella en el alma, y es una de las contribuciones a mantener vivo el movimiento del nuevo cine latinoamericano».

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