El camino de vuelta a la añoranza

En la cartelera capitalina de estrenos coinciden dos comedias protagonizadas, respectivamente, por Meryl Streep y Jessica Lange que constituyen una segura recuperación del musical nostálgico

Autor:

Joel del Río

La convincente Jessica Lange interpreta a una viuda, cuya seguridad se desmorona. Mientras la Streep hace alardes de histrionismo, Brosnan no convence como galán otoñal. En la cartelera capitalina de estrenos coinciden, por azar concurrente, la comedia musical Mamma Mia! y la sentimental El viaje de nuestras vidas (Bonneville, según el título original), protagonizadas, respectivamente, por Meryl Streep y Jessica Lange, las dos actrices norteamericanas más rutilantes de los años 80, cuando solían competir por el premio Oscar.

En 1982, rivalizaron La elección de Sofía y Frances; en 1985, África mía y Dulces sueños, o se sucedían las memorables, insuperables participaciones de ambas: en 1988, aparece Un grito en la oscuridad, y al siguiente, llega La caja de música. La última postulación de Meryl es de hace dos años por la comedia sentimental El diablo usa Prada, y 2008 la encuentra convertida en la actriz más taquillera del año, pues Mamma Mia! ya es el filme musical más popular de todos los tiempos. La carrera reciente de Jessica ha estado fuera del Oscar, pues prefirió derivar, luego de su etapa de estrellato, hacia teleplays de gran impacto por sus observaciones morales, o a filmes más pequeños, arriesgados o experimentales (Titus, Gran pez, Flores destrozadas, No llegues tocando a la puerta) con autores de un prestigio artístico tan alto como Tim Burton, Jim Jarmusch o Wim Wenders.

El viaje de nuestras vidas es una road movie femenina que representó el debut de su director, Christopher N. Rowley. Jessica Lange interpreta a una viuda, cuya seguridad se desmorona cuando pierde a su pareja y, por ello, y para asistir al funeral de su esposo cuyas cenizas lleva en una urna, emprende un viaje por carretera con sus dos mejores amigas (Kathy Bates y Joan Allen), por el oeste de los más imponentes paisajes. Las tres mujeres se ven compulsadas por el grandioso panorama visual, y por los caprichos del guionista, a reflexionar sobre lo que han sido sus vidas, en escenas que recuerdan por momentos a Thelma y Luisa o Los puentes de Madison, dentro de una trama predecible, y en los peores momentos, fastidiosa y forzada, que las tres actrices luchan a brazo partido por ajustar, animar y recomponer.

El filme le pertenece al trío, y a ellas se deben los mejores momentos de comicidad y dramatismo, más que al guión, que falla por la ausencia de sorpresas, peripecias y profundidad, mientras la fotografía se ocupa mayormente de encuadrar gloriosamente algunos paisajes de ensueño. En conjunto, se trata de un filme crepuscular, melancólico y a veces emotivo, con algunas ideas deshilvanadas, pero muy estimulantes, sobre la audacia y generosidad con que puede, y debe, vivirse la vida, lejos de ataduras con la supuesta decencia, las convenciones esclavizantes o el excesivo materialismo.

Algo así, en cuanto a su propuesta de recuperar aquel pasado feliz cuando parecía que todos se amaban en estados de embriagadora libertad, propaga también Mamma Mia!, cuyo monumental éxito no radica exclusivamente, como aseguran algunos comentaristas ultra exigentes, en la nostalgia por los estribillos pegajosos y discotequeros de ABBA, ni en la recontra comprobada maestría de Meryl Streep en cualquier papel imaginable. Aparte de que mi adolescencia transcurrió y concluyó con la banda sonora del cuarteto sueco —en medio de su apuesta comercial consiguieron cuatro o cinco canciones bellísimas, inscritas entre la mejor música pop de aquellos años, y muchos otros títulos correctos, funcionales, ingeniosos— y además de que la más reconocida de las actrices norteamericanas suele convencerme por completo solo cuando se relaja, y no intenta apabullarnos a todos con un virtuosismo y una sofisticación que rallan en el alarde y el artificio, el filme propone revisitar el pasado para salvar lo mejor de aquella «inmadurez»: el goce erótico, la sencillez de entregarse sin miramientos a quien se elija, la respiración a pleno pulmón, el imperativo juvenil de autoconfirmación y reconocimiento, la libertad que no paraba mientes en consideraciones burguesas como el matrimonio obligatorio y de conveniencias, el ansia por el placer irrefrenable típico de los años 70, cuando todavía no habían aparecido los primeros casos de sida.

Mamma Mia! añora la concupiscencia y desinhibición inherentes a las luminosas reinas del baile, en ardorosas y triviales noches de discoteca, al tiempo que comprueba y sugiere —mediante los personajes de Donna-Meryl Streep, de sus dos amigas de la época salvaje y febril, y de los tres donjuanes crepusculares (entre los seis destacan los mayúsculos talentos de Julie Walters, Christine Baranski, Stellan Skarsgaard y Colin Firth, subordinados a la rendición de la diva Streep)— que la madurez no ha de significar obligatoriamente domesticidad y carencia de perspectivas para el futuro, bostezo y aislamiento, renuncia al sexo y a la pasión.

Para nada es casual que una o dos mujeres se ocupen de los principales rubros creativos de esta película, pues también aflora en todo el metraje la instigación, a las mujeres de todo el mundo y cualquier edad, a que no permitan el entumecimiento de sus deseos de vivir «inmaduramente», si esto significa conservar los deseos de amar y deleitarse. Todo ello vehiculado con extrema vitalidad y gracia, para no mencionar los gloriosos paisajes mediterráneos de Grecia, y algunos números musicales astutamente insertados en una trama ágil, que se negó, por suerte, a concluir como cabe esperar de las comedias sentimentales al uso.

Es cierto que sobran algunos chistes de astracán y numeritos de «viejas locas» a las que se ven obligadas las amigas de Donna, quiero decir, de Meryl. Los personajes masculinos carecen por completo de relieve: ni Colin Firth puede hacernos plausible la súbita, oportunista y tópica atracción por los de su mismo sexo, ni Pierce Brosnan es capaz de cantar con un ápice de la gallardía que destila su personaje de galán otoñal. Hay un exotismo étnico bastante zafio de fondo, a la hora de mostrar a los griegos como personajes muy trigueños, holgazanes, sensuales y del todo adyacentes. Pero estamos, no hay que olvidarlo, ante una comedia musical de levísimo tono y retozones propósitos, que intenta rescatar por momentos las figuras representacionales del gran musical norteamericano de los años 50 (Money, Money, Money; S.O.S.) y del documental performático más contemporáneo (Super Trouper, Meryl en plan trágico reduciendo a polvo al acantilado, y a Pierce Brosnan, de paso, con El ganador se lo lleva todo; o la gran coda y despliegue final de simulacros y travestismo mediante Waterloo y Dancing Queen), sin descontar la inserción de momentos tributarios del videoclip más contemporáneo.

Entre las mejores escenas, musicales y dramáticas, se hallan el momento de comunión entre Donna y su hija, que terminan cantando a dúo la tierna Se me escapa entre los dedos —Mamma Mia! recrea lindamente el afecto madre-hija, los instantes de comunión y de insondable empatía— y también la infaltable fiesta final que lleva toda comedia musical que se respete, cuando se intenta dulcificar en vano la esencia amarga, medio desencantada, de algunas canciones creadas por ABBA en su última etapa, como Cuando todo está dicho y hecho, que la trama aligera en virtud de sus propósitos asumidamente frívolos. Así es esta película. Livianísimo soplo de añoranza. Simpático giro en la lenta pero segura recuperación del musical nostálgico. ¿Quién no recuerda algún momento, o canción, de Moulin Rouge, Chicago, Across the Universe, Dreamgirls, Sweeney Todd...?

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