Excursión a las entrañas de un teatro

Autor:

Osvaldo Cano

Las Jornadas de Teatro Cubano aportaron una perspectiva amplia del quehacer escénico de la IslaEn honor a la verdad, las dos semanas de intercambio entre teatristas y público, bautizados como Jornadas de Teatro Cubano, constituyó realmente una excursión infrecuente e imprescindible a las entrañas de nuestra escena. Digo esto porque el arribo a la capital de agrupaciones provenientes de siete provincias posibilitó contactar con los que fueron incluidos —luego de una selección previa— entre los espectáculos de mayor interés durante los dos últimos años.

Junto a quienes llegaron a la hermosa Habana compartieron las tablas del Mella, El Sótano, la Llauradó, u otras salas, nueve conjuntos locales para entre todos conformar una muestra abarcadora que aportó una perspectiva amplia del quehacer escénico de esta Isla. Como buena parte de los espectáculos capitalinos han sido valorados con anterioridad desde estas mismas páginas he optado por privilegiar a los visitantes, entre los cuales sobresale Los zapaticos de rosa, sustancioso aporte del matancero Teatro de las Estaciones, reseñado en una entrega reciente de este diario.

Entre los montajes que arribaron precedidos del aval de varios premios, incluyendo el Villanueva que otorga la crítica especializada, estuvo Aceite+Vinagre =Familia. Es esta una producción de Teatro del Viento, conjunto camagüeyano encabezado por Freddys Núñez Estenoz, quien se responsabilizó con el texto y la puesta. Aceite... resulta una suerte de divertido ¿psicodrama? que persigue purgar las contrariedades que acosan a una peculiar familia a través de un juego teatral, que echa mano a técnicas propias del teatro de títeres, máscaras, el uso sistemático y despiadado del choteo, chistes visuales o la evidencia de la naturaleza ficcional de la representación, entre otras cosas. Gracias al buen nivel de las actuaciones y el coherente diálogo con los dilemas y la sensibilidad de los espectadores, Aceite... consiguió una comunicación expedita con la platea.

Estro de Montecallado, conjunto radicado en Bejucal, trajo a estas jornadas de enero su Carrusel de cuentos. Se trata de cuatro relatos firmados por Omar Felipe Mauri, Enid Vian, Exilia Saldaña y José Manuel Espino, cuyo montaje es asumido por José Miguel Díaz.

Encaminado a satisfacer, preferentemente, las demandas de los niños, este festivo Carrusel... es conducido por cuatro actores que —como los antiguos juglares— cantan, cuentan, hacen música, realizan actos acrobáticos, utilizan típicas rutinas de payasos e interactúan con el auditorio con un ritmo intenso. El punto débil del montaje radica en el hecho de que varias de las historias escogidas son muy parecidas, lo cual es proclive a la confusión, al tiempo que tienden a alargarse innecesariamente. Una poda inteligente que limpie lo que todavía hoy es profuso y abigarrado, sería saludable para un trabajo como este donde palpita la enjundia de lo popular y que clasifica como un buen momento para esta agrupación.

Inopia, obra de la Guerrilla de Teatreros. Partícipe de esa vocación que animó al inmenso Chaplin y que se inclina por representar lo terrible a partir de lo cómico, Inopia viene a ocupar un sitio por mucho tiempo vacío en nuestra escena. La invitación de los granmenses, miembros de la Guerrilla de Teatreros —cuya dirección recayó en Ariel Hernández— renuncia a la palabra y se vertebra a partir del uso de técnicas que tipifican el accionar del clown. Con mejor desempeño en lo dramático que en lo jocoso, Hernández y Dalia González captaron las simpatías del auditorio tanto por el tema abordado como por los vínculos con el melodrama.

Ruandi, puesta en escena del Guiñol Polichinela Con Ruandi la tropa del Guiñol Polichinela retoma el conocido texto de Gerardo Fulleda. Los avileños hicieron coincidir a actores y títeres, recurrieron a sencillas y ágiles soluciones escenográficas que contribuyeron a dinamizar el montaje, optaron por un diseño de vestuario, que se vale del uso codificado del color para identificar a los personajes con diferentes deidades del panteón afrocubano o a imágenes afortunadas, para estructurar el espectáculo. Aunque en ocasiones los intérpretes elevan innecesariamente el nivel de la voz, que adquiere incluso un timbre por momentos áspero, y renuncian a la ejecución de las canciones en vivo, lo cierto es que este muy joven equipo da muestras de progreso, animando con su quehacer una plaza poco explorada dentro de nuestro panorama escénico.

Idania García es el eje indiscutible de Eureka en apuros, aporte de El Mejunje a los teatrales días de enero. Gracias al carisma y la vis cómica de la experimentada actriz santaclareña se salva una puesta asentada en un texto que se desentiende de las más elementales leyes de la progresión dramática, que estira innecesariamente la exposición, precipitando tanto el conflicto como el desenlace de un modo abrupto e inexplicable.

Este recorrido por las entrañas de nuestro teatro, que fue posible a causa de una coyuntura, ha contribuido a mostrarnos su rostro plural e imperfecto. Ojalá, como suele decirse, las Jornadas de Teatro Cubano hayan llegado para quedarse. Digo esto pues el contacto entre el público habanero, o la crítica, con las producciones realizadas en el interior —y conste que uso el término en su sentido más entrañable— constituye una necesidad inaplazable de nuestra escena.

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