Mario Benedetti, ¿un hombre al borde del después?

Esta entrevista fue realizada al poeta uruguayo en mayo de 1997. Se cobija en mi presente, en el de muchos, para seguir escuchándolo en esta Habana, que también era su ciudad

Autor:

Juventud Rebelde

Mario Benedetti no es un hombre de casi ocho décadas de vida. Es un poeta. Tiene la fisonomía de una generación, la estatura de una latitud, los dientes prohibidos para cantante famoso, el acento de algunos exilios y desexilios juntos, la angustia común del tiempo, la no descendencia; y palabras, muchas palabras para sí mismo y para los otros. Mario, o sea, Benedetti, jamás será un después.

¡Claro que tenía derecho! Como ciertos amores adolescentes, cada vez más de las memorias, corría tras él por toda la ciudad. Solo para oírlo... La Habana anunciaba lluvia, asfixia o descalabros, pero las viejas columnas coloniales seguían sosteniendo los portales de la sombra, y el mar de La Habana continuaba ubicando el norte para tranquilidad de los relojes.

Mario, en la Casa de las Américas o en la Colina universitaria (donde estábamos muchas de sus apasionadas), sencillamente diría: no te quedes inmóvil al borde del camino/ no congeles el júbilo/ no quieras con desgana/ no te salves ahora ni nunca/ no te salves...

Él vino y fue muchas veces —como los años—, pero esta ocasión en que el tiempo no dio tregua a su asma, la Casa de las Américas era un revuelo por el premio anual, y él presentó un libro... Esta vez fue mío. ¡Creo que hasta Luz lo impulsó!

Yo contaba con una fachada de periodista, pero bien se conocen los antecedentes. Lo cierto es que dijo sí, y una mañana salí del anonimato frente a él. A unos pasos, el malecón habanero seguía inexorable ubicando el norte.

—¿Ha logrado Benedetti no salvarse?

—Yo creo que ese es un poema que quiere decir que por salvar algo, no se actúe contra la conciencia, no se vendan cosas espirituales, más caras que las materiales. Esa es una letra a la que Alberto Fabelo puso música, es un tango que canta Adriana Varela, una joven cantante argentina muy talentosa...

—Pero lo vi siempre como un rito conductual... ¿Ha podido lograrlo a lo largo de su vida?

—En esa acepción de no salvarse, que es entre comillas, he tratado de hacerlo naturalmente, sin que parezca un sacrifico.

Mario Benedetti tiene los ojos pequeños y alumbrados. Seguro que no es ajeno a las polémicas alrededor de su literatura: Algunos dicen que panfleto, otros que común lenguaje de mortales, muchos que señal y susurro; pero él ha expresado sin ambages que las grandes vedades son siempre un poco cursis. Y ahí están sus historias de amor o desamor, que es la misma cosa. Argumenta que cada novela es una historia distinta. «No creo que sean como tres capítulos de una sola historia».

Benedetti relata, por ejemplo, que La Tregua trata de un hombre mayor que se enamora de una muchacha mucho más joven que él, pero «es una historia que no termina bien porque ella muere. Gracias por el fuego es un conflicto generacional donde un hijo descubre que el padre está traicionando muchas cosas. En cambio, Primavera con una esquina rota es la doble relación de amor entre una mujer, el esposo preso y esa misma mujer en el exilio con un amigo del marido...». Para Benedetti cualquier historia de amor es una esencia. «Y es que el amor también es un conflicto. Yo tengo un poema que dice: el amor es un centro/ pero también es un conflicto... No es tan fácil amar».

—¿Y de dónde extrae usted esas historias?

—De distintas fuentes. Algunas son absolutamente inventadas. La historia de Gracias por el fuego es totalmente ficción. En La tregua... yo trabajaba en una oficina y mi jefe era un hombre viudo —así como el Martín Santomé de la novela—, que no se enamoró de una empleada, pero sí lo hizo fuera de la oficina con una mujer mucho más joven que él, y se casó con ella; a diferencia de la novela, ella no murió. Pero a mí se me ocurrió escribir esa novela con el conflicto del hombre mayor, desanimado y casi vencido, que de pronto se repone y resucita sentimentalmente con un amor joven.

—¿Pero, y la gente? ¿Cómo mira a la gente, fuente de sus historias?

—A mí me gusta comunicarme con la gente. Las relaciones humanas son de los hechos más importantes de la vida, con una mujer, con amigos, compañeros. Y también en las relaciones humanas están el odio, el rencor y sentimientos nada positivos. No es que uno se ponga a observar o hurgar en las vidas ajenas, pero sí está mirando las cosas que pasan a los demás y a uno mismo y que se les pueda sacar partido literario. Hay que tener intuición para reconocerlas.

«Tengo unos 120 cuentos escritos, de los cuales solo dos reproducen textualmente un episodio de la realidad. Los demás parten de semillas de la realidad pero uno hace cambios, imagina continuaciones, antecedentes, o escribe todo lo contrario de lo que sucedió en una circunstancia. ¡La imaginación del escritor tiene caminos muy diversos!».

—¿Qué le interesa más, la ficción o el periodismo?

—La poesía. Pero entre la ficción y el periodismo, prefiero la ficción.

Benedetti también ha escrito teatro, pero según su propio juzgar, no es un buen dramaturgo. «Tengo cuatro obras, de las cuales solo con una estoy conforme, que es Pedro y el Capitán». Él es, sobre todo, un poeta y lo describen sus versos, sentencias que sirven —como siempre ha sucedido con la poesía— para resumir el alma de las cosas, viajar en las ya escasas cartas de amor de la era electrónica y para el goce del gusto, que es la conclusión de todos los sentidos. Le atrae irremediablemente la subjetividad de la poesía.

«El poeta —afirma— está presente en la poesía. Es tal vez uno de los géneros más autobiográficos. La novela es género de ficción, no es testimonial, aunque tenga esos elementos. En la poesía, sobre todo se inventa lenguaje, que tiene casi más importancia que en la prosa. Cada quien tiene una historia distinta y un modo peculiar y personal de contarla, donde trasluce la propia identidad».

—¿Cómo han ido cambiando sus fuentes de inspiración a lo largo del tiempo?

—Va pasando el tiempo, uno va viviendo en distintos lugares... Cuando vivía de joven en Uruguay, tenía allí elementos provocadores de la poesía, y aunque se mantiene coherencia con el hoy, ya no es lo mismo. No es igual un joven que escribe poemas a los 20 años, que uno que los escribe a los 74. Además, yo he pasado cuatro exilios, he tenido persecuciones políticas, tuve que huir de mi país y de otros...

«El exilio es al principio una experiencia no muy agradable, porque es una decisión que otros toman por ti. Es un fenómeno de ósmosis: uno trata de dar lo que puede a esa nueva sociedad que lo acoge, pero también ella ofrece cosas a uno, y cuando vuelves a tu patria, resulta que encuentras un país distinto, pero tú también eres distinto. Primero viví en Argentina, luego en Perú, después en Cuba, y por último en España. Son exilios distintos que van enriqueciendo espiritualmente, a pesar de lo tristes que resultan al principio».

—¿Al cabo de este tiempo, qué piensa de usted mismo?

—Sintetizando, te diría que soy un hombre que no tiene tiempo porque no me dejan escribir, que es lo que quisiera.

Alude «cínicamente» a periodistas (no me doy por apuntada), congresos, conferencias, editoriales exigentes, ferias y todo tipo de eventos ancestrales y modernos. Dice sin más que «la novela es un mundo que uno inventa y tiene que meterse y quedarse en él».

Califica este tiempo de cambios «imprevisibles». Se confiesa «moderadamente optimista». Avanza por ese laberinto que es cavilar, buscar las palabras, finalmente decirlas: «Sigo pensando que el socialismo es la mejor solución para el género humano. Tal vez no la perfecta... Creo que no hay soluciones perfectas».

Vuelvo a los cambios, al tiempo, al suyo para percibir, sentir y transmitir. Recuerdo aquellos versos... el amor es una bahía linda y generosa/ donde los barcos llegan/ y se van...

—¿Y ahora qué palabras le merece el amor?

—El amor es un centro, es la experiencia humana más importante para el amor y el desamor... y, además, es el motor de la procreación. La humanidad sobrevive y va caminando gracias al amor. El sentido del amor cambia. Así como uno se va de su país y vuelve y es otro, también si estuvo enamorado de una mujer y luego se enamora de otra, ese amor es distinto porque cada motivo de amor tiene su propia forma de provocarlo.

—¿Ha amado usted muchas veces?

—Bueno... pero no vamos a entrar en confesiones íntimas aquí ¿verdad?

Un «no» dicho sin enojo. Vuelco a la conversación. Un reto para andar por la era de los fines, para «pasear» por la posmodernidad. Comento que el también uruguayo Eduardo Galeano dijo en La Habana sentirse al margen del debate, cuando pros y contras posmodernos lo afiliaban indistintamente. Benedetti es tajante:

«Yo tengo una posición definida contra el postmodernismo. Me parece que es una forma de dar la espalda a la realidad. Además, muchos de los posmodernistas ni siquiera han leído a los papas del posmodernismo... Me interesan un poco más los fundadores que sus seguidores. Por ejemplo, Lyotard tiene una teoría muy interesante sobre los decididores. Dice que en la humanidad hay una serie de personas, de conglomerados, que deciden lo que pasará con el resto del mundo. Estoy de acuerdo con eso, pero cuando se hacen simplificaciones frívolas y superficiales por gente que ni siquiera ha leído a los que inventaron el posmodernismo, entonces francamente no estoy de acuerdo.

«Alguien dijo —una crítica latinoamericana que muchas veces repito haciéndola mía—, que en Europa el posmodernismo puede ser una moda, pero en América Latina sería una obscenidad. Y en literatura está de vuelta, casi nadie escribe basado en el posmodernismo, pasó rápidamente. Las modas pasan y los escombros quedan.

Nacido y crecido en una era de utopías (¿habrán muerto?), Benedetti fue dirigente político en su país y, con una poesía y prosa que lo revelan —incluso en esos términos— afirma que no tiene la menor vocación para dirigente político, pero sí para asumir compromisos, que son su «opinión personal sobre las cosas».

Tal vez por eso considere que el siglo XXI, «a pesar de todos los anuncios y malos augurios, tenderá rápidamente a cambios positivos que lleven a un mundo más justo y solidario».

Encamino este diálogo a otras búsquedas dentro de él, a escudriñarle la memoria y los pareceres. «¿Preferencias? Bueno, una cosa son las primeras influencias que tuve de poetas como Baldomero Fernández, Martí, Antonio Machado y Vallejo. Ellos fueron importantes para mí. Pero claro, uno empieza siendo influido, imitando, y termina siendo imitado. Me siento muy afín con otros poetas latinoamericanos de mi generación y la siguiente. Tenemos comunes denominadores por la confluencia de la poesía conversacional o coloquial».

Benedetti siente placer también con la lectura de autores latinoamericanos actuales, porque son «poetas del sentimiento —característico en las últimas promociones de poetas latinoamericanos—, no encantados con el juego del lenguaje, sino interesados en la profundización de los sentimientos humanos.

«Pienso que esa es la diferencia entre la poesía que se hace en América Latina y la que se hace, por ejemplo, en España, sin negar a los grandes poetas de la generación del 27 o de la siguiente. Pero los poetas más nuevos juegan mucho con las palabras en un retozo verbal que termina haciéndolos muy parecidos los unos a los otros. En América Latina cada poeta tiene su identidad, cada quien es distinto del otro».

Y como el olvido está lleno de memorias, citándolo para provocarlo, convoco a guiños y a cantares. Resulta lógico: Ama la guitarra clásica, el jazz, no el rock; y sí gusta mucho del tango rioplatense que no borraron las tonadas de tantas residencias desiguales. No tan lógico ni dicho: Supo desde muy temprano que sería escritor.

«Empecé a escribir siendo niño. Mi primera novela fue la los 11 años. Era una novela de capa y espadas, intentando imitar a Alejandro Dumas. En la escuela primaria estuve en un colegio alemán, y mis primeros versos los escribí en esa lengua. Eran tareas sobre una figura histórica, y yo venía después con un poema. Aunque publiqué mi primer libro a los 25 años, siempre estuve escribiendo».

Prefiere en las mujeres la simpatía «aunque la belleza nunca molesta»; en los países, los de su propio idioma; en la gente, la no vanidad. A Cuba le augura (palabra de su preferencia), salir adelante con «la misma imaginación de siempre». Para él pronostico una no salvación definitiva, porque tanta pasión merece ramificaciones sempiternas.

—¿Cómo se anda por la vida sin salvarse?

—Hay que estar atentos, manejar bien las antenas con la intuición, la sensibilidad, los sentimientos, el raciocinio.

—¿Cómo mira a la muerte?

—Una mala sorpresa a la que tenemos que acostumbrarnos, pero es difícil para un agnóstico como yo. Creo que con la muerte se terminan las cosas, y hay que irse autoeducando para ese acontecimiento.

Solicito una lectura específica. Abre la página paciente. Lee... el cielo de cuando me jubile/ todo el día caerá como lluvia de sol sobre mi calva./ Yo estaré un poco sordo para escuchar los árboles...

—¿Ha llegado para usted ese después?

—Por lo menos no estoy calvo... Pero sí, un poco va llegando...

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