El susto de Fausta

La joven protagonista de La teta asustada, escrita y dirigida por la peruana Claudia Llosa, evitaba a los hombres con la mirada alerta y la palabra esquiva, como quien advierte la cercanía del peligro aterrador

Autor:

Jaisy Izquierdo

Al final, a Fausta la violan. De nada le sirvió el tubérculo que con dolor soportó en su vagina para evitar el exabrupto. El mal que tanto temía le sobrevino cuando, como, y donde menos se lo esperaba.

Esta joven mujer que protagoniza la historia de La teta asustada, escrita y dirigida por la peruana Claudia Llosa, evitaba a los hombres con la mirada alerta y la palabra esquiva, como quien advierte la cercanía del peligro aterrador, que no puede y no está dispuesta a soportar. El espanto que vivió su madre en los tiempos del terror quedó calado en su alma y se le ramificó como un veneno por todo el cuerpo. Por eso, cuando Fausta nació, la ponzoña del miedo la alimentó a través de los pechos maternos.

La joven de rasgos indígenas y lengua quechua, que camina pegada a los muros para no perder su alma, que unge a su madre muerta y le amarra la memoria con cantos y lienzos que ajusta a su cuerpo inerte, subsiste en medio de la cultura contemporánea sin sentir la más mínima atracción por ella.

Su mundo interior está tan fuertemente trenzado que el espectador termina dejándose llevar por esta historia, curioso ante una realidad que imaginaba sumida en el pasado, ávido de conocer las riquezas de una manera otra de ver la vida, de entender las penas, de sentir la felicidad.

La cultura tradicional y la moderna no dialogan en la protagonista. Ella es feliz tal como es y lo sería aún más si no fuera por el pertinaz pavor a ser violentada. Y al final lo es. Solo que no le roban el placer de su cuerpo, le arrebatan lo más profundo de su ser, esos cantos que improvisaba para arrullarse el alma atemorizada. Esas mismas melodías que ahora escuchaba interpretadas al piano en un gigantesco teatro por la dueña de la casa en la que trabajaba como sirvienta para pagar el entierro de su madrecita.

A partir de este nudo es que la Fausta corre hacia la solución de todos sus conflictos, como si el antiguo remedio de enfrentar las fobias, una vez más, surtiera efecto. Ya no tiene mucho más que perder, y sí mucho que empezar. Es entonces cuando la papa intrusa que abrazaba en su interior es sacada de su extraña guarida, y Fausta, de una vez y por todas, comprende que al esconder aquello en su vientre se había limitado ella misma de ver la flor.

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