El plural encanto de la discreción

La entrevista ofrecida por Luis Alberto Lamata, el ciclo de cine experimental y la retrospectiva del mejor cine cubano y latinoamericano fueron algunos de los mejores momentos del 31 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano

 

Autor:

Rufo Caballero

El año pasado, por igual fecha, terminaba eufórico mi balance crítico del Festival de Cine. Me reconocía lleno de razones para agradecer una excelente edición del prestigioso y magno certamen. Halagaba yo la recuperación del público y la cantidad de magníficas opciones en términos de la programación. Este año no puedo decir, exactamente, lo mismo.

El Festival número 31 acusa una sensible baja en la calidad general de los filmes. Para bien, alejándonos de la retórica totalista y simplificadora, se percibe la frecuencia de un cierto tipo de película íntima, de supuesto tono menor, introspectiva, que bucea en los mundos subjetivos de los personajes. Ha sido una magnífica sorpresa la frescura    —entendida en el mejor sentido— de un filme inteligente y creativo como Francia, de Israel Adrián Caetano, que llegó a demostrar, con un guión, una fotografía y un trabajo de sonido verdaderamente brillantes, que nunca resulta mejor la audacia del nuevo-nuevo cine argentino (Birri mediante) que cuando coloca la experimentación al servicio de un conflicto y unos personajes sólidos. Solidez no quiere decir trascendentalismo, y la frescura elocuente de Francia parece comprenderlo de una vez, sin pedantería ni gratuitos atentados al relato. El plano donde la niña se balancea violentamente de un extremo al otro del cuadro, mientras detrás crece la distancia entre sus padres, resulta un ejemplo ilustrativo de la inteligencia de esta valiosa película, en la que sobran los poemas en pantalla.

Pero no han faltado grandes decepciones, sobre todo del lado de las cineastas. Lamentablemente; porque si algunos realizadores despiertan interés hoy día, son justo ellas. Luego de un gran filme como XXY, pletórico de sutilezas y delicadezas en el abordaje de un tema que la mayoría considera escabroso, aunque sea tan natural como la vida, Lucía Puenzo corta las alas a su espectador atento, cuando en El niño pez maneja mal las convenciones narrativas, incurre en penosos estereotipos —el lesbianismo debe suponer la sublimación de la reproducción, por medio del ensueño del niño que vaga en el lago—, en invocaciones seudopoéticas. El niño pez termina siendo una mala película; como infortunada resulta Hotel Atlántico, donde decepciona una realizadora todavía más alta (quiero decir, en estatura artística): el filme de Suzana Amaral viene a ser como una especie de David Lynch a la brasileña; venido a menos, eso sí. Un viaje de aprendizaje, alucinado, encuentra a cada paso (a cada paso azaroso y antojadizo) una serie de situaciones y personajes que quieren ser extraordinarios sin conseguirlo, y que adoran, es evidente, la extrañeza. Pero allí donde en Lynch la extrañeza fluye con naturalidad, es aquí artificio y tópico (¡Otro personaje, uno más, que necesita conocer el mar, por Dios!), sin descontar lo arbitrario del título: si el viaje alucinado comienza después, ¿por qué se llama la película Hotel Atlántico? ¿Porque supone el primer encontronazo del protagonista con la muerte?

A propósito del cliché del mar, esa falsa ilusión poética malogra el desenlace de Gigante, atendible filme uruguayo, ópera prima de Adrián Biniez. Peligrosamente próximo, en estilo, estructura y espíritu, a El custodio, la memorable pieza de Rodrigo Moreno, el filme sigue con valentía la obsesión de su protagonista y, trabajando un aparente microconflicto, actuada desde la convicción, imanta al espectador ciento por ciento. Esta película no merecía que, hacia la conclusión, los dos personajes principales se dispusieran, frente al mar «liberador», a conciliar su anterior desencuentro. De veras que no. No resulta estéticamente leal.

Las muestras sobre cine internacional se han caracterizado más por la extensión horizontal (muy aconsejable la convergencia de cine de todas las latitudes) que por la exigencia cualitativa. Muchas geografías, muchas culturas; pero escasa calidad. Ha sucedido, más que todo, en relación con las expectativas que suscitó el cine nórdico. Teniendo en cuenta que apenas llegó algo de Dinamarca, las películas de Noruega y Finlandia han oscilado en aguas de la mayor irregularidad. Abundan los filmes crepusculares, de personajes que se despiden; mas si Thomas deviene una hermosa y reposada meditación fílmica sobre el azote de la incomunicación y la culpa, aun cuando se haya vivido convencido sobre las razones poderosas de la eutanasia (no hay verdades definitivas), O’ Horten considera que con ser morosa, densa, con no pasar nada  —nada de nada, ni en atmósfera, ni en diseño de personajes—, se resuelve. O’ Horten evidencia que la desdramatización no constituye, para nada, un valor en sí mismo: no pueden ser más obvias las artimañas de un guión que inventa pequeñas peripecias para estirar y hacer «avanzar» una no-historia deslavazada y sin cafeína fílmica.

En otros casos, películas muy bien rodadas —con cierto exceso de música, todo sea advertido— padecen un sensiblero psicologismo de bolsillo (La casa de las mariposas oscuras), como si el cine, de por sí un mundo complejo, imaginara que la psicología es un campo simple y adolescente, donde el presente se limita a reproducir situaciones de la infancia. Aún en otros casos, el problema de los filmes ha sido la cacofonía conceptual: Almuerzo frío refiere todo el tiempo lo mismo: la soledad y el abandono de sus sujetos a la ausencia de suerte y sentido en la vida. Cada situación, cada personaje del guión, están pensados para alimentar esa premisa, sobre la cual se llega a hablar, hasta que se asfixia el menor misterio que pudo tener, en principio, Almuerzo frío. Un trabajo de hombre también posee personajes superficiales, esquemáticos, y pobreza psicológica, a pesar de lo interesante de la trama. En cuanto a la película de Mika Kaurismäki, Tres hombres sabios, se trata de un filme potente, aventurado, de frecuentes momentos emotivos; pero decae bastante por lo previsible de su dramaturgia: el espectador sabe que ahora cantará tal personaje, que la «extraña» mujer rusa entra a la trama por determinada y presumible sinrazón, etc. O sea, este cine nórdico desea ser serio, un cine sobre las emociones, sobre la comunicación, sobre los entresijos de la psicología y la condición humana; pero que intente ser serio no quiere decir que consiga ser bueno. Una verdadera pena.

De otras latitudes llegaron filmes significativos, como el polaco Cuatro noches con Anna, película donde la endeblez dramatúrgica dejaba ver que no había mucho material dramático con que llenar los períodos de metraje entre las cuatro noches, pero donde su director, Jerzy Skolimowski, lograba lo que no se le daba a la Amaral: que la extrañeza de personajes y accidentes temáticos resultasen inquietantes más allá del artificio. Ya hemos hablado aquí sobre la maravilla que es El pabellón No. 6: el Festival 31 bien pudiera recordarse por la sexta sala... Otras películas, como la alemana Hace un año en invierno, defraudaron enormemente: a partir de una historia sazonada de interés, el guión de Hace un año... comienza a dar volteretas por gusto, los personajes deciden ser inconsecuentes (la hermana resuelta y voluntariosa se comporta como una histérica dependiente de su novio, hasta lo incongruente y festinado), y el filme clasifica al cabo entre esas historias que lo abocetan todo pero que profundizan en nada. Por otra parte, algunos de los autores probados, como Pedro Almodóvar o Lars von Trier, trajeron no precisamente lo mejor de sus cines. Otra vez la certeza: no siempre lo más escandaloso es lo mejor.

En general, se divisa el descendimiento cualitativo respecto a lo que se había recuperado en los dos últimos años. A mi juicio, ¿dónde está el problema? En la falta de curaduría. Los paquetes de películas necesitan ser mejor curados. Puede resultar muy excitante conseguir propuestas de todas partes; pero luego de la iniciativa y el entusiasmo, debe sobrevenir la decantación y el discernimiento. Es preferible escoger tres películas de un posible paquete de nueve, que yuxtaponer, acríticamente, siete, ocho o nueve de varias partes, donde abunden los malos títulos, porque después, a nivel de las salas, el espectador recibe la impresión de que ve demasiadas películas menores (para decirlo amablemente).

El equipo de especialistas del Festival de La Habana es sencillamente inmejorable. Solo falta que reflexionen sobre la carencia de curaduría exigente en la dramaturgia del Festival.

Festival que, si vamos más allá de los filmes mismos, no dejó de ser extraordinario. Vinieron personalidades de amplio prestigio y de verbo elocuente. El proyecto Videoteca Contracorriente, del ICAIC, se puso las botas con la cantidad de cineastas y de pensadores notables invitados. Particularmente, Luis Alberto Lamata ofreció una entrevista que será recordada por mucho tiempo, en virtud de la lucidez del brillante realizador venezolano, quien se desempeñaba como jurado de guiones inéditos. Los seminarios, algunas presentaciones especiales, el ciclo de cine experimental, la retrospectiva con el mejor cine cubano y latinoamericano (por cierto, ocupando en demasía la cartelera, en vocación más propia de recuentos de Cinemateca que de un Festival revelador) fueron de todos modos ocasiones para volver a convencernos acerca de que, ediciones mejores o peores, el Festival de La Habana sigue siendo una oportunidad de privilegio para el encuentro cultural, para el diálogo de estéticas y vocaciones dispares que comulgan por unos días plenos y hermosos, con la belleza con que tiende la utopía a realizarse fugazmente.

No quiero suspicacia alrededor de este artículo. Fue escrito por alguien que ama profundamente el cine latinoamericano y el Festival. Una crítica concebida con cariño, para que las cosas mejoren. Eso.

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