Apacible no quiere decir tranquilizador

La exposición Mutantia, del escultor José Villa, deviene una inteligente, reposada y hermosa meditación sobre los rumbos y sentidos del desarrollo hoy día, lo mismo a nivel espiritual que social, político que ideológico, ético que estético

Autor:

Rufo Caballero

Recorría la exposición de José Villa en el Museo Nacional de Bellas Artes (sede de arte cubano), muestra con que la acreditada institución celebra el Premio Nacional del afamado escultor, y disfrutaba en la misma medida que me divertía. Ambas sensaciones están íntimamente asociadas. Me explico.

La exposición Mutantia tiene la virtud de la jerarquización: concentrarse en lo que es preciso exaltar, y remitir a un segundo plano aquello que ha sido secundario en Villa. Eso es: dimensionar sobre todo la producción minimalista del muy notable escultor. Para el jolgorio, el artista decidió emprender variaciones sobre la figura de la espiral, en una serie de proposiciones geométricas, prácticamente gráficas, que desde el mínimo de recursos expresivos y la monumentalidad de las realizaciones (para la escala), hacen «máxima» la experiencia estética.

Aquí mismo entra el elemento desestabilizador: pareciera que las vueltas de tuerca a la espiral suponen un mero juego de lenguaje, una vocación esteticista y hasta formalista, cuando nada más equivocado. El arte de Villa es un «arte mental», diría incluso que conceptual, en la medida en que la prominencia del material y la virtud de la técnica no son sino pretextos para evocar determinados estados mentales, asociaciones culturales, movimientos de procesos sociales. La muestra deviene una inteligente, reposada y hermosa meditación sobre los rumbos y sentidos del desarrollo hoy día, lo mismo a nivel espiritual que social, político que ideológico, ético que estético. Pareciendo una exposición de virtuosismo formal y punto, constituye una exhibición de tesis, de fondo; solo que con un máximo de economía y de sutileza en el repertorio.

En esa zona del más con menos encuentra Villa su considerable elocuencia como escultor. Combina la limpieza heredada del racionalismo con identidades culturales de regiones. Por ejemplo, en ciertas esculturas emplazadas en sitios públicos, urbanos o cuasi rurales de América del Sur, invoca con suma delicadeza las ruinas de Machu Picchu, o, en general, los códigos y formas de la escultura y la arquitectura precolombinas. En otros trabajos, como los esculpidos concretamente para Mutantia, se apropia de mitos y lugares retóricos de la civilización grecolatina, y los vuelve elegantísimas variaciones a lo Villa. Prefiere, en todo caso, la línea angulada, cortante, puntiaguda, quebrada; bastante más que las ondulaciones de las formas.

En términos de museografía, sin desdorar un centímetro el rigor de la cuidadosa curaduría (¡la clase del catálogo!, toda profesionalidad sea alabada), pienso que el emplazamiento de las obras, en tanto vinculadas estrechamente al juego de espacios y de escalas, no debió contraerse al recinto sacro de la galería, sino que pudo expandirse mucho más por el patio, por los pasillos del Museo, por los alrededores (todavía más). ¿No habrá influido, en algún modo, el cierto prejuicio acerca de que un Premio Nacional requiere una «gran exposición de galería»? Pudiera ser; pero las piezas de Villa piden aire, confrontación con la apertura del espacio, y ahora quedan como sofocadas entre paredes y cristales.

Se tuvo a bien confinar a un monitor algunos otros períodos y zonas de la producción de Villa. El reproductor da fe de la impresionante obra del maestro, emplazada en los países e instituciones más dispares, lo cual acaba de ratificar la justeza del Premio Nacional que se le confirió. Como parte de ese justo y oportuno recuento, aparecen las esculturas miméticas (no creo que sean ni hiperrealistas ni naturalistas) encargadas al escultor durante años; en mi criterio, obras que no lo merecen igual. A los efectos del oficio, con ellas Villa entrena la tradición del modelado y el verismo de la reproducción. Entonces, no son trabajos enteramente desdeñables; pero, en términos de códigos estéticos, se trata de una práctica y una visualidad enmohecida, gastada por el tiempo. Ese tipo de escultura clona la expectativa conservadora de cierto espectador, lejos de lanzarle desafíos. Pienso que, en todo caso, pudieran combinarse segmentos del verismo, de la descripción —para seducir, de entrada, al receptor—, con ruidos en las estructuras, en el sentido, en la composición general de lo escultórico, que revelen una sensibilidad menos añeja y empobrecedora. De lo contrario, estamos contribuyendo a la miopía generalizada acerca de que la mejor escultura es la de mayor «parecido» o reconocimiento del referente, como la mejor fotografía es la de paisaje más «bonito»... Lo contemporáneo abraza también el reciclaje de lo figurativo y hasta lo mimético; pero con otras relecturas, otras connotaciones, otras recontextualizaciones, y no del modo en que lo vienen haciendo Villa y algunos otros escultores cubanos, durante los años más recientes.

Claro, las hermosas y vibrantes «esculturas mentales» de Villa se roban de buena forma el protagonismo, hacen olvidar o relegar en la memoria las estaciones menores, y suscitan un placer intelectual enorme. Decía al principio que me divertía, y lo decía siempre que pensaba en la iconoclasia de los jóvenes. Imaginaba la frustración de algunos exigentes jóvenes frente a las esculturas de Villa, que «no les permiten complejas interpretaciones conceptuales». Primero hay que decir lo que se precisa decir: los jóvenes tienen que ser así, deben sentir que todos los días reinventan el mundo; de lo contrario, no serían jóvenes, sino ancianos del espíritu. Pero vivir en los predios del arte enseña, entretanto, que no todo tiene que resultar directamente referencial; que quienes piden sutileza descuidan el valor de obras como esta, donde el concepto más elaborado comulga con la forma límpida y escueta, en una demostración de conocimiento sereno, de estilo sabio, de decantación más allá de los exabruptos adolescentes y los raptus de la iconoclasia.

Por eso invito a mis jóvenes lectores de Juventud Rebelde a que visiten la exposición de Villa en el Museo, con la disposición y la ductilidad de quienes aprenden cada día misterios nuevos sobre el arte. El arte no es solo cabalgata, erupción, virulencia. El arte es también introspección y destilación. Si lo sabrán los competentes especialistas del Museo, prestos a resaltar, con Mutantia, la mejor tradición de la escultura cubana contemporánea.

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