Reynaldo González: El envanecimiento lleva a la parálisis

El Premio Nacional de Literatura 2003, a quien se dedica la 19 Feria Internacional del Libro junto a María del Carmen Barcia, aseguró a JR que le turban los homenajes, aunque le alertan «sobre el peligro de creer que ya llegué»

Autor:

Lisbet Rodríguez Candelaria

Se confiesa un cubano sencillo y apasionado. Mas es insoslayable su impronta en la cultura cubana. Reynaldo González Zamora, escritor de novelas, testimonios y ensayos, ha tejido su vida en el afán de resaltar, hasta en lo más mínimo, nuestros rasgos identitarios. Con vastos conocimientos de arte y cultura universales, el Premio Nacional de Literatura 2003 es uno de los agasajados de la 19 Feria Internacional del Libro (FIL) Cuba 2010.

Criollo caribeño, aunque de piel blanca y ojos claros, su infancia transcurrió en una familia humilde y en un hogar no exactamente culto, circunstancias que lo obligaron a esforzarse para vencer el destino de la pobreza, según contó en su novela Siempre la muerte, su paso breve, título que estará a disposición de los lectores durante la FIL Cuba 2010.

Merecedor del Premio de la Crítica en cuatro ocasiones, este avileño nos regala una prosa documentada, mientras aborda temas que transitan desde la historia y la evocación de lo inmediato, hasta apreciaciones literarias y exaltaciones de aspectos de la cultura, con un dominio de los recursos expresivos que contribuye al enriquecimiento de la lengua.

Reynaldo se desliza de un género a otro. Consagrado al estudio, disfruta escribir e investigar y no suele desperdiciar su tiempo. Siente un cariño especial por varios de sus libros y, como aseguró en una ocasión, profundiza en conocimientos a los que un escritor estático no tiene alcance, quizá por sus frecuentes visitas a diversos países.

—Es usted periodista, narrador, ensayista… ¿De existir, cómo rompe las fronteras entre periodismo y literatura?

—Desde mis inicios asumí la interrelación de los géneros y el aprovechamiento que un narrador puede sacar de las experiencias como reportero o cronista. Como el título de un artículo que publiqué en la revista Unión, supe que «los géneros estallan». Lector por igual de revistas, de novelas y análisis literarios, concluí que en la práctica se recurría a posibilidades de la narración en el ensayo y del ensayo en la narración. Los grandes lo hicieron sin acudir a etiquetas ni responder a tendencias teóricas.

«Así describían los contextos de sus relatos, ponían en boca de unos personajes consideraciones sobre los otros y se informaban para armar las anécdotas. Puede hallarse en maestros como Mann, Zola, Balzac, Tolstoi… El reto está en seguir el ejemplo de los grandes.

«Quienes alternan periodismo y literatura disponen de un bagaje más complejo, ganado en la alternancia de oficios y géneros. Al final se convierten en recurrencias e instrumentos habituales, a disposición del talento. Su utilización resulta espontánea. Sería tediosa su demarcación».

—No es secreto el peculiar sentido del humor con que enriquece su obra…

—Es cuestión de situarse, a un tiempo, dentro y fuera de la circunstancia descrita. Para eso se requiere una información mayor que la entregada y una observación constante del propio texto. La ironía y el humor, me enseñaron, evidencian un sentido común del que carecen quienes están demasiado inmersos en las situaciones que atraviesan —en el caso del escritor, las que describe—. La excesiva pasión y acceder a la retórica habitual pueden conducir a la pesadez, a un sentido oratorio que vuelve la prosa un tanto machacona.

«El humor oxigena, ayuda a combatir la excesiva solemnidad. Los escritores demasiado rebuscados son proclives a esa intoxicación scholar y kitsch que ahora llaman “metatranca”, evidencia de una patética manquedad idiomática y no, como creen, una riqueza intelectiva».

—¿Qué ediciones de su bibliografía ha preparado para la 19 FIL?

—Hasta la palabra «bibliografía» da repeluzno tratándose de la propia. La usamos ante las obras donde bebemos la sabiduría de otros. Las editoriales cubanas con las que he trabajado reimprimieron libros míos que recibieron el favor de los lectores y constituyen muestras de ese catálogo variado a que te referiste en la primera pregunta: mi relato testimonial La fiesta de los tiburones; el reciente ensayo Caignet, el más humano de los autores, que agotó con celeridad su primera edición, y una quinta de Al cielo sometidos, novela cuyo reclamo me sorprende porque es un texto algo intrincado y culterano.

«Mi primera incursión en la novelística, Siempre la muerte, su paso breve, tiene ahora una versión que es prácticamente una redacción nueva, para devolverle su carácter originario».

—¿Entregará alguna obra nueva?

—Durante dos coloquios sobre mis textos narrativos y ensayísticos se pondrán en manos de los lectores algunos libros nuevos: Cine cubano, ese ojo que nos ve, antes publicado en el exterior. El volumen Insolencias del barroco reúne ensayos sobre temas pictóricos, de Caravaggio a Velázquez. Dos textos cortos hallan sendas ediciones en opúsculos: el cuento La mujer impenetrable y el ensayo Ramón Meza: la ironía incomprendida, mi discurso de entrada a la Academia Cubana de la Lengua.

«Con motivo del centenario de José Lezama Lima, bajo el título Lezama revisitado, sumé dos libros anteriores —José Lezama Lima el ingenuo culpable y Lezama sin pedir permiso—, más textos inéditos dedicados a su obra. Y una sorpresa, Conversación en Las Terrazas, testimonios colectados en 1971 entre carboneros que fundaron ese hermoso pueblo en la Sierra del Rosario. Por último, una suma de apreciaciones críticas de colegas de mi pueblo natal, Ciego de Ávila: La vida siempre y a cada paso. Es gentileza conmovedora que uno forme parte de la obra ajena».

—Este año se cumple el centenario de Lezama. Usted fue el editor de su último libro de ensayos, La cantidad hechizada. ¿Qué lo une todavía a este escritor cubano?

—Conservo un recuerdo vívido de Lezama, su grandeza humana y literaria, la ejemplar firmeza ante las adversidades y, aunque se considere un contrasentido por la dificultad que plantea su lectura, la sencillez de un criollo sabio y risueño. Trabajar con él me enseñó a apreciar el estoicismo que afronta zarpazos sin flaquear, el orgullo de un creador consiente de su rol en circunstancias desfavorables. Eso sin detener la literatura, tenida como destino inmutable. Cada conversación con él y cada jornada de trabajo fueron lecciones de cubanía, valoración de las cosas mínimas y de los grandes afectos. Su recuerdo me acompaña.

—Como muestra de gratitud por el reconocimiento a su labor, recorrió varios territorios de la Isla, entre los cuales tuvo especial significación su visita a Nueva Gerona.

—La Isla de la Juventud está entre las zonas que han sensibilizado a escritores y artistas de Cuba, por sus tradicionales sinsabores sumados a los destrozos de huracanes recientes. La he visitado muchas veces, sobre todo después de esos sucesos. Junto a mi admirada y ahora compañera de ruta en estos jubileos, María del Carmen Barcia, volví para interesarme por su destino inmediato y las posibilidades de recuperación y desarrollo. Nos atendieron los intelectuales pineros y sus autoridades, charlamos sobre temas diversos y reafirmamos un afán que es compromiso compartido con muchos y merecedor de esfuerzos futuros.

—Usted ha confesado que le turban los homenajes.

—Me alertan sobre el peligro de creer que ya llegué. Es más sano pensar en el trecho que falta y seguir en la ruta. Antes me otorgaron seis premios de la crítica, por obras específicas, y este reconocimiento por la obra total lo agradezco en lo que vale. Cuido que no me provoque un inmovilismo engreído. El envanecimiento lleva a la parálisis. Lo que le da razón a la vida no son los premios, sino los obstáculos que se deben vencer. Lo mismo en el deporte que en la literatura.

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