Eterna enamorada de las palabras

La reconocida poeta y traductora, que se encuentra entre las personalidades que representan a Rusia en la 19 Feria Internacional del Libro Cuba 2010, accedió a conversar con JR sobre su obra

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

¿Qué nos regala la vida, en el grito del vencejo/ en la lila perlada de larga lluvia,/ en el último rayo de sol sobre el muro tibio,/ en el triste rostro tras el cristal polvoriento?/ ¿Qué nos regala la muerte, en el espejo cubierto de duelo, / en la fresca cortina, en la colcha silenciosa, / en el barniz, la laca, en la paz del último sueño,/ en el leve roce de una mano, en el beso de adiós sobre la frente?

¿Qué elegiremos de todos estos dones?/ ¿Qué llevaremos, al irnos?/ Si lo supiéramos, algo podríamos hacer./ Solo nos queda callar, mirar,/ como calla el espejo en la pared,/ cuando en su hondura se deslizan las golondrinas.

Emocionan estos versos traídos a nuestra lengua por Yana Zabiyaka y Ann-Elene Suárez y que pertenecen a la reconocida poeta y traductora Natalia Yúrievna Vanjanen, quien se encuentra entre las notables figuras que representan a Rusia durante la 19 Feria Internacional del Libro Cuba 2010.

Graduada de la Facultad de Filología de la Universidad Estatal de Moscú, en la especialidad de Lengua y literatura españolas, la autora de títulos como Mes nocturno, Gaviotas lejanas y El invierno del imperio, también es muy conocida por hacerles más cercana a sus coterráneos la poesía firmada por Lope de Vega, Calderón de la Barca, Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado… JR conversa en exclusiva con quien está convencida de que «no son las palabras lo que hay que traducir, sino lo que expresan, las ideas, asociaciones que se transmiten mediante palabras. El traductor debe descubrir este mundo oculto».

—A la hora de convertirse en poetisa y traductora, ¿cuánto influyó en usted el hecho de haber nacido en el seno de una familia de bibliotecarios?

—En aquella época esto significaba vivir sin apoyo económico suficiente. Sin embargo, mis padres consideraban que el libro era la cosa más importante del mundo. Solían decir que lo esencial era dedicarse a un oficio interesante, que te agradara. Ellos acostumbraban a leerme en voz alta y a mí, aunque no quería leer porque me daba pereza, se me pegaba de oído todo lo que me gustaba.

—¿Qué la hizo especializarse en la lengua y literatura españolas y estudiar Filología?

—En nuestro país, España siempre estuvo rodeada de leyendas. Ante todo la Guerra Civil Española (1936-1939) desempeñó un papel importante, que despertaba mucho interés en nuestros padres. Cuando eran niños, marcaban con banderolas rojas los puntos de acciones de combate, simpatizaban con los republicanos, lloraban la caída de la República. Niños españoles vivían en Moscú y todos les querían.

«Asimismo la España del Medioevo atraía también, es decir, los castillos, los caballeros, la nobleza. Se puede decir que Don Quijote y Carmen fueron héroes nacionales de Rusia. Es verdad. Hasta hoy se me hace un nudo en la garganta cuando veo la película Don Quijote, dirigida por Grigori Kozintsev, cuyos decorados fueron realizados por un destacado artista español, Alberto Sánchez, quien vivía en Moscú. No obstante, en general las culturas de España y de los países de América Latina fueron poco conocidas, de modo que el campo de acción fue bastante amplio».

—Ha traducido a grandes de la literatura iberoamericana, pero ¿cuál ha sido su experiencia con los poetas cubanos?

—He traducido a Rafael María de Mendive, cuyo alumno fue José Martí. A Juan Marinello; a José Lezama Lima, muy complicado y enigmático. He traducido a Ángel Augier y a Cintio Vitier, que han fallecido recientemente. Ahora voy a publicar poemas de Cintio Vitier en la revista rusa Literatura Extranjera, junto con el traductor y sociólogo Borís Dubinin.

—¿Qué es para usted traducir?

—Un intento de entender a otros. Además, es una búsqueda de poesía, que se puede encontrar en varias cosas: en la lluvia o en la nieve, en un perro que corre por la calle o en los recuerdos. Luego, te queda solo rimar, o sea, exponer la esencia encontrada. Cuando uno traduce, hace lo mismo: busca la poesía en otro idioma, en otra persona, y la expresa en su lengua materna, o por lo menos trata de expresarla.

—¿Cuándo un lector puede estar convencido de que se halla frente a una buena traducción?

—En lo fundamental traduzco poesía y, aunque traducir la narrativa es casi igual, podría decir que la traducción es buena si refleja la poesía del original. Pero si la traducción es casi exacta en materia de expresiones, de estilo, y no refleja lo principal, es decir, los pensamientos y sentimientos del autor, es un fracaso. Y, al contrario, es un éxito si la traducción logra expresar con fidelidad la idea del autor, sus emociones, vocabulario poético, más si suena muy bien en ruso. Diría que un poema traducido debe reunir los mismos requisitos que un poema en versión original. La presencia de poesía en palabras es una sensación física y no contemplativa.

—¿Existe algún «truco» a la hora de traducir una obra literaria?

—Claro que sí. Hay trucos en cualquier oficio. Cuando doy clases de traducción, trato de explicar estas técnicas. Pero los «trucos» no son otra cosa que herramientas, llaves. Uno debe aprender a utilizarlos y luego, con el correr del tiempo, encontrar sus propias «fórmulas» de traducir.

—¿Son los filólogos los que están mejor preparados para asumir la traducción?

—Es insuficiente solo ser filólogo. Aunque filología quiere decir «amor o interés hacia las palabras», no garantiza que el que se ocupa de los textos tenga buen oído. Los literatos y traductores son personas de diversas profesiones. Por ejemplo, Antón Chéjov fue médico y Mijail Lérmontov fue oficial de carrera. Anatoli Geleskul, que hizo la carrera de Geología, es un eminente traductor de poesía española y polaca. El amor hacia las palabras sí que es lo más importante, aunque asignaturas de Humanidades pueden ayudar.

—¿Ha sentido la sensación de que no podrá llegar hasta el final del texto en que trabaja?

—Desgraciadamente hubo casos en los que no pude finalizar el trabajo, por falta de asiduidad o de aliento, con los que voy luchando durante toda mi vida. Es un pecado grave, pero hay que confesar la verdad.

—¿Qué la inspira a la hora de escribir su poesía?

—Todo: los árboles, los pájaros, los animales… A veces, las personas.

—¿Los poetas que ha traducido ha influido en su obra poética?

—En forma directa, no. Tal vez, mediante algunas características suyas. Por ejemplo, traduzco a Lorca y encuentro un rico estrato folclórico, el protagonismo popular. Y me interesa si hay algo semejante en la poesía rusa del siglo XX. Para entenderlo, me sumerjo en canciones de gesta, en fábulas y leyendas rusas. Y luego utilizo algunos elementos del folclor en mis propios poemas.

—¿Qué es lo más difícil dentro del trabajo de un traductor?

—Depende. Para mí, lo más difícil es ponerme a trabajar. Pero luego de empezar, todo va bien.

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