Muchas imágenes para otros tantos deseos

El ciclo «La imagen del deseo», que se exhibirá hasta inicios del próximo junio en varias salas del país, ofrece un acercamiento desde el cine a las diferentes maneras en que cada región del mundo asume la sexualidad y sus manifestaciones

Autor:

Frank Padrón

Hasta los inicios del próximo junio varias salas del país están presentando, en una saludable iniciativa del Departamento de Programación del ICAIC, el atractivo ciclo La imagen del deseo.

Si aquella vieja canción afirmaba con certeza que «el amor es la fuerza que mueve la tierra», el relacionado específicamente con el de pareja(s) está moviendo el cine desde sus inicios, al punto de que puede afirmarse sin temor a dudas que no hay filme de cualquier época, país o tendencia que, aun cuando no lo tuviere como tema central, no muestre al menos lateralmente algún tipo de romance.

El panorama que estos cines ofrecen, a razón de una película diaria en sus varias tandas, es amplísimo: abarcador, representativo y variopinto, como las propias gamas de la sexualidad y sus manifestaciones, como los diversos estilos y marcas autorales de los cineastas que firman esas obras, como las épocas a las que responden sus historias y momentos de realización, así como los lugares de donde proceden.

Para que se tenga una idea de lo completo del ciclo aparecen las maneras en que la misteriosa Asia focaliza esos complicados «asuntos del corazón» (y de otras muchas partes del cuerpo, ya se sabe): El imperio de los sentidos (Nagisa Oshima, Japón, 1976) transitando esa delgada e imperceptible línea que separa a Eros y Tanatos, amor y muerte; In the Mood for Love (Hong Kong-Francia, 2000), donde otro original «erotómano», Won Kar-Wai, teje uno de sus complicados conflictos, esta vez con amantes cruzados de... cónyuges; Deseo, peligro (Estados Unidos-China-Taiwán-Hong Kong), donde el maestro Ang Lee (Brokeback Mountain) regala una compleja jugada de seducción y espionaje en ambiente bélico, y La flor congelada (Ha Yu, Corea del Sur, 2008), inusual triángulo escaleno en el siglo XIII, durante la dinastía coreana Goryeo, cuando esta se encontraba sometida a la homóloga china (Yuan).

Aunque la contemporaneidad predomina, están muy bien representados clásicos no ya del cine erótico, sino del cine todo: El último tango en París (Italia, 1972), aquella célebre y extravagante relación entre Marlon Brando y María Schneider, mucho más por supuesto que la no menos famosa escena que trascendió, pero no olvidaron los programadores hacernos avanzar un poco en la perspectiva del propio Bernardo Bertolucci cuando en La luna (1972) estudiara una singular pasión incestuosa.

Sin salir de esa cultura que tanto legara en diversas artes a la plasmación de los cuerpos y sus relaciones, fue seleccionada una pieza del maestro Visconti que —todo hay que decirlo— no es de lo que más aporta en la paleta del gran cineasta al tema: El inocente (1976). De cualquier modo, ilustra en torno a ese concepto de «pareja abierta», sus riesgos y ventajas, el cual, contra lo que se cree, no es tan contemporáneo.

Y siguiendo con los clásicos, está el Buñuel de Bella de día (1967) y Ese oscuro objeto del deseo (1976) en los cuales el aragonés maldito plasmó, del modo particular y genial como casi siempre lo hizo, varias de sus concepciones sobre la naturaleza femenina, la seducción, la insatisfacción y, en general, la posición de la mujer en la relación amatoria.

De Francia, donde fueron realizadas ambas películas país generador de erotismo, hay otros títulos emblemáticos: Los amantes del siglo (1999, Diane Kurys), en torno al romance mucho más que literario entre George Sand y Musset; El amante (Jean-Jacques Annaud, 1992), sobre lazos intergeneracionales e interculturales; La piscina (2003), de un moderno e imprescindible nombre en lo que se conoce como «diversidad sexual»: François Ozon. Pero también se exhibe uno de esos lances donde el único lenguaje es el del sexo (Intimidad, Patrice Chéreau, 2001), y otro que tiene como objetivo central el que una actriz versada en personalidades torcidas (Isabelle Hupert) ofrezca magistrales lecciones de una de ellas en La pianista, del célebre Michael Haneke.

España ofrece varias directrices bien delimitadas: la de un «morboso exquisito» como Bigas Luna (Las edades de Lulú, 1990), la de un estudioso de las coordenadas más estrechas de lo que se piensa entre cuerpo social y personal: Vicente Aranda (Amantes, 1999), la de un humorista corrosivo y excepcional: Berlanga (Tamaño natural, 1973) y la de ese «clásico moderno» infaltable en cualquier panorama de este tipo: Don Pedro Almodóvar (La ley del deseo, 1987).

América Latina no podía brillar por su ausencia; el cine de esta región ha aportado no poco a la tendencia desmitificando un tanto los estereotipos del macho de sangre ardiente y la hembra devoradora, mediante otras miradas. Ahí están el argentino Subiela, quien ha sugerido desde la pantalla otras formas de «volar» (esta vez en su reciente No mires para abajo), el peruano Pancho Lombardi con su popularísima Pantaleón y las visitadoras, que analiza, como es habitual en su cine, sexo y relaciones de poder; su joven colega y el escritor de moda Jaime Bayly inspirando otro inusual triángulo en La mujer de mi hermano (Ricardo de Montreuil, 2005, México). De ese país, el irreverente Hermosillo sumando a la aventura amorosa la cámara de video (La tarea), mientras que de nuestro coterráneo Arturo Sotto se presenta Amor vertical.

El cine norteamericano acerca, desde una perspectiva independiente, el primer caso femenino de sida: la modelo bisexual Gía (1997), bajo el agudo lente de Michael Cristofer, y el «cine dentro del cine» cuando varios realizadores siguen a un par de amigos que, decididos a hacer cine pornográfico, descubren otros sentimientos entre ellos. ¿Hacemos una porno? (2008) también invita a una de las finales y más audaces aventuras expresivas de un ilustre veterano: Stanley Kubrick (Ojos bien cerrados, 1999).

En fin que hay de casi todo en este recorrido por las intensidades amatorias de los tiempos y las sazones, según ese testigo maravilloso, ese cómplice de excepción que es el cine. Habrá que intentar después otros acercamientos, otras miradas y experiencias, pero valgan estos para confirmar de qué y de cuántos modos y modas, el amor (erótico) es la fuerza que mueve la tierra... y la pantalla.

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