La Colmenita de Jarahueca: tesoro infantil de Sancti Spíritus

Hacer el bien sin gritárselo al mundo. Lo saben perfectamente los pequeños de ese panal de ternura nacido en el poblado espirituano de Jarahueca

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Doce años después, Annelys Prol del Río sigue creyendo que Tin escondía en uno de sus bolsillos algún extraño imán o una varita para hacer hechizos. El calor sofoca en el cine Jarahueca, pero ella no lo percibe. Cierra los ojos y poco a poco sus labios esbozan una sonrisa.

Quienes la conocen comprenden que en esos momentos, embellecida con polvos de arroz, rechaza a sus apasionados pretendientes: el Gallo Malayo, el Chivo Nativo, el Oso Roñoso, el Charro Díaz..., pero jamás a Mingollo Pérez. De repente, se ve diciendo el parlamento que se sabe de memoria: «Es, señor, su palabra la más hermosa. Acepto complacida. Seré su esposa», se puede leer mientras apenas mueve su pequeña boca. Abre de golpe sus ojazos, y ya no es la coqueta Cucarachita Martina, sino la niña que cursaba el cuarto grado, quien, junto a otros tantos niños de su Jarahueca querida, corría casi desenfrenada, con amapolas, extrañas rosas y margaritas en sus diminutas manos, para estar entre las primeros que darían la bienvenida a quienes llegaban a la I Bienal Identidad, organizada en aquel pueblo del centro del país, en la provincia de Sancti Spíritus.

Por alguna razón que desconoce (¿el hechizo?), Annelys posó su mirada en Carlos Alberto Cremata y en su minúscula acompañante, María Karla Romero. «Después me fui a mi casa hasta que Martha Julia (sí, Martha Julia Hernández Camellón, la Abeja Reina de La Colmenita de Jarahueca) me fue a buscar en una bicicleta.

«Cuando aparecí, Tin me dijo: en La Habana me habían hablado mucho de ti. No me eché a reír, porque se trataba de una persona “mayor”, pero creí que me estaba tomando el pelo. Me propuso que estuviera en el elenco de La cucarachita Martina y acepté de inmediato. Me dio los textos escritos con su puño y letra, y al poquito rato ya estaba a su lado: ¡Me lo sé todo!».

Dicho fácil y rápido: fueron suficientes tres días para que la primera parte de La cucarachita Martina estuviese a punto. Ahora Annelys sabe por qué fue posible el «milagro». «Los niños quedamos fascinados con la manera como Tin se relacionaba con nosotros: los juegos que hacía, el modo como nos trataba, su enorme paciencia...». Termina de explicar, y ya se ve por el aire, cayendo en los brazos de Tin, que la felicita por el primer éxito del futuro Taller Teatral de La Colmenita de Jarahueca, fundado justamente la noche del estreno, el 20 de septiembre de 1997, cuando se clausuró la I Bienal Identidad, en homenaje a la inolvidable compositora, escritora, artista de la plástica e instructora de arte, ya desaparecida, Ada Elba Pérez.

A otro de los niños fundadores, José María Pérez Morales (Chuli), el corazón le empuja la camisa cuando revive aquel definitivo encuentro con La Colmenita habanera en el Teatro Nacional de Cuba. No recuerda en qué momento los adultos lo agarraron y comenzaron a lanzarlo, todavía vestido como el Oso Roñoso. «Tengo la impresión de que tras aquella reunión inaugural en el Círculo Social de Jarahueca, Tin pensó que el entusiasmo se apagaría, pero Martha Julia se tomó muy en serio su encargo: “quedas a cargo de la nueva criatura”».

«Al cabo de unos días aún nos acordábamos de la obra. Uno decía un texto, otro rectificaba, y entre todos remontamos La cucarachita..., tal y como lo habíamos ensayado. En lo adelante, actuamos en la Casa de Cultura de Yaguajay, en escuelas, en los pueblecitos cercanos...», cuenta Yaily Abreus Arias (Yaíta), quien, como Annelys y Chuli, es instructora de arte y será una eterna colmenera, porque «nos cambió para siempre. Éramos felices, verdaderos niños. Hoy nos empeñamos en mantener esa capacidad mágica para enfrentar mejor cada acto de nuestras vidas».

¡Sorpresa!

Al año Tin regresó a Sancti Spíritus, donde le agradecieron por haber creado La Colmenita de Jarahueca. «Dicen, apunta Annelys casi en secreto, que se quedó asombrado, sorprendido. No se lo esperaba». Entonces volvió a Jarahueca muy bien escoltado, y con el espectáculo Meñique. Ya no hubo marcha atrás.

Bien lo sabe Edith Camellón López, quien apenas dormía para poder entregar las alitas y las antenitas, aunque su mayor orgullo es el traje de Cucarachita. «No contábamos con muchos recursos, pero todos aportaban un pedazo de tul, gasa, retazos de telas, papeles de colores o brillantes... Y lo más lindo es que los trajes se veían bellísimos».

A Edith no le interesa que el almanaque le señale que es tiempo de descansar y de pasar el batón. «Es que este mundo me encanta, dice, y además somos tantos...». Y así es. En Jarahueca lo mismo aportan artistas de la plástica como Guillermo Darias y Julio César Cepeda, y poetas como Onel Benigno García Espinosa, que la gente del pueblo.

Lo reafirma Rosa María Claro, mamá de Naidy y Maiby, dos activas abejitas. «Apoyo en lo que haga falta: en el maquillaje, en la peluquería..., al igual que las otras madres, que ya hemos formado una cofradía».

También lo demuestra Jesús, el Chuli papá, a quien Martha Julia llamó desde el mismísimo nacimiento, «quizá porque siempre tuve devoción por el arte —de hecho era cantante—. Fue hermoso en un inicio haber contribuido con dos de mis tres hijos a consolidar el proyecto, y luego a regar, cuidar, abonar, la semilla que sembró Cremata».

El éxito —está convencida Martha Julia— radica en que ha sido una obra colectiva. «Y pensar que la compañía surgió por un aletazo brutal del destino, razón por la cual no pocas personalidades de la cultura se hallaban en el pueblo para recordar a Ada Elba. Tin, impresionado por la gala que habíamos organizado, reunió a varios promotores y a los niños, y nos propició herramientas para que los estimuláramos a jugar al teatro».

Ha transcurrido más de una década y La Colmenita ha crecido, tanto en su membresía (alrededor de 40 niños), como en su repertorio, que ahora exhibe piezas como Meñique; el espectáculo Los Payasos, inspirado en el texto de Dora Alonso; Gracias, abuela, de Tané Martínez y Zulema Clares; Capote Blanco y el misterio de las brujas, de Luis Cabrera Delgado...; y hasta adaptaciones de poemas escritos por la misma Martha Julia (por estos días monta Historia de un Zunzunfante).

«El trabajo ha sido muy fructífero al conseguir que nuestros niños porten valores que los convierten en mejores seres humanos, y se interesen, a partir del juego, por el arte. Sin dudas, La Colmenita nos ha enseñado a materializar esa máxima martiana de hacer el bien sin gritárselo al mundo. Ahora nuestras obsesiones, más que terrenales, consisten en ensanchar el espíritu».

Día Internacional de la Infancia

En agosto de 1925 representantes de 54 países asistieron a la Conferencia Internacional de la Felicidad de la Infancia, en Suiza, y aprobaron la Declaración de Ginebra sobre la Protección de los Niños. En este documento se decretaba que todas las naciones estaban obligadas a proporcionar a los niños disfrute espiritual, asistencia social, mejores oportunidades de vida y se prohibían los trabajos forzados y peligrosos para ellos. Después de esta conferencia los diferentes gobiernos decidieron instituir un Día de la Infancia.

Se escogió el 1ro. de junio porque este día de 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, fascistas alemanes asaltaron una villa checa y mataron a más de 140 jóvenes mayores de 16 años y a todos los bebés. Además, secuestraron a todas las mujeres y a 90 niños, todos llevados hacia los campos de concentración.

Como denuncia a las muertes de miles de niños en otras guerras, y a fin de garantizar los derechos de los niños, se estipuló en la conferencia de la Asociación Democrática Internacional de la Mujer, efectuada en noviembre de 1949, que el 1ro. de junio sea el Día Internacional de la Infancia.

En Cuba las niñas y los niños también celebran este día con la alegría de saberse el tesoro más preciado de la Patria porque disfrutan, sin distinción alguna, de los mismos derechos: tener escuelas, disfrutar del descanso, el juego, la recreación sana, participar libremente en la vida cultural, recibir, incluso antes de nacer, el cuidado de los médicos, ser vacunados para protegerlos de enfermedades peligrosas, poder expresar sus opiniones, etc. (Tomado de la revista Zunzún)

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