Con Martí nunca estoy solo dice Kamyl Bullaudy - Cultura

Con Martí nunca estoy solo dice Kamyl Bullaudy

Isla insurrecta se titula la más reciente exposición del artista plástico, dedicada a nuestro Apóstol

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Isla insurrecta, así decidió titular Kamyl Bullaudy su más reciente muestra, que desde el pasado 19 de mayo se exhibe en la Sala Transitoria del Memorial José Martí, coincidiendo con el aniversario 115 de la caída en combate del Apóstol. Se trata de una expo que, según confesó a Juventud Rebelde el reconocido artista de la plástica, hacía mucho tenía metida por dentro. «Y no encontré un mejor momento para sacarla que en este, en tiempos en que se arrecia el hostigamiento contra nuestra Patria.

«Esta muestra es un viaje hacia el centro de cada uno de nosotros, porque eso es lo que hemos sido siempre: una isla insurrecta. De ese modo deseaba el Maestro que fuéramos, y de esa manera debemos seguir construyendo nuestro futuro. Y claro, no podía ser otro el protagonista que Martí, quien tanto siempre nos incitó a que defendiéramos nuestra identidad, nuestra soberanía, nuestra libertad, nuestra espiritualidad».

Solo tres piezas de gran formato conforman Isla insurrecta. «Son las obras más grandes que he concebido hasta hoy. Una, realizada en tela, preside la exposición. En ella presento a un Martí mulato, con una bandera en el pecho a modo de condecoración, donde mismo llevaba la Patria. Es el Martí que, a pesar de que adoraba a su Ismaelillo, cuando se trataba de su Patria era capaz de sentenciar: Porque amo a mi deber, más que a mi hijo.

«Las otras dos tienen como soporte el acero: una isla de Cuba de 11 metros y una bandera cubana de diez, ambas hechas con machetes que anuncian: ¡Cuidado, que estamos ahí. Aunque los machetes estén oxidados nunca han perdido el filo!».

—¿Por qué recurres una y otra vez a un material como el acero cuando decides abordar la figura del Apóstol?

—Tal vez sea porque siempre me viene a la mente lo que Martí le dijo a su madre cuando esta le regaló el mítico anillo hecho con un grillete: Madre, ahora estoy obligado a hacer obras férreas por mi Patria. Posiblemente esa sea la razón.

«No obstante, si bien encontramos el acero, que evidencia lo rudo, lo fuerte, lo que es difícil de doblegar, para la muestra también creé un Martí que esbocé con flores blancas, figura que busca reflejar la inmensa humanidad y espiritualidad del Héroe. Es decir, que en Isla insurrecta aparecen dos visiones del cubano más universal, pues él mismo se definió como: arte soy entre las artes, y en el monte, monte soy. Con esta expo he querido mostrar mi Martí, que no tiene por qué coincidir exactamente con el que nos enseñaron que a veces se queda únicamente en el líder de la Guerra de Independencia de 1895 y en el autor de los Versos sencillos, aunque esto no es poco. Es decir que en Isla insurrecta muestro al Martí que tuve la inmensa suerte de descubrir».

—¿Cómo fue que se produjo ese encuentro?

—Mira, como todos los niños de este país, conocí a un Martí: el de los Versos libres y La Edad de Oro, el Martí de la frente amplia y el bigote, el hombre que nos enseñó a pensar... Pero realmente mi hallazgo verdadero ocurrió cuando pinté mi primer retrato de él. Sucedió como pasan las cosas grandes, de repente, sin uno saber por qué. Fue como un relámpago, tuve que detener lo que estaba haciendo y ponerme a pintarlo. En lo adelante se ha convertido como en una obsesión. Y eso me obligó a estudiarlo, a indagar en las Obras Completas, en sus cartas, discursos, en su poesía, en su diario... Confieso que desde entonces soy un hombre afortunado y que nunca estoy solo. En los buenos, regulares y malos momentos lo invoco, y gracias a sus enseñanzas he podido salir adelante.

«Él es guía de vida. Martí es luz, energía, verdad. Lo que te voy a decir pudiera parecer algo retórico, como una consigna externa, pero Martí está en mi vida desde que me levanto hasta que me acuesto, él me acompaña en cada uno de mis actos y eso me ayuda a creerme que puedo llegar a transformarme en mejor ser humano».

—¿Has hallado alguna incomprensión al situar en tus obras a nuestro Héroe Nacional montado en uno de tus gallos, vestido de guayabera, esperando una guagua o pintándolo negro o mulato?

—No, al contrario. La crítica ha sido muy benevolente conmigo, al igual que las personas que se acercan a ver mis exposiciones. Al colocar a Martí en las situaciones más diversas lo único que busco es invitar a que lo estudien con mayor profundidad, a que las personas no se queden con una visión epidérmica. Creo que viviendo cien años más, no nos alcanzaría el tiempo para estudiar cabalmente a un hombre cuya vida fue su mayor obra.

—Algunos te descubrieron como artista plástico justamente a partir de tu acercamiento a Martí, sin embargo, ya tenías antes una obra importante realizada...

—Hay artistas que se reconocen por los temas, mientras que otros se distinguen por la técnica o el estilo. Yo me encuentro entre estos últimos. Mi estilo se conoce porque hago una fusión entre dos vertientes: soy expresionista y al mismo tiempo un artista «matérico», pues trabajo con residuales de todo tipo. Materiales que no fueron hechos específicamente para el arte yo los reciclo y los devuelvo a la vida útil, pero con una óptica diferente. Asimismo, abordo las más disímiles temáticas, aunque Martí es la más recurrente. No obstante, pinto gordas, gallos, paisajes urbanos...

—Tus Martí han alcanzado tanta connotación, que se han convertido, incluso, en uno de los reconocimientos que la Asociación Hermanos Saíz entrega a quienes reciben el premio Maestro de Juventudes...

—Esto me llena de una gran regocijo, porque para un artista como yo constituye un orgullo mayor que personalidades de la cultura cubana como Alicia Alonso, Alfredo Guevara, Roberto Fernández Retamar, René Fernández, Chucho Valdés, Teresita Fernández, Fernando Pérez, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Juan Formell, Juan Padrón, Miguel Barnet, Roberto Fabelo, Carilda Oliver, Ramiro Guerra..., conserven una obra de mi autoría, que además otorga la organización de vanguardia de los jóvenes artistas cubanos. ¿Qué reconocimiento más grande puede tener un creador que el hecho de que escojan su obra para tan alto galardón?

«Se lo agradezco, sobre todo, a David Mateo, ese gran crítico que fue la primera persona (porque yo pintaba a Martí por una necesidad, pero solo para mi consumo) que vio que mi Apóstol era distinto a los demás. Yo no me daba cuenta. Él me abrió las puertas».

—¿Cómo surgió en ti ese interés por las artes plásticas?

—Es curioso porque prácticamente nací en un escenario. Mi padre, Reinaldo Bullaudy, estuvo entre los primeros promotores culturales que hubo en el país. Él fue actor de teatro y director, y yo desde los nueve años me involucré en ese ambiente, en ensayos, montajes, en la creación de escenografías, de atrezzos... Así descubrí un mundo realmente mágico que me cautivó. De hecho durante 20 años actué como aficionado junto a mi padre, hasta que él murió. Entonces quedé al frente de su grupo, nombrado Cuarto Frente Oriental, que radicaba en el poblado de Velazco, perteneciente al municipio de Gibara, en la provincia de Holguín. Con nuestra propuesta, que iba al rescate del teatro bufo, nos premiaron en dos festivales nacionales de artistas aficionados.

«Recuerdo que cuando matriculé en la escuela de arte todos me decían: ¡Qué bueno que entraste, porque ahora sí te vas a convertir en un actor de verdad! Y yo les esclarecía: Teatro no, me voy a hacer artista de la plástica. ¿¡Pero en plástica!? ¡Si tú no tienes nada que ver con eso! Pues no, les explicaba, he actuado mucho tiempo, pero lo que verdaderamente me gusta es la plástica.

—¿Y cómo te percataste de que tu camino estaba en la pintura y no en el teatro?

—Es que siempre llevé las dos cosas a la vez, porque en el grupo de teatro era el responsable del diseño de vestuario, del atrezzo, la escenografía..., y debía, sobre todo, conseguir que funcionaran, porque estamos hablando de un grupo de los años 80, cuando apenas teníamos recursos. Eso me obligaba a buscar soluciones prácticas sin que mis obras perdieran su valor artístico.

«Empecé a estudiar en Holguín y terminé en Las Tunas. Luego me hice ceramista en la Isla de la Juventud. Para mi buena suerte tuve la dicha de encontrarme en mi camino con una persona que yo admiraba de siempre, pero a quien no conocía: Nelson Domínguez, quien desde entonces es mi padre espiritual y mi maestro.

«Por supuesto que quien aprecie mis pinturas, cerámicas, esculturas..., verá que en todas está la impronta del teatro: mis personajes, incluyendo a Martí, aparecen en situación teatral, como mismo son irreales los colores y la luz que empleo; son luces de teatro, manifestación de la cual me nutrí mucho y que me ha ayudado a encontrar un sello propio. Me ha resultado difícil, pero creo que poco a poco lo he ido consiguiendo, aunque todavía me resta mucho por hacer, porque pienso que un artista no debe perder nunca el alma del eterno aprendiz».

—Me hablabas de la cerámica, de la escultura, de la pintura...

—Sí, y no podría quedarme con ninguna de ellas solamente, porque me realizo con todas. En ese momento, cuando trabajo con una técnica en específico soy el hombre más feliz del universo. Mas no pudiera ser pintor solamente, o ceramista, me gusta hacer un ajiaco, porque a estas alturas de la historia de la humanidad pocas cosas quedan puras. Esta es la época de la fusión.

—¿Cómo te enfrentas a una obra: con una idea preconcebida o dejas que te lleve el soporte que utilizas?

—Es fascinante enfrentarse a la nada, a lo desconocido, al infinito..., pero, al mismo tiempo, da miedo, porque no sabes qué te va a salir hasta que aparece el primer trazo. Después, el proceso de creación es muy estimulante, como si sintieras que la vida se te escapa en cada segundo.

«No soy de esos artistas que espera a que le baje la musa, la idea, la imaginación o como lo llamen, sino que soy hiperquinético, un adicto al trabajo. Diariamente tengo que pintar, hacer cerámica o trabajar con el hierro... El día que no doy un brochazo es como si no hubiera vivido. Es decir, que la musa siempre me encontrará trabajando».

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