El cine del 2011 debutó en Toronto

Ciudad cosmopolita y multicultural por excelencia, Toronto ofreció la edición número 35 del mayor festival internacional de cine que ocurre en el hemisferio occidental, a un público mayormente culto y ávido de ver buen cine

Autor:

Joel del Río

Toronto, Canadá.— las galas, las luces y el raudal de imágenes filmadas en los más diversos confines del planeta, parecían empeñados en borrar el trauma que padeció Toronto por los enfrentamientos, entre la policía y miles de manifestantes que protestaban por la reunión del G-20, en junio pasado. Las mismas calles, donde entonces fueron detenidas alrededor de 400 personas, se inundaron hace unos días con el gentío bohemio y políglota en busca de las propuestas más atractivas. Buena parte de la muchedumbre la integraban los fans interesados en ver de cerca a las flamantes estrellas de películas habladas en inglés, francés, español, árabe, mandarín o hindi. Ciudad cosmopolita y multicultural por excelencia, Toronto le ofrecía la edición número 35 del mayor festival internacional de cine que ocurre en el hemisferio occidental, a un público mayormente culto y ávido de ver buen cine.

Además del grupo de personas que perseguía sobre todo un autógrafo de Colin Farrell o de Matt Damon, había un hormiguero de auténticos cinéfilos ansiosos por acceder a alguno de los 300 000 tiques y 29 pantallas que proponía el certamen cinematográfico. En los alrededores de King Street (donde se aposentaron el Centro de Prensa, en el Hotel Regency Hyatt, y la flamante y recién estrenada sede del Festival y de la Cinemateca, el llamado Bell Lightbox) circulaba a toda hora la nutrida concurrencia, suficiente para validar la existencia de muy diversas maneras de ver el mundo a través de las películas, y de comprender los numerosos «descubrimientos creativos y culturales de la imagen en movimiento», como reza uno de los principales eslóganes que identifican la promoción del evento.

Con la entrega del premio del público, el mayor y casi único que concede el Toronto International Film Festival, al filme británico The King’s Speech, concluía el domingo pasado una cita que acontece cada septiembre y que ha visto acrecentarse su prestigio en tanto termómetro y vitrina del cine contemporáneo. Con vocación de pluralidad, pero desde bases asentadas en la sofisticación y la hiperselectividad, el evento parece ser la puerta de entrada de cualquier película al mercado norteamericano (el mayor del mundo) y, por tanto, es el lugar para establecer acuerdos de exhibición y contratos de venta. De modo que el filme británico antes mencionado, acreedor del llamado People Choice Award, tiene al parecer su camino abierto hacia el Oscar, al igual que en años anteriores ocurrió con Belleza americana, Crash y Slumdog Millionaire, las tres premiadas en Toronto.

El Reino Unido envió al Festival las más recientes propuestas de algunos de sus mejores autores. Estuvieron Stephen Frears y Michael Winterbotton, con Tamara Drewe y The Trip, respectivamente, además de Another year, otra comedia de costumbres a lo Mike Leigh. Pero la más fuerte competidora de The King’s Speech en el favor del público votante resultó ser otra película británica, ambientada en Kenia, The First Grader, que cuenta una de esas historias, siempre «agradecibles», sobre superación personal y glorificación del conocimiento. Un octogenario analfabeto decide alistarse en el programa de educación primaria gratuita, y aunque pertenece a la generación de quienes lucharon por independizar Kenia del yugo británico, el anciano evidencia idéntica ansia de aprender que sus pequeños condiscípulos. Del director, Justin Chadwick, hemos visto en Cuba The Other Boleyn Girl, aquel drama histórico notablemente protagonizado por Natalie Portman y Scarlett Johansson en los papeles respectivos de Ana y María Bolena.

Y precisamente Natalie Portman devino una de las presencias más vocingleras de este Festival, con más figuras estelares que la Vía Láctea y tantas alfombras rojas como las últimas 50 galas, reunidas, de los premios Oscar. La Portman estaba decidida a hacerse notar, mediáticamente hablando, luego de entregar soberbia actuación en Cisne negro, de Darren Aronovsky, un thriller con momentos fantásticos ambientado en el mundo del ballet. Es que, aunque a veces pueda parecerlo, por el predominio norteamericano, inglés, en casi todos los apartados y nóminas del evento, Toronto se resiste a ser, solamente, el patio de juegos de Hollywood, Londres o Nueva York. Y si bien los medios utilizan como señuelo la presencia de las megastars anglosajonas (Ben Affleck, Clint Eastwood, Keanu Reeves, Nicole Kidman, Robert De Niro, Robert Redford, Uma Thurman, y muchos, muchos más) el Festival significa la propuesta más ambiciosa de exhibición del cine «extranjero» con que cuenta Norteamérica, en tanto Estados Unidos carece de similares licitaciones.

Entre los titulares más fuertes de estas jornadas, que retumbaron en las cuatro esquinas mediáticas del evento, estuvieron los referidos a las declaraciones del documentalista Michael Moore, quien presentó sus más reciente documental Capitalism: A Love Story, vertical denuncia de un sistema «encargado de secularizar la avaricia y la esclavitud», según palabras del cineasta. El autor de Bowling for Columbine y Sicko declaró que le parecía vergonzosa la actitud del Gobierno canadiense en cuanto a la negativa de proteger a los norteamericanos que solicitaban asilo para tratar de escapar al reclutamiento que los enviaría a participar en las invasiones de Iraq y Afganistán. Moore sentenció que esa «no era la Canadá que todos conocíamos», aludiendo a la simpatía que había denotado el nórdico país cuando recibió a los jóvenes estadounidenses opuestos a tomar parte en el genocidio de Vietnam.

Entonces, además de exhibir lo más valioso y reciente del cine anglosajón hablado en inglés (Robert Redford presentando The Conspirator, sobre las circunstancias y personajes que rodearon el asesinato de Abraham Lincoln; Woody Allen con su nueva comedia romántica You’ll meet a Tall Dark Stranger, o Ben Affleck empeñado en dirigir, con su segundo largometraje titulado The Town), las pantallas de Toronto fueron compartidas con películas provenientes de destinos «exóticos». De Argelia y Chad llegaron, respectivamente, Fuera de la ley y El hombre que grita; Bosnia-Herzegovina y Bélgica aportaron Cirkus Columbia y Océano negro, Tailandia e India figuraron con dos de sus mejores y más recientes propuestas: El tío Bonmee que recuerda sus vidas pasadas y Diarios de Mumbai, por solo mencionar algunas de las más elogiadas a todos los niveles.

En cuanto al cine hablado en español, que seguro llegará a La Habana en diciembre, España se situó a la cabeza con ocho representantes. Destacaron sobremanera el largometraje musical y animado Chico y Rita (realizado en Cuba con actores de la Isla); Biutiful, vehículo concebido por el mexicano Alejandro González Iñárritu para mayor gloria de Javier Bardem; Balada triste de trompeta, recientemente laureada en Venecia, y que relata las peripecias de dos terroríficos payasos enfrentados a muerte por el amor de una trapecista; además de Lope, biografía romántica del autor de Fuenteovejuna, dirigida por el brasileño Andrucha Waddington.

Entre los filmes latinoamericanos presentes, se extrañó la presencia de Cuba. El festival de Montreal, el único clase A y competitivo en Norteamérica, y que ocurre poco antes de Toronto, eligió Lisanka y José Martí, el ojo del canario, de Daniel Díaz Torres y Fernando Pérez, respectivamente. Sin embargo, los curadores de Toronto no las incorporararon a sus nóminas. De todas formas, el cine latinoamericano se las arregló para defender con fuerza su actual prestigio. México fue el país mejor representado con cinco títulos, seguido por Argentina (4), Brasil (3) y Uruguay (2), aunque tampoco faltaron propuestas de Chile, Guatemala, Perú y Venezuela, estos dos últimos países unidos en coproducción mediante Octubre, el elogiado debut en la dirección de los hermanos Daniel y Diego Vega, quien se graduó como guionista en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños.

El verano de Goliat se titula una de las películas aztecas más atrayentes, dirigida por el mexicano residente en Toronto, Nicolás Pereda. Con una atmósfera opresiva, de chismes e intrigas pueblerinas, comparable a las que relata García Márquez en La mala hora, el filme elude lo sombrío convencional, despliega luminosidad y paisajes casi turísticos, mientras la intimidad de varios personajes está marcada por la suspicacia, la violencia y el aburrimiento. La argentina Carancho hizo honores al espíritu ecuménico de Toronto, en coproducción con Sudcorea y Francia. Realizada por Pablo Trapero, y protagonizada por el más internacional y famoso de los actores argentinos, Ricardo Darín, Carancho se expone en las claves del thriller y del cine negro para mostrar la escalada de violencia urbana que estremece a Argentina. En un tono mucho más reposado y meditativo, la uruguaya La vida útil reflexiona sobre la gradual desaparición de las salas consagradas al mejor cine, a partir de un personaje singularmente marcado por su amor al ilusionismo que representan las películas.

En el apartado que se reservó a los maestros del cine mundial clasificó también el chileno Patricio Guzmán, uno de los mejores documentalistas del mundo luego de realizar las tres partes de La batalla de Chile, en los años 70 del pasado siglo. Guzmán desplegó imaginación y rigor en Nostalgia de la luz, un brillante documental que combina dos temas: la astronomía y los desaparecidos, la investigación en el espacio interestelar y la historia política chilena, a partir de la convergencia de ambos asuntos en torno al desierto de Atacama. Trascendental fue también la participación del alemán Werner Herzog con su nuevo documental Caverna de los sueños olvidados, su personal visión, en 3D, sobre las cavidades subterráneas de Chauvet, en el sur de Francia, cuyas pinturas datan de unos 30 000 años, y constituyen el mayor testimonio protoartístico de la especie humana.

La edición número 35 del Festival de Toronto se recordará como una de las más relevantes en los últimos años, pues significó, además de un incremento en las transacciones comerciales de los más de tres mil delegados encargados de comprar o vender películas, la inauguración del muy añorado complejo de cines llamado Bell Lightbox, sede de las exhibiciones promovidas por la Cinemateca de Ontario. El primer ciclo anunciado se nombra Essential Cinema, e incluye una selección jerárquica de los mejores cien filmes de la historia del cine. En el lugar número 65 descubrí una señal confirmadora de nuestra cultura, Memorias del subdesarrollo, a exhibirse el próximo 2 de noviembre, en pleno otoño canadiense. El programa dice textualmente que este fue el filme encargado de colocar al cine latinoamericano, por extensión tercermundista, en el centro de la atención mundial, quiere decir, de Europa y Norteamérica. Así, llegará al menos un cálido soplo de Cuba a la mayor ciudad anglófona de Canadá, junto al casi siempre gélido lago Ontario, justo en la frontera acuática con Estados Unidos.

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