Con el arte hasta el último rincón

Las Brigadas de Instructores de Arte José Martí son una tropa de muchachos con alma creadora que, desde aquel 20 de octubre de 2004, hacen más llevadera la vida

Autores:

Osviel Castro Medel
Hugo García
Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

PICO BLANCO, Manicaragua, Villa Clara.— Por estos sitios las lomas surgen en medio de un paisaje que descuella por su verde. Aquí los hombres van y vienen con sus cargas y sus realidades a cuestas. Y sus energías, sazonadas con buena dosis de saber, pueden acabar transfigurándolos en una carcajada, un gesto o un trazo pintoresco que los salve y recree.

Tamaña aventura atesora en los últimos seis años el arresto de una tropa juvenil que, en busca de plantar el arte como simiente de una nación, ha llegado hasta los más apartados parajes de la geografía insular.

Más allá de las alturas que tipifican el Escambray de Villa Clara, los instructores de arte han fraguado prominentes elevaciones culturales a despecho de un terreno cargado de caminos curvos y empinados, como ha sido no pocas veces la voluntad de ellos.

Cuenta Yenny Marceló Villar, presidente de la Brigada José Martí en Manicaragua, que lo inaccesible de no pocas comunidades los ha obligado a coger la guitarra, los manuales u otros instrumentos de trabajo en una mano, para con la otra sujetarse en arriesgada cabalgata sobre mulos.

Con alegría esta joven recuerda sus afanes hace aproximadamente dos cursos escolares en una intrincada escuelita, en la que apenas una decena de alumnos con sus dotes de artistas en ciernes, bajo su mirada de paciente educadora, despojaban a los vecinos de la zona de toda monotonía.

Pero desandando por los mil vericuetos de las lomas manicaragüenses encontramos en la cúspide humilde de la actividad cultural comunitaria al proyecto Rescate, cuyo nombre abriga una intención que se conduce por sí sola hacia lo identitario de nuestros campos, con sus matices, sus historias, sus jaranas.

Rescate es una agrupación comprometida con el arte y desafiante por estos lares del sano riesgo que entraña hacer reír. Para ellos, jóvenes que van desde lo que enseñan hasta lo que manifiestan como aficionados, no existe esencia más cubana y necesaria que la de salvar en su contexto al guajiro rellollo en su parto y su porfía con la tierra, al  ama de casa y sus mil conflictos domésticos y al niño que arrea entre surcos con caballos de palo, pero imagina y también pinta y juega.

En Jibacoa, un sitio que por su infraestructura algunos llaman la capital de estas montañas, ha tomado forma un proyecto titiritero de niños para niños, cuyas historias de obras y espectáculos han crecido en la pasión de quienes allí, desde la escuela o la casa de cultura, también instruyen.

Como dato impostergable, alguien me pide que no olvide las guerrillas. Sí, las guerrillas culturales, gremios que reúnen y combinan el talento de todas las manifestaciones artísticas, y que bajo el influjo de ciertas celebraciones han salido a vivir la aventura de dormir donde llegue el amanecer y caiga la noche.

Y es que esa tropa de muchachos con alma creadora, que desde aquel 20 de octubre de 2004 andan enamorando a la Patria con el arte a lo largo, ancho y alto de esta Isla, aúna a quienes hacen más llevadera la vida, mientras con sus energías reducen el empalagamiento de lo cotidiano.

La verdad de un sueño

BAYAMO.— A los siete años Lizandra del Rosario Borrero tuvo una ensoñación extraña. Se veía adulta, rodeada de niños de diversos tamaños, a quienes enseñaba a tocar diversos instrumentos.

Acaso tal escenario en su mente surgió porque justo a esa edad cosquilleó por primera vez un piano y empezó, de paso, una brillante carrera de artista aficionada, que la llevó al coro Ismaelillo, a triunfar en festivales de la canción Reparador de Sueños y a la Casa de Cultura 20 de Octubre, bajo las instrucciones de la profesora Arisleidis Ramírez.

Lo cierto es que 12 abriles después, en octubre de 2005, aquel ensueño se volvió verdad benigna: Lizandra se graduaba orgullosa como instructora de arte en la escuela Cacique Hatuey.

Desde entonces, en la secundaria básica Marcos Ramírez, de la Ciudad Monumento, se ha convertido en una de las mejores «maestras artísticas» de la provincia de Granma. Y el éxito la ha llevado a renunciar un poco a su porción creativa para dedicarse con más fuerza a la instrucción de los más nuevos.

«Aunque a nosotros nos gusta muchísimo realizarnos como artistas, nuestra prioridad es enseñar», dice esta muchacha, nacida el 28 de febrero de 1986.

Confiesa que hubiera querido la ubicación laboral en la primaria. Mas en la Marcos Ramírez ha aprendido lo impensable sobre el mundo de los adolescentes, «sus preocupaciones, expectativas, intereses y complejidades».

En ese centro, Lizandra imparte clases de apreciación de las artes y, como chica-orquesta, guía talleres de teatro, danza, plástica y música, en los que ahora tiene a más de 50 alumnos.

«Me han pasado cosas muy bellas. En el curso 2007-2008, por ejemplo, armé un coro con niños que no sabían hacer voces; algunos pensaron que iba a ser un fracaso. Después de dos meses y medio de lecciones sobre técnica vocal montaron una canción con un juego de voces increíble. Hasta yo me sorprendí… fue emocionante escucharlos tan acoplados, con una melodía dulce. Luego fuimos al Festival de pioneros aficionados y triunfamos», relata.

Infaltables en decenas de actos políticos, matutinos y galas de Bayamo, en estos cinco años Lizandra y sus alumnos han conquistado innumerables reconocimientos desde la base hasta el nivel provincial.

Empero, lo que más la hace vibrar no son los premios, sino el goce pleno de todos sus discípulos. «Me encanta llegar al aula y ver que los niños se divierten, disfrutan las clases, preguntan… que me responden con una sonrisa».

Los brigadistas

MATANZAS.— Las épocas de esplendor de los proyectos de cualquier tipo y de las mismas instituciones languidecen cuando muere el amor. Tal es el caso de la Casa Municipal de Cultura Bonifacio Byrne, que durante los primeros años después de su inauguración tuvo gran acogida en la comunidad allá por los años 90. Pero el tiempo se encargó de enterrar ilusiones, destruir sueños, hasta el punto de que apenas funcionaba esa institución en el último lustro.

Desde septiembre de 2009 los brigadistas José Martí se apoderaron literalmente de esta institución y la han cambiado, al extremo de que resplandece como en sus mejores tiempos, con una directora competente y entusiasta como Yaima López Castellanos, egresada del primer curso.

Yuniesky López, instructor de Artes Plásticas, coincide en que se han cumplido las expectativas de cuando estudiaban, al rescatar la atmósfera y estética de la institución.

«Todo el equipo de dirección es joven y procede de las diversas graduaciones de la Escuela de Instructores de Arte», especifica, mientras señala que el éxito también está dado porque nunca esperan por fechas festivas para emprender sus proyectos: «El rescate de la imagen de la Casa de Cultura lo hemos logrado, pues antes la asistencia del público era pobre, y ahora es increíble la cantidad de personas que acuden».

A cada paso, desde la recepcionista, secretaria o los brigadistas-instructores, todos reiteran que ese colectivo es como una gran familia.

Comentan que tienen tremenda aceptación en la comunidad, la cual se nutre con las propias actividades o las extensiones de las diversas manifestaciones a centros escolares o de trabajo.

Eddy García, instructor de música y fundador de la Casa, comenta que en sus inicios la institución floreció, pero con el paso del tiempo languideció: «Llegó un momento en que no había ni programador y mucho déficit de fuerza técnica, pero ahora se respiran otros aires; se ha ganado en la calidad de los espectáculos y viene más público, sobre todo jóvenes».

La joven Jessica Facundo, instructora de música, explica que mantienen excelentes vínculos con las nuevas generaciones y la comunidad.

Aliesky Pérez, también instructor de música, se muestra optimista por la manera en que la Casa de Cultura conduce los destinos del arte, y aunque todavía faltan cosas por mejorar aplaude proyectos como el de la peña El patio Con-tó, oportunidad mensual en que se proyectan cortometrajes, artistas de la plástica laboran en vivo y el público agradece manifestaciones como la danza, música, teatro, pintura, la fotografía o la narración oral.

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