Ese universo llamado Alfredo Sosabravo

El maestro de la plástica arribó el pasado 25 de octubre a ocho décadas de vida. Con la exposición Obra reciente, que se exhibe en el Centro Hispanoamericano de Cultura, el artista celebra el onomástico y los 60 años de una exitosa trayectoria artística

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

Su primer contacto con las artes fue mediante la lectura de las tiras cómicas como Tarzán, El príncipe valiente y Anita la huerfanita, que se publicaban en la prensa, confiesa Alfredo Sosabravo, quien atesora la etapa en que vivió con un tío en la finca América, como uno de los mejores recuerdos de su infancia porque vislumbró dos de los elementos recurrentes en su obra: «ese inicial acercamiento a lo que era una representación de arte infantil y la interacción con la naturaleza».

Refiere el creador que él se sentía un Tarzán por aquellos dominios. Entonces no es difícil imaginarse a aquel niño de diez años que todos los días se trepaba en la reja que había a la entrada de la finca, frente a la línea férrea, a esperar los periódicos dejados en ese sitio por el tren que pasaba de Sagua la Grande a Calabazar de Sagua, en su natal antigua provincia de Las Villas.

Y es que esa amalgama de inocencia, frescura y espíritu aventurero lo ha acompañado siempre. Elementos que, ya sea desde el color en el lienzo, el barro, el bronce o el vidrio, se han acoplado a su creación y amanecen con cada obra.

—En 1950 presenció una exposición de Wifredo Lam en el Parque Central. ¿Cómo fue ese afortunado encuentro con las artes plásticas, un amor al cual está unido hace 60 años?

—Siempre tuve inquietudes artísticas, pero no sabía por dónde encauzarlas. Creía que podía ser músico, pues desde los 18 comencé a escuchar la música clásica de la emisora CMBF. Pensé ser pianista y entré en una escuela de música a estudiar teoría del solfeo. Sin embargo, sucedió que para la teoría era el primero, para el solfeo fui el último. También escribí algunos cuentos que fueron publicados en las páginas literarias de periódicos como el Diario de la Marina. Sin embargo, pronto me di cuenta de que ese tampoco era mi camino.

«Con 20 años vi en el Parque Central la expo de Lam y quedé impresionado doblemente: por su obra y porque era de Sagua la Grande, como yo. Lo que observé allí me abrió las puertas a un mundo fascinante. Recuerdo que tuve que mirar una y otra vez para poder integrarme a esa creación.

«Entonces decidí que esa podía ser una vía. Al otro día compré óleos, pinceles, incluso un caballete plegable que usaban los paisajistas, y me puse a pintar por mi cuenta. En esa ruta de primitivo anduve cerca de cinco años.

«Quería ir a San Alejandro, pero allí las clases eran todas diurnas y debía trabajar. Luego, descubrí la escuela Anexa a San Alejandro con clases nocturnas. Se daban dos cursos donde se impartían Modelado en barro, Dibujo natural y Geometría, esta última con Florencio Gelabert como profesor.

«Esas técnicas que aprendí me han servido mucho para toda mi carrera y constituyen los únicos estudios académicos que cursé. Mi propósito al entrar en esa escuela fue probarme a mí mismo y saber que sí servía para las artes plásticas, temiendo que me sucediera lo mismo que con la música y la literatura».

—Seis décadas de fiel alianza con el arte... ¿Es esa relación un matrimonio bien llevado, o como en toda pareja ha tenido algún desaliento?

—Es muy bien llevada, porque fue un propósito que me hice a los 20 años y seis décadas después siento que he logrado lo que me propuse.

—Durante la inauguración de su más reciente exposición, el doctor Eusebio Leal comparaba su obra con una eterna sonrisa, ¿qué valoración le merece ese criterio?

—Afortunadamente tengo un carácter optimista y eso se refleja en mi obra. Ya me sale de una forma natural pues hasta los temas más dramáticos han sido tocados con cierto humorismo. Nunca cultivé esa forma de hacer, supongo que la llevo dentro.

—Se dice que todo creador tiene su ritual cuando da vida a una obra. ¿Tiene usted alguno?

—El mío es dar una vuelta por el jardín, pues eso me recuerda al campo y a mi infancia. Ese pedacito de naturaleza es casi parte de mi obra de arte. Antes de hacer algo en el estudio voy allá, paseo y después trabajo. Cuando me canso salgo a retroalimentarme espiritualmente, luego continúo trabajando lleno de energía. Es como echarle gasolina al carro.

—Usted tiene una amplísima obra, pero ¿posee Sosabravo una pieza o serie por la cual sienta especial afecto?

—Son muchas..., pero una especial es el Mural del Hotel Habana Libre, el primero que hice. Diferente a todos porque no tenía una experiencia previa.

—Cuando crea, ¿va con la idea de la obra visualizada o todo surge en el proceso de conformación?

—Siempre tengo algunas ideas previas. A veces las frases de películas o títulos de obras literarias me dan un punto de partida.

—Si tuviera que seleccionar un momento especial dentro de su carrera, ¿cuál sería?

—Cuando a los 20 años decidí ser pintor.

—Al decir de Eusebio Leal usted es un artista que no reposa, que tiene un ansia perenne de hallar una verdad. Luego de tanto camino recorrido, ¿diría que ya encontró esa verdad?

—Eso él lo dice porque está siendo poético. Lo cierto es que yo tengo un vicio de trabajo desde que tenía 11 años de edad que no me permite parar nunca. La verdad la hago mía trabajando.

—Muchos críticos se refieren al constante dinamismo de su discurso estético y a lineamientos pictóricos cada vez más atrevidos. ¿Se considera usted un creador voluntarioso?

—No soy obsesivo, aunque sí preciosista a la hora de elaborar cada detalle de mis obras.

—Entonces, ¿qué le atrae más: la picardía del detalle o el asombro del todo ya conformado?

—Las dos cosas.

—Coménteme un poco acerca de esa fuerza misteriosa, como dicen algunos, que lo ata al color.

—Eso lo da la experiencia. En esa búsqueda continua de mi carrera, siempre he experimentado, hasta lograr moldear el color con el pincel.

—¿Cuáles son sus artistas favoritos?

—Cuando empecé a pintar, mis preferidos eran Mariano, Víctor Manuel, Portocarrero... De los actuales admiro mucho a Fabelo. Luego, cuando fui conociendo a otros artistas mundialmente, no dejaron de gustarme esos, pero me percaté de que existían otros que eran como mis parientes, pues teníamos en nuestra creación puntos de contacto.

—Loló de la Torriente, en una crítica publicada en el periódico El Mundo, el 24 de noviembre de 1967, afirmó que «son las cerámicas en realidad, las que dan a Sosabravo su más legítimo éxito como creador», criterio que se mantiene y es compartido en la actualidad por muchos especialistas. Sin embargo, usted reconoce que ante todo es pintor. ¿Por qué?

—Cuando descubrí la pintura fue para nunca más dejarla. Aun trabajando en el grabado, la cerámica, el vidrio o bronce, siempre me mantuve pintando. Ese es el leitmotiv de toda mi obra.

«Lo que yo siempre quise fue ser pintor, las demás técnicas fueron apareciendo solas. El grabado lo descubrí por una sugerencia que me hizo Ángel Acosta León, quien me acompañara en la experiencia de mi primera exposición.  Ese fue mi punto de origen en esa expresión.

«Con la cerámica sucedió algo parecido. Y en el caso del vidrio ya llevo 12 años trabajando con maestros vidrieros y sus ayudantes en los talleres de la Isla de Murano. Son cosas que no me he propuesto hacer, sino que se me han presentado, han sido casualidades. La única que no fue casualidad fue la pintura y eso me agrada».

—¿Cuánto le ha aportado a su obra esa habilidad para transitar con naturalidad de un soporte a otro, de una expresión a otra?

—La totalidad de mi carrera se ha beneficiado porque las técnicas se han enriquecido unas a otras. La pintura, que es anterior a todas las demás, tomó de lo que aprendí con posterioridad de la cerámica, el grabado, el bronce y el vidrio, a su vez la pintura también le aportó mucho a estas otras. En todas existe unidad, se deben unas a otras a la par que se integran.

—¿Cómo recibe usted el nacimiento de sus obras?

—Me imagino que como las mujeres cuando están de parto, aunque cambiando los dolores por placer. Cuando termino siempre pienso en lo bonito que está ese hijo.

—Es evidente que usted es un artista intrépido que siempre está presto a embarcarse rumbo a nuevos desafíos, pero, a pesar de lo novedoso que encuentre en el camino, siempre mantiene una constancia en el lenguaje estético. ¿Cuán importante es mantenerse fiel a un estilo?

—Los artistas siempre tratan de identificarse por una manera de hacer que se configura asimilando y desechando influencias hasta encontrar una forma propia. Siempre he pensado que los únicos pintores originales que han existido son los de las cavernas, y esos no eran pintores, sino personas que tenían la inquietud de representar su vida y sus deseos.

«A nadie le cae el estilo del cielo, hay que experimentar y evolucionar. Es un proceso de búsqueda continua en el cual el artista puede observar y analizar su consolidación.

«Sin embargo, en no pocas ocasiones he observado que con las técnicas modernas se pierde algo. Sé que hay que evolucionar, pero quienes se apoyan solo en lo conceptual desaprovechan el placer de crear y hacer cosas con las manos. Muchas veces esa forma facilista se convierte en el refugio de aquellos cuyo único interés es ganar dinero porque no tienen el talento necesario para verdaderamente crear. Quien realmente se siente creador se afianza en su estilo y hace de este su sendero y su destino».

—Para muchos, decir Sosabravo, es referirse a un país, un mundo, un universo. ¿Cómo es ese universo?

—Es muy simple. No soy complicado, las cosas técnicas me aturden un poco. Tal vez otras personas vayan a la computadora para hacer parte del trabajo, yo no sé andar en la computadora. Soy muy natural. Necesito tener tiempo y tranquilidad para hacer la obra con la cual me siento satisfecho.

«Valoro mucho la fuerza de voluntad. Me propuse triunfar en el arte y el medio que me circundaba no me favorecía en mis propósitos, pero desde siempre supe que quería ser artista. Creo que parte de los resultados que he tenido se deben a ese esfuerzo».

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