Vladimir Cruz satisfecho con los resultados en Afinidades

El actor cubano conversa con JR sobre su ópera prima, que codirigió con Jorge Perugorría, y que tendrá su premier este domingo en el cine Chaplin

Autor:

Jaisy Izquierdo

EL dúo de Fresa y chocolate presentó en el re-ciente Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano su primera película, Afinidades, en la que comparten espacio no solo delante de la cámara, sino también detrás, como realizadores.

Esta doble condición de actor y a la vez director del filme fue el mayor reto que tuvo que enfrentar Vladimir Cruz, quien a su vez debuta también como guionista de un largometraje.

Como primeras palabras, Cruz expresó sentirse satisfecho con el resultado, tanto como agradecía el entusiasmo con que el público cubano acogió Afinidades durante los días del festival habanero.

De los desafíos que supuso estrenarse a «cuatro ojos» como realizadores, y de otros detalles de la filmación, el artista expresó a nuestro diario: «Lo más difícil para mí fue cambiar el chip de actor a director. El actor trabaja con la subjetividad. En ocasiones estás viendo las cosas desde dentro y piensas que una escena no te salió bien; y sin embargo el director se te acerca y te dice no, estuviste fantástico. Entonces resulta que como tú eres tu propio director; tienes que salir de la escena y juzgar tu trabajo. Es muy duro y agotador, porque tienes que estar cambiando constantemente de registro».

—¿Qué significó para ti realizar esta película desde la base del guión?

—Anteriormente había escrito dos guiones de cortos, por lo que contaba con cierta experiencia. No obstante, fue un reto enorme y una responsabilidad, pues el guión es la columna vertebral de la película, y todo lo que se pueda adelantar en él va a garantizar la calidad de la película. Trabajé durante cinco años para terminarlo, y confieso que aunque fue un trabajo muy duro, lo disfruté muchísimo.

«Yo tengo esa especie de vena literaria y casi tengo más amigos escritores que actores, por lo que conté siempre con la ayuda de escritores y guionistas como Senel Paz, Arturo Arango y Reinaldo Montero, el autor de la novela Música de cámara, en la que se basa la cinta.

«Después tuve la suerte de que escogieran el guión en un taller en Suiza de altísimo nivel que se llama Dreamago, al que se presentan 500 guiones de todo el mundo y escogen diez, y luego vienen asesores importantísimos de todas partes a ayudarte con el proyecto. Fui con «Pichi» (Perugorría) y allí estuvimos encerrados en un castillo suizo durante diez días, trabajando en el guión y organizando la película, pues para codirigir una cinta hay que estar muy de acuerdo y teníamos que imaginarla unidos».

—¿Cuánto cambió la novela de Reinaldo Montero?

—Me gusta mucho la novela, pero es muy literaria y está estructurada de manera que cada capítulo se convierte en un monólogo interno de uno de los personajes. Hay muchas palabras, se dice mucho. Y justamente lo que más me gustaba de la historia era lo que no se decía.

«Tomé como guía una frase de Chéjov que afirma que en la vida uno no se pega un tiro a cada momento, ni se ahorca, ni hace una declaración de amor; la gente almuerza y mientras tanto se labra su felicidad o se destroza.

«Siguiendo esta pauta yo quería que la acción estuviera por debajo de las palabras. Se podía estar hablando del tiempo o de cualquier cosa, pero el espectador tenía que sentir lo que estaba pasando realmente con los personajes. Y eso es muy difícil de escribir, porque hay que cambiar las imágenes literarias por las cinematográficas, pues una cosa es literatura y otra el cine.

«Esto no quiere decir que el libro de Montero haya desaparecido porque, como escuché hace poco en una premiación de los Oscar, lo difícil de adaptar una novela es darnos cuenta de que si algo funciona bien para qué lo vamos a cambiar. Destrozar algo que funciona para hacer algo que no sabes si lo va a lograr, es una locura».

—Algunos detalles de la aventura de rodar en Guamá…

—Empezábamos a filmar desde las cinco de la mañana hasta que oscurecía, y todo el tiempo estábamos a expensas del clima, por lo que tuvimos que luchar contra el calor, la humedad o la lluvia. También necesitábamos escenas con barcos y botes en la película y esto nos complicó más el rodaje. Los exteriores, que suman alrededor de un 60 por ciento de la película, se filmaron completamente en la Ciénaga de Zapata. Son secuencias largas, con pocos personajes.

«Como Guamá son pequeñas islas y nos era muy difícil congeniar una cabaña con paredes que se movieran para poder colocar las cámaras, construimos un set para filmar los interiores en La Habana, con la ayuda de Derubín Jácome, que en mi opinión realizó una excelente labor como director de arte».

—¿Cómo fue el trabajo con las actrices que les acompañan?

La cubana Gabriela Griffith, que con este trabajo debuta en la gran pantalla, y la española Cuca Escribano, fueron muy valientes, en primer lugar por ponerse en manos de unos directores que nunca antes lo habían sido. Buscamos ante todo que existiera una complicidad, puesto que ellas interpretan a nuestras parejas, y no es lo mismo que el director te diga: Tienes que hacer esto con tal actor… a que te diga: Tienes que hacerlo conmigo.

—¿Tienes en planes repetir junto a Perugorría en los avatares de la dirección?

—De momento los planes más inmediatos que tenemos los dos son actuar en un proyecto que se llama Siete días en La Habana, que será rodado por siete directores diferentes. Participa, por ejemplo, el español Julio Medem y debuta Benicio del Toro como director. Yo actúo en el corto de Benicio, mientras que «Pichi» estará en el de Juan Carlos Tabío. Así que estamos juntos nuevamente, pero en diferentes historias.

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