Con su mejor sonrisa, Natalia Herrera

Reconocida como Artista Emérita de la Radio y la Televisión nacionales, la actriz ha dado vida al papel de la mulata cubana en disímiles espacios

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

¡Qué dicha cuando la vida enrumba nuestros pasos por los senderos, a veces poco transitados, de la discreta existencia de seres especiales! Ella recibió a Juventud Rebelde para compartir sus historias, y mientras nos abría la puerta de su casa esta redactora se descubrió levantando la cubierta de un cofre donde la sabiduría, la certeza de un buen consejo, el respeto por la amistad y la modestia son tesoros celosamente guardados.

Natalia Herrera Díaz tiene los ojos verdes, «con pequeños círculos de otros matices» y una mirada capaz de reconocer los colores del alma. La naturalidad que emana de su franqueza se traduce en el verbo directo —desprovisto de anacrónicos ornamentos— de su conversación.

«A mi padre no le gustaba la idea de que fuera artista. Entonces le pregunté a mi madre qué nombre debía ponerme y ella me dijo “¿Cómo tú te llamas?... Pues con ese te presentas ante el público”, y así lo hice. Nunca fue mi intención asumir un nombre falso, pero temía que mi padre se fuese a poner bravo.

«La única artista en mi familia fui yo y todos estaban encantados, pero mi papá dejó de mirarme a la cara. En aquel tiempo una artista no gozaba de buena reputación».

Con una memoria envidiable Natalia descorre las cortinas de su quehacer artístico, y guiados por la delicia de su diálogo nos lleva a conocer todos los escenarios de su vida. Así, nos presenta a una niña pequeña que diariamente se ponía los vestidos de noche de sus hermanas para, durante una hora, cantar y bailar ante su familia. Aunque se desempeñó en radio, televisión, cine, cabaret y teatro, asegura no sentir preferencias. «Mientras sea arte me gusta todo. Cada cosa te enseña una habilidad», explica. Para esta artista, seleccionada con 14 años de edad Es-trella Naciente de La Corte Suprema del Arte, no existen papeles pequeños, pues «todo depende de la intuición y lo que seas capaz de aportar. En ocasiones, con solo hablar tres veces, tú puedes dar todo de ti, porque la grandeza la llevas dentro».

El actor Julio Gallo le dijo a su mamá que en ella había una típica mulata de teatro bufo, y así fue. Alumbrada por esa verdad, inició su desempeño como profesional y comediante en 1938, con el personaje de Candelaria en el programa radial Rincón Criollo.

Reconocida como Artista Emérita de la Radio y la Televisión Cubanas y merecedora del Premio Nacional de Televisión en 2004, Natalia Herrera ha dado vida al papel de la mulata cubana en disímiles espacios. Ante la pregunta de si alguna vez se sintió encasillada en ese rol, alegó que no «porque siempre me sentí cómoda y a gusto con cualquier papel. Además, miraba con atención los gestos de las mulatas de los solares y captaba todas sus cosas. Realmente eran muy graciosas y apropiarme de esos elementos para mis trabajos, me daba la posibilidad de explotar la veta humorística».

De esa forma fue descubriendo el mundo del humor hasta sumar a su haber programas como San Nicolás del Peladero, Detrás de la fachada, Así era entonces y Si no fuera por mamá, entre muchos otros. Está consciente de que el humor de hoy no es el mismo de antes. «Han cambiado los tiempos, las condiciones tampoco son las mismas. Pero eso no significa que el humor cubano haya perdido calidad».

Al referirse al desempeño de las mujeres en el humor —un ámbito dominado fundamentalmente por hombres— asevera que «las que tenemos ahora, como Yerlín Pérez (Deja que yo te cuente); Olivia Manrufo (Vivir del cuento) y otras, lo hacen muy bien. Sin embargo, creo que existen pocas oportunidades. Antes hacía radio, cabaret y televisión; los tres al mismo tiempo. Eso me daba la posibilidad de enriquecer mi actuación y crear destrezas. Ahora no sucede así. Creo que las posibilidades están restringidas y eso no tiene nada que ver con aquello que afirman algunos de que los hombres, de cierta forma, usurpan esos espacios, ni con que las mujeres estén relegadas».

Mientras narra sus experiencias, observo cada uno de los recuerdos que decoran su casa: el retrato de su madre como centro de ese universo de evocaciones; fotos de su intensa carrera en la actuación, el canto, el baile; imágenes junto a su familia y amigos; reconocimientos, lauros; y en la parte superior de una de las paredes, el Premio Nacional de Humorismo 2010, que le entregó el Centro Promotor del Humor.

Alza la mirada, lo contempla y confiesa que ha tratado «de hacer todo sin disgustos, risueña, con mi mejor sonrisa. Así logré ser respetada. Me siento plena con mi carrera y reconocida por la gente, que es lo más importante. Por eso me gusta tanto hablar de mi pueblo cubano, que me subió a los escenarios y me aplaudió desde la primera vez. Eso no lo olvido, porque en la vida hay que ser agradecido».

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