Jaime Sarusky: Persistente en el trabajo y el amor

Juventud Rebelde reproduce la entrevista on line que recientemente ofreció el Premio Nacional de Literatura,+ a quien está dedicada la 20 Feria Internacional del Libro

Autor:

Redacción Digital

Aunque por su apellido puede parecer lo contrario, el escritor y periodista Jaime Sarusky nació en La Habana y se crió hasta los nueve años de edad en Florencia, un pueblo de la provincia de Ciego de Ávila. «Mis padres se conocieron en Cuba en los años 20 del siglo pasado. Él procedía de Polonia y ella de Bielorrusia.

«Tengo que aceptar que en buena medida ya era rebelde desde niño, porque mis padres fallecieron entonces, y no me era nada fácil sostener un buen diálogo con quien debía aclarar mis asuntos. En realidad fue una niñez más tensa que plácida. De tozudo nada, más bien persistente, sobre todo en el trabajo y tal vez en el amor».

—¿Cómo nació el Jaime periodista?

—Mis primeras experiencias periodísticas tuvieron lugar a los 17 años, cuando estudiaba bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara. Allí, con dos amigos estudiantes, hicimos un periodiquito de cuatro páginas, humorístico para mayor precisión, y que denominamos El zorzal, probablemente por Carlos Gardel, a quien le llamaban así.

«Cuando me mudé para La Habana, trabajé en la oficina de una joyería y allí, cuando me quedaba solo, me ponía a escribir un cuento o una crónica que solo guardaba cuando escuchaba los pasos de mi jefe subiendo la escalerilla de la oficina. Y empecé a publicar trabajos periodísticos cuando era «comerciante» en Marianao. En el periódico El Sol publiqué mis primeras crónicas y artículos.

«La vocación por la literatura era mucho más silenciosa. Escribía en la tienda por las noches o los domingos por la mañana algunos cuentos que se publicaron en revistas».

—En los años 50, usted se fue a París y allí fue alumno de Roland Barthes y otros profesores franceses. ¿Cómo fue aquella experiencia?

—Barthes era un brillante intelectual francés y un formidable profesor. Con él seguí un curso muy fructífero de literatura francesa contemporánea, que por supuesto tenía un alcance mucho más allá de la literatura. Cuando estudiaba a algún escritor no se limitaba al propio escritor o a su obra. La información y los detalles sobre el contexto enriquecían sobremanera los datos acerca del escritor y sus obras.

«También estudié con otros dos profesores muy diferentes: el novelista Michel Butor, cuya obra se adscribía al llamado Nouveau roman, o sea, la Nueva novela. A decir verdad, sus cursos no estaban a la altura de lo que impartió Barthes. Igualmente fue muy fructífera la experiencia que tuvimos en el curso de Sociología del Arte con el profesor Pierre Francastel».

—En sus múltiples viajes y actividades por diferentes países, ¿recuerda alguna vivencia que lo conmoviera especialmente?

—Unos meses después de estar en Francia, durante las vacaciones, estudié alemán en un pueblito del sur de ese país. Por supuesto que no era nada fácil dominar en apenas dos meses ese difícil idioma. Estudiaba seis horas diarias en un Instituto y vivía en la casa de una familia alemana que no hablaba otro idioma. Hice buena amistad con la familia y con pocas palabras la señora de la casa me aclaraba cada mañana las dudas que encontraba en el periódico alemán.

«Mi interés era no solo el idioma, sino, por el hecho de ser yo judío por mi origen, quería conocer por dentro un poco del espíritu y la mentalidad de los alemanes, apenas diez años después de haber sido derrotado ese Estado en la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto que nunca le dije a la señora tal detalle.

«La última noche de mi estancia junto a esa familia, la señora tuvo la delicadeza por primera vez de invitarme a pasar a su casa y de compartir un té y unas galletitas. Luego, un poco antes de la despedida, se dirigió al aparador, abrió una de las gavetas, tomó un álbum, se me acercó y lo puso en mis manos. Cuál no sería mi asombro al ver, mientras lo hojeaba, en cada página, fotografías que iban contando la historia del nazismo: Hitler, los grandes desfiles, las concentraciones, muchas banderas con las swásticas etc., etc... Tal vez al mostrarme toda aquella historia, de alguna manera revelaba un poco de nostalgia por aquellos tiempos de dominio alemán y nazi sobre buena parte de Europa».

—William Walker, el protagonista de Un hombre providencial, ¿está basado ciento por ciento en el personaje real o es más bien fruto de la imaginación?

—Es una mezcla  de información sobre Walker y también de imaginación. Primero que todo, el personaje de mi novela ya no es Walker sino Providence; el real tiene su propia trayectoria, y el de la ficción también la suya. Traté de hacer lo más complejo posible ese personaje, lo cual obedecía a la estructura y a los propósitos últimos del texto y nunca a imitar elementos de su biografía.

—¿Qué le quedó de su experiencia de investigar la colonia de inmigrantes japoneses de la Isla de la Juventud?

—Lo más importante fue conocer a la familia Harada, en la que se mezclan dos generaciones de hijos y nietos, una formada al modo japonés y la otra al modo cubano. Cada día  esa madre se iniciaba con la duda de qué servirles a los hijos de ambas generaciones en la mesa. Para mí fue una experiencia única en mis trabajos sobre las comunidades de inmigrantes en Cuba.

—¿Por qué esa predilección suya por los inmigrantes en Cuba?, ¿qué lo atrajo de este tema?

—Si usted es periodista con inquietudes y se entera por fuentes fidedignas de que en Cuba hubo una importante colonia sueca y nunca se ha publicado nada sobre ella, ¿no le dedicaría la investigación que merece? ¿No le parece un tema muy novedoso e importante la existencia de una comunidad sueca en Cuba?

—¿Qué criterio sigue para elegir los temas de sus novelas o investigaciones?

—Una mezcla de algo que me parece sería de interés para muchos y la posibilidad de profundizar el autor en el conocimiento de ese tema.

—¿Cuál de las diferentes actividades que ha desempeñado, como periodista, escritor, traductor y profesor le proporciona mayor satisfacción?

—Algunas me han proporcionado y otras todavía me proporcionan grandes satisfacciones. Tuve muy buenas relaciones y afectos con los estudiantes; el tiempo en que fungí como traductor siempre me fue muy grato, y tanto la literatura como el periodismo me producen mucha alegría en medio de las tensiones de ambos oficios; con los dos me siento muy a gusto, a pesar de las semejanzas y las diferencias.

—¿Cómo es su rutina como escritor?

—Escribo todos los días desde temprano en la mañana, y cuando las contingencias me regalan más tiempo y tengo ganas, escribo por la tarde.

—¿Qué sintió en el 2004 cuándo recibió el Premio Nacional de Literatura?

—Una gran satisfacción y también una gran preocupación. ¿Usted cree que con esa responsabilidad todo lo que se escriba después no debe ser revisado y vuelto a revisar muchas, muchas veces?

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