Ballet Nacional de Cuba: un árbol muy saludable - Cultura

Ballet Nacional de Cuba: un árbol muy saludable

El Gran Teatro de La Habana estuvo colmado de espectadores este fin de semana durante las tres funciones de La magia de la danza

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Parecía que estábamos en tiempos de Festival. Tanto así que el Gran Teatro de La Habana permaneció colmado de entusiastas espectadores durante las tres funciones de La magia de la danza que ofreció el Ballet Nacional de Cuba (BNC), el pasado fin de semana.

Las razones pudieron haber sido muchas: el reconocimiento total a un colectivo que sigue mostrando su clase mundial; la oportunidad de ser testigos del debut de quienes se convertirán en las futuras estrellas del BNC; el siempre agradecido reencuentro con un espectáculo que posibilita apreciar de un golpe afamados pas de deux que enaltecen el catálogo coreográfico de la compañía danzaria más internacional de la Isla... Si a ello se le adiciona lo irresistible que resulta comprobar cuán grande es el arte de Bárbara García, Viengsay Valdés, Anette Delgado, Sadaise Arencibia y Yanela Piñera, entonces es comprensible que el auditorio quiera mucho más, y que espere con ansias que, desde mañana y hasta el domingo, suba a las tablas de la sala García Lorca del GTH la versión completa de Don Quijote.

En cuanto a La magia..., cabe decir que constituye un goce supremo disfrutar las creaciones coreográficas que ha realizado Alicia Alonso de clásicos como Giselle, La bella durmiente del bosque, Cascanueces, Coppelia, Don Quijote y El lago de los cisnes, vistas en una noche que cierra con una escena de Sinfonía de Gottschalk, de la autoría también de la prima ballerina assoluta.

Más que mágico es ver a nuestras sólidas primeras bailarinas interpretando de un día para otro los roles protagónicos de diferentes piezas con la sensibilidad, la distinción y el virtuosismo de quien solo se ha dedicado a bailar lo mismo una y otra vez. Y es que han calado tan profundamente a Giselle, Kitri, Odette, el Hada Garapiñada, a la Princesa Aurora, que les pertenecen definitivamente.

En un espacio tan reducido, no me puedo detener en cada una de las cabales actuaciones ejecutadas por estas artistas consagradas. Mas no puedo dejar de referirme, por ejemplo, a la notable personalidad y del amplio registro técnico-interpretativo de Bárbara García, que le facilita encarnar los más variados roles de una manera artísticamente impresionante. Nadie puede quedar indiferente ante la intensidad con que los dibuja.

¿Qué decir de la Valdés rotundamente artista y segura, con sus balances infinitos en arabesque, con esa forma de girar que parece sobrenatural? Igual se podría decir de la entrega incondicional de la Delgado, dueña absoluta del movimiento, un poder que utiliza en función de regalarnos el don de la danza admirable; de la Arencibia, que fascina y magnetiza con la transparencia de su estilo romántico-clásico, siempre emotiva e inspirada. Y está, por supuesto, la Piñera, ya con su clase de primera bailarina, capaz de exaltar al auditorio con su exuberante virtuosismo, con el brillo en su ejecución que distingue a la escuela cubana de ballet.

Mas seguramente no he dicho nada nuevo. Todas estas destacadas figuras nos tienen acostumbrados a que cuando danzan en el escenario ocurre como si «inventaran» el arte. Entonces ya no se trata de seguir la música concatenando pasos, sino de desbordar energía y sensibilidad, de deleitarnos mientras viven a plenitud en cuanto se descorren las cortinas. Por ello fue enorme la responsabilidad de aquellos que debutaron en roles tan complejos, y tuvieron que acompañarlas como partenaires en estas presentaciones.

Sin embargo, la aún escasa experiencia y la corta edad de Arián Molina, Camilo Ramos, Yanier Gómez, Osiel Gounod y Alfredo Ibáñez no les impidieron asumir con pasión y entrega sus labores, comportándose como  atentos partenaires, como consecuencia de la poderosa técnica académica que han ido desarrollando. Un rasgo común de la escuela cubana de ballet que refuerzan con creces Alejandro Virelles (impresionan su estilo impecable y su línea cabal, así como el control que ejerce sobre sus giros que suspende a su antojo), y los elegantes y refinados Dani Hernández y José Losada.

Por supuesto que todavía les queda por andar a Arián, Yanier, Osiel, Alfredo y Camilo, en lo concerniente a ofrecer creaciones más personales, más sentidas, hacer más suyas la dimensión psicológica de las historias que representan, trabajarlas desde adentro, lo cual llegará, sin dudas, con el fogueo en la escena. Mas estoy convencido de que muy pronto escucharemos hablar con admiración de estos muchachos.

Faltaría por decir que La magia... también nos sorprendió con otras ascendentes figuras que si bien ya se habían apoderado de algunos de estos papeles fuera de la Isla, no habían sido descubiertas acá. Así, Coppelia ofreció muchas de las mayores alegrías de estas funciones al ponernos en contacto con las perfectas gracia y precisión de Amaya Rodríguez; con las espléndidas extensiones, la fuerza y la belleza de Estheysis Menéndez; con el encanto, la fluidez y la magnífica presencia escénica con que Grettel Morejón sabe dotar cada actuación. Justamente Grettel protagonizó una de las Coppelia más aplaudidas, gracias también al carisma y la vitalidad de Osiel Gounod, ovacionado por sus saltos superdotados y su excelencia técnica.

En fin, que podemos estar tranquilos: contamos con una de las escuelas de ballet más grandes que existen en el mundo, y el Ballet Nacional de Cuba continúa siendo una gran compañía. No queda otra que darle la razón a Alicia cuando asegura que la institución que ella dirige «es un árbol muy saludable».

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