¡Me voy pa’l pueblo!

En el proyecto comunitario El Gallinero, del joven instructor de arte Luis Yuniel Zuñes Alfonso, los niños difunden las tradiciones campesinas del poblado de Viana, de Sagua la Grande, en Villa Clara

Autor:

Kaloian Santos Cabrera

Cuando se presentó y dijo del poblado de donde venía, se refería a una familia inmensa, no a una región. Nunca habló de rescatar sino de promover la cultura de su terruño. Luego introdujo un pensamiento de Charles Chaplin que reza: La vida es una obra de teatro que no permite ensayo. Por eso canta, ríe, llora y vive intensamente cada momento de tu vida, antes que el telón caiga y la obra termine sin aplausos.

Con tal filosofía apareció en la escena del V Taller Nacional de Experiencia Científico-Práctica de Instructores de Arte, el joven Luis Yuniel Zuñes Alfonso para contar sobre la existencia de El Gallinero, un proyecto comunitario donde los niños difunden las tradiciones campesinas del poblado de Viana, a 17 kilómetros de Sagua la Grande, en Villa Clara.

El trabajo le valió uno de los premios mayores del evento. Y no es para menos, cuando semejante filantropía revoluciona —al parecer— la vida rutinaria de los lugareños de esos parajes del centro de la Isla.

La idea original de El Gallinero es de Anabel Ramírez, una instructora de arte graduada en los años 80, quien confió en Luis Yuniel y puso todo en sus manos.

«Funcionaba como una peña en la Casa de Cultura de Sagua la Grande, donde los niños se disfrazaban de gallos y gallinas. Presentaban las actividades y los artistas. Yo incorporé el teatro como base del grupo, y abrí las puertas para que pudieran fluir todas las manifestaciones artísticas.

«De este modo comenzamos a montar obras infantiles que tuvieran que ver con nuestras tradiciones campesinas.

«El Gallinero no es una escuela profesional de arte. Es un espacio para que los más pequeños se diviertan y crezcan rodeados de la cultura; para que se puedan convertir en mejores seres humanos. Pretende convertirse en un reflejo de Viana», explica Yuniel, en un aparte con JR.

—¿Cómo sorteaste los inconvenientes con los que seguramente chocaste?

—Vivo en una zona en la que están muy aferrados géneros como los corridos mexicanos o el reguetón. Así que no pretendí nunca competir con los gustos ya afincados sino proponer cosas nuevas.

«Es imposible que los niños se desvinculen de lo que diariamente los rodea. La idea con este proyecto es que vean que lo tradicional no está divorciado de lo moderno, y que existen otras propuestas hermosas que pertenecen a nuestras raíces, a nuestro pueblo. Busco que todos se sientan orgullosos de sí mismos y de nuestra identidad.

«Claro que he pasado trabajo, sobre todo carencias materiales, pero gracias —en prima instancia— a la ayuda de los padres, la escuela, la Casa de Cultura, entre otras instituciones, siempre salimos adelante. Entonces, cuando ves a casi toda la comunidad en función del arte y la cultura, en acciones donde los niños son protagonistas, no importan las dificultades. Y me siento orgulloso de El Gallinero. Lo digo sin modestia ninguna».

—Eres nacido y criado en el campo, ¿cómo fue tu paso por la ciudad?

—Fui a estudiar a Santa Clara, a la Escuela de Instructores de Arte. Por primera vez vi las luces, la arquitectura, la vida cultural, hice nuevos amigos, en fin... me enamoré enseguida de la ciudad. Entonces ya no quise volver más a Viana. Imagínate que en mi casa se acaba la novela de turno y a dormir.

«Pero el tiempo pasó volando. Me gradué y, como fui el primer graduado de mi pueblo, volví a cumplir con mi servicio social. Encontrarme con este proyecto, con las maravillas de mi pueblo, y lo digo de corazón, fue como renacer».

—Como instructor de arte, ¿sientes realizados tus sueños?

—Aunque siempre quise ser bailarín, cuando entré a la escuela me decidí por teatro, buscando experimentar algo nuevo. Ahora no me arrepiento para nada de haber vuelto a Viana y ser instructor de arte. Me siento inmensamente feliz y realizado por eso.

«Quiero que cuando mis niños pasen las fronteras del pueblo, no les suceda como a mí, que me perdí embobecido tras las luces de la ciudad. Que puedan enamorarse de la ciudad, pero que sepan el valor inmenso que tiene un lugar como Viana».

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