Retrato de marinas

El director Enrique Álvarez y Claudia Muñiz conversan con Juventud Rebelde de las memorias y desarrollo del filme cubano Marina

Autor:

Jaisy Izquierdo

Vigilados por un Sergio de grandes dimensiones que, telescopio en mano, nos miraba como a insectos desde la pared principal de la sala de Enrique Álvarez y Claudia Muñiz, conversamos de las memorias y desarrollo de un proyecto que comenzó de cara a las olas y que hoy llega a la pantalla grande bajo el nombre de Marina.

«La idea inicial de hacer una película en Gibara se nos ocurrió en el séptimo Festival de Cine Pobre, al que Claudia y yo habíamos asistido con el corto Domingo y que resultó premiado en aquella edición», afirma Enrique, quien ha dirigido anteriormente películas como La ola y Miradas, y que confiesa sentirse inspirado ante ciertos espacios que lo seducen a filmar.

«A veces el lugar físico, los espacios arquitectónicos, o determinada zona geográfica me sugieren un escenario donde pudiera incluir actores y contar una historia. Ahora en Marina una ciudad rural y costera como lo es Gibara. Recuerdo que estábamos parados en su Malecón mirando los botes y se me quedó grabada la imagen de Claudia contemplando una marina. Este cuadro que me formé en aquel instante resultó ser la primera escena de la película».

No obstante, reconoce Enrique que la musa de su esposa fue la que convirtió el sueño en realidad, después de que asistieran a un taller de guiones liderado por Enrique Pineda Barnet, pues «fue Claudia quien terminó convirtiéndose en protagonista de la escritura, contándonos una historia que ella misma va susurrando desde adentro, con una mirada que yo no llamaría muy femenina pero sí muy íntima».

Entonces Claudia, a quien el título de coguionista le parece una carga demasiado pesada para alguien que nunca antes había escrito nada, me explica que asumió la escritura desde la actuación y viceversa: «Fue como un círculo. Escribir me ayudó como actriz a comprender el personaje, y a la vez el hecho de ser actriz, me permitió fluir en la construcción de diálogos y situaciones. A veces cuando veo una película me pregunto cómo alguien pudo decir un texto tan difícil, o a quién se le ocurrió escribir un diálogo que jamás se escucharía en la vida real. Me interesé por contar una historia pegada a la tierra, historias mínimas de gente normal, que te pasa por el lado y ni la adviertes, pero que si te detienes a observarla te puede atrapar».

Para la confección de los personajes Claudia partió de sí misma, de sus experiencias y de historias familiares. Es por eso que en el personaje que interpreta Mario Limonta hay mucho de su abuelo, mientras que la mejor amiga de Marina es representada por Marianela Pupo. Claudia escribió para ella las escenas que comparten frente a la cámara «aprovechando toda la complicidad de nuestra amistad real, y tratando de imaginar en mi cabeza cómo reaccionaría ella ante las situaciones del personaje, o qué respondería en cada momento. En ese sentido es muy personal», admite.

Con Marina, la muchacha que de regreso a su pueblo natal se encuentra a su padre muerto y su casa habitada por damnificados del ciclón, confiesa tener algunas cosas en común: «Esa fragilidad que de alguna extraña manera la hace ver fuerte y segura, aunque no expresa todo lo que piensa y guarda por dentro los conflictos que la atormentan. Parece fuerte cuando no lo es tanto; la gente puede pensar que lo tiene todo claro y no es así. En esa dualidad de la fragilidad y la decisión de querer vivir su vida, tenemos mucho que ver».

Carlos Enrique Almirante se unió al equipo pocos días antes de ir a filmar en Gibara. Se tuvo que leer el guión durante el viaje y, sin apenas poder ensayar, se lanzó a rodar. «Su personaje requería de cierta hosquedad, cierta sequedad que lo diferenciara de los demás, y que se va limando a partir de su relación con Marina, hasta encontrar ambos un asidero en sus vidas», explica Claudia, quien me afirma que los puntos más chispeantes en esta historia de amor lo tienen Mario y la muchacha holguinera.

Producida por el ICAIC, la cinta contó además con el apoyo espiritual del Festival de Gibara y cuenta su director que con un escaso presupuesto y un mínimo equipo técnico, se tuvieron que ajustar para realizar el rodaje en tan solo dos semanas: «Filmamos antes, durante y después del Festival. Aprovechamos la cobertura del evento para captar una fiesta nocturna, por ejemplo; pero por suerte la mayoría de la cinta la rodamos antes o después porque increíblemente el pueblo muda su aspecto durante esos días».

La fotografía a cargo de Santiago Yanes, quien acompañó a Kiki en su primer largometraje La ola, transpira un aire salino que juega con el nombre de la protagonista. Al respecto, Enrique ahonda que «jugamos con el hecho de estar retratando marinas, de relatar todo el tiempo una historia que ocurre al borde del mar y que la fotografía va a asumir con una calidad paisajística, con un tiempo que transcurre de manera más pausada. El público tal vez no esté acostumbrado a este ritmo porque la mayoría de las películas cubanas se filman en La Habana, con el frenesí de las personas que la habitan. Pero pienso que puede resultar interesante otra mirada sobre la realidad de la Isla».

—¿No son el mar y la identidad ideas recurrentes en tus obras para acercarte a la sociedad cubana?

—Cuando escribí el guión afloraron mis obsesiones, mis maneras de visitar nuestra realidad, que además aparecen hasta de forma inconsciente. Son temas que de una manera u otra van apareciendo.

«Lo que sí tenía muy claro al hacer esta película es que esas temáticas están tan asumidas por los personajes que no son ni siquiera traumáticas.

—¿Satisfecho entonces?

—Esta película marca una maduración de mi labor como realizador en el trabajo con los personajes, la dirección de actores, y la puesta en escena. Por momentos puede parecer estática, pero pienso que no deja de transmitir toda una sensualidad el recorrido del personaje por la pantalla. Son ganancias que la película tiene en relación con el aprendizaje de un oficio que a uno siempre le saca sorpresas y depara nuevos aprendizajes. No me aventuro al decir que no volveré a rodar una película como esta.

—¿Y qué harás?

Marina pone punto final a un ciclo, da cierre a un camino que venía haciendo durante años. Pero en el trayecto descubrí especies de callejones, veredas que me abrieron a otras maneras de hacer cine y cosas que me gustaría experimentar. Ahora estoy editando otro largometraje de ficción titulado La Jirafa.

Miro a Sergio nuevamente, al acecho todavía, y me pregunto qué tanto mira ahora, a la vuelta de los años, más acá del catalejo. ¿Acaso su lente curiosa se inclina para mirar la silueta de nuevas historias que con nombre de mujer —como antes lo hicieran Lucía, Cecilia, Alicia o Teresa—, persiguen por el celuloide los confines de esta Isla?

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