Eternizar las cosas que nos rodean

El joven poeta matancero Leymen Pérez sostiene que el artista debe ser consecuente con lo que piensa, vive, siente y ve

Autor:

Hugo García

MATANZAS.— La Atenas de Cuba es pródiga en hijos que la ilustran con las letras y el arte. Tal es el caso del joven poeta Leymen Pérez (1976), quien dio a conocer sus primeros títulos en Ediciones Matanzas y posteriormente en la Editorial Aldabón, de la AHS mantancera, organización donde se desempeñó como jefe de la sección de Literatura durante varios años.

En la actualidad es miembro además de la UNEAC y ya ha publicado siete poemarios en diversas editoriales cubanas. Por la relevancia de muchos de ellos ha recibido varios premios, entre los que se encuentran el Calendario (que otorga la AHS), la Beca Prometeo de La Gaceta de Cuba (en dos ocasiones), y el Hermanos Loynaz, entre otros.

—¿Cuánto te ha marcado la familia y la poetisa Carilda Oliver Labra en tu vocación literaria?

—La influencia de mi abuelo Juan Luis García, un destacado repentista matancero, fue decisiva en mi vida. Desde mi niñez estuve cerca de toda la cultura popular y de los repentistas más relevantes de la provincia.

«También fue un privilegio conocer a Carilda. Ella me facilitó su biblioteca, donde pude leer a los grandes clásicos de la Literatura. Todavía conservo una cuartilla manuscrita de algunos de los títulos que me sugería para no perder tiempo leyendo obras menores. Recuerdo que me insistía en que debería releer a Lorca, Machado, Whitman, y sobre todo a la tradición literaria cubana. Creo que los poetas cubanos deben volver una y otra vez sobre el legado artístico y simbólico que posee la literatura cubana, edificada sobre bases sólidas y con una visión universal en todos los órdenes».

—A propósito de las tradiciones, se advierte en tu obra una preocupación por la Patria, la Historia de tu país...

—El contexto en que uno vive siempre determina su trabajo, y si uno quiere hacer una obra concisa, sincera, debe tenerlo en cuenta, o corre el riego de caer en un discurso artificial.

«Uno debe ser consecuente con lo que piensa, vive, siente y ve. Octavio Paz decía que el poeta es un historiador que imagina lo que sucede, pero eso no significa que uno adquiera posturas iconoclastas o vacías.

«Precisamente, mi último libro publicado, Corrientes coloniales, es una especie de reescritura de la Historia, desde el bojeo de Sebastián de Ocampo hasta finales del siglo XIX. Cada generación debe reescribir la Historia o al menos repensarla, y cada generación debe desentrañar aquellos mitos y elementos que conforman la cultura.

«El poeta tiene la función de hacer las más altas preguntas y eso requiere dedicación. El verdadero poeta es quien va en busca de un sacerdocio espiritual y eterniza la cosas que lo rodean».

—¿Cómo valoras la poesía joven actual?

—Hace unos años leía más lo que se está escribiendo en Cuba por mi generación, pero desde hace dos a la fecha leo solo algunas voces que me parecen más sólidas y honestas, porque hay un gran coro, y en el cual todos parece que cantan igual, excepto algunos autores. Considero que hay pocos enfoques teóricos que organicen y jerarquicen a las voces más representativas. Me parece que hay mucho talento, pero falta carácter e intensidad. El poeta debe entregar su alma sin importar si el costo es alto.

—No hace mucho te otorgaron el premio provincial de investigación Raúl Ruiz. ¿Coincide ese empeño con tu preocupación por la Historia de la nación?

—Por supuesto. Específicamente estudio desde hace unos años la controvertida personalidad del intelectual matancero Alberto Lamar Schweyer, un hombre de derecha que tuvo una vida muy activa en las décadas del 20 y del 30 del siglo pasado. Es necesario estudiarlo con todos sus matices porque la historia está compuesta no solo de personajes positivos.

—Trabajas desde hace un tiempo en Ediciones Matanzas, donde te desempeñas como editor de libros y específicamente de su revista. ¿Consideras que es reconocido el papel que tiene el editor en el mundo de la Literatura?

—Lamentablemente es una figura bastante olvidada y poco reconocida en el ámbito cultural cubano. Son considerados como meros técnicos, y en los calificadores de cargos también se contemplan así. Incluso los mismos autores a veces no son conscientes de la importancia de un editor. Un editor puede salvar un libro, o al menos aportarle elementos significativos.

«El editor es el mediador entre el autor y los ojos del lector. Para mí esta experiencia ha sido enriquecedora porque me ha permitido ver la Literatura de conjunto y desde el punto de vista estructural de los volúmenes».

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