Ausencia no quiere decir olvido

Desafiante del tiempo, la argentina Lucila Quieto logró en Arqueología de la ausencia armar un retrato familiar que la dictadura cívico militar en Argentina le arrancó. La expo puede verse hasta la semana entrante en el Centro Hispanoamericano de Cultura

Autor:

Kaloian Santos Cabrera

Durante mucho tiempo, la argentina Lucila Quieto miró con insistencia las pocas fotos por las que conoció la imagen física de su padre Carlos Alberto Quieto. Él era obrero del puerto de Buenos Aires y militaba en Montoneros, una organización guerrillera identificada con la izquierda peronista.

El 20 de agosto de 1976, Carlos Alberto fue secuestrado. Dos días después lo vieron en un centro clandestino que funcionaba en una central de policía. Esa constituyó la última información sobre su paradero. Alicia, su compañera, igualmente secuestrada, tenía cuatro meses de embarazo. Dentro de ella crecía Lucila.

Carlos Alberto Quieto es parte de los más de 30 000 compañeros que desde hace 35 años están desaparecidos por la última dictadura   (1976-1983). Lucila, criada por su madre, tuvo que esperar 17 años para poder inscribir el apellido de su padre en su documento de identidad. Hoy tiene 35, es madre, fotógrafa y trabaja en el Archivo Nacional de la Memoria que pertenece a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.

Desafiante del tiempo, logró en Arqueología de la ausencia armar ese retrato familiar que la dictadura le arrancó. Se trata de un excelente ensayo fotográfico publicado en 2001, cuando contaba con 25 años. Gracias al recién finalizado XI Salón y Coloquio de Arte Digital, organizado por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, esta exposición puede verse hasta la semana entrante en el Centro Hispanoamericano de Cultura.

La fotógrafa anduvo por La Habana. Entre caminar sosegadamente por la ciudad, lejos del caos y la premura con que transcurre la vida en Buenos Aires, presentar su obra, conversar con el público e intercambiar experiencias con creadores cubanos, pasó una apretada semana. En uno de sus ratos libres conversamos sobre Arqueología de la ausencia, un trabajo al cual Quieto define como el cierre de una reflexión que le llevó un cuarto de siglo.

«Lo más costoso fue traducir qué quiero transmitir con las imágenes. Y finalmente salió lo que buscaba: expresar la angustia ante la falta de imágenes y el deseo de poder construir-reconstruir ciertas realidades ausentes», manifiesta la artista en las palabras de presentación.

Por eso el camino fotográfico para lograr su objetivo fue diverso, quizá surrealista.

«Quería tener una imagen física, palpable, junto a mi padre. Y la primera idea salió de hacer collages con las fotografías de mi mamá y de él. De ahí pensaba sacar una figura, una persona, que vendría a ser yo. Pero luego proyecté en diapositivas las fotos contra una pared, me interpuse y me retraté».

Al resultado del experimento su autora le llama tercer tiempo porque «se mezcla la imagen del pasado, la acción de introducirse en esa imagen en el presente y la fotografía de ese encuentro para el futuro».

Pero no terminó ahí. Desde que nació el boceto de este trabajo Lucila pensó en compartirlo. «Cuando decidí contar mi historia en fotografías siempre sentí que trascendía a mi familia. Estas historias son parte de la memoria de Argentina», narra, al tiempo que rememora el día que colgó un cartel en la sede de HIJOS, organismo de derechos humanos en el que milita y que agrupa a descendientes de desaparecidos y asesinados por la dictadura, que decía:

«Si querés tener la foto que siempre soñaste y nunca pudiste tener, ahora es tu oportunidad. No te la pierdas. Llamame».

Concurrieron muchos compañeros y así, durante dos años, estuvieron trabajando. «En ningún momento fue una cuestión triste ni nostálgica. Todo el tiempo era una sensación de alegría, complicidad y reencuentro».

Hoy corren nuevos aires en Argentina. Se celebran al fin los juicios por las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura, la juventud ha vuelto a tomar las calles, los espacios de discusión han enarbolado la bandera de la memoria y son protagonistas de la reconstrucción del país.

«Los juicios a los militares representan un acto de justicia. Pero no puedo salir a festejar porque hayamos ganado. Mi viejo y miles de compañeros no están. La dictadura destruyó nuestra sociedad, torturó a miles de jóvenes, masacraron nuestras vidas, nuestras familias, y a personas como a mí nos marcaron para siempre. Y eso no se repara. Aún falta mucho. Por suerte la generación de mi hijo ahora crece con otras ideas».

Lucila trabaja en el Archivo Nacional de la Memoria, que se encuentra enclavado en la antigua Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el más famoso centro clandestino de detención y tortura de la dictadura argentina y por el que se estima pasaron más de 5 000 prisioneros. Hoy en sus edificios hay un museo, un centro cultural, una escuela de música popular y un multicanal de televisión, entre otras instituciones socioculturales.

«Comenzar a trabajar ahí fue difícil y chocante para mí. Imaginaba la historia del campo de concentración y las vivencias cotidianas de las miles de personas torturadas. Por eso es importante mantener viva y abierta la memoria».

Y, precisamente, Arqueología de la ausencia, más allá de las excepcionales obras de arte que muestra, constituye esa huella indeleble que, como dice la propia Lucila Quieto, «une el pasado con el presente para no olvidar. El presente con el futuro para exigir justicia».

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