No van lejos los de adelante

Los directores de las óperas primas en esta edición del Festival de Cine no son tan principiantes. Acumulan una experiencia anterior en el documental, el corto de ficción o como guionistas

Autor:

Jaisy Izquierdo

Las óperas primas, ese apartado del Festival que se torna vocero de los iniciados, y que muchas veces es relegado a un segundo plano en pos de obras más certificadas por el hecho de provenir de los casi o ya consagrados, suman para esta 33 edición de la cita habanera 21 obras, las cuales iniciaron en las salas oscuras la escalada en pos del preciado Coral.

Este año las cintas que conforman la selección de los principiantes, que no lo son tanto, llegan avaladas por cineastas que, en su generalidad, concretan ahora su primer largo de ficción tras lo que podríamos llamar una demora fecunda, en la que han potenciado una destreza en géneros afines como el documental y el corto de ficción, o que han emigrado a la dirección desde las lides de la escritura de guiones.

Tal es el caso de Las acacias, un filme argentino que sorprendió a todos con el premio Cámara de Oro nada menos que en la meca de Cannes, al cual se unió luego el lauro Horizontes Latinos en San Sebastián. Con escasísimos diálogos, dos actores y una niña de meses, Pablo Giorgelli, de 43 años, construye un road movie en camión desde Paraguay a Buenos Aires, que deviene también el tránsito de un hombre esquivo hacia la comunicación y el deseo de vivir a plenitud.

Después de componer los exitosos guiones de Un novio para mi mujer, ¿Quién dice que es fácil? e Historias mínimas, Pablo Solarz se animó no solo a escribir sino también a dirigir su primer largometraje. En Juntos para siempre vuelve a entretejer la madeja de los conflictos de pareja, entre el humor y la tragedia de un escritor que rehuye de los problemas sin darse cuenta de que esa es la manera más estrepitosa de caer en ellos.

De igual manera el también guionista argentino Santiago Mitre —recordemos Carancho, de Pablo Trapero— se lanzó a rodar ficción, y con ello consiguió impactar en el Festival de Cine de Gijón y salir airoso con tres de sus premios más importantes, gracias a El estudiante, un alegato a favor de la ética en la política; filme que también le conquistó un reconocimiento en el Festival Internacional de Cine de Locarno en Suiza, aunque la verdadera ganadora de este certamen fue su coterránea Milagros Mumenthaler.

La Mumenthaler igualmente incursiona por vez primera en el largo de ficción con la cinta Abrir puertas y ventanas, y que terminó llevando consigo el Leopardo de Oro mientras que una de las tres protagonistas que intervienen en la historia, María Canale, terminaba como la mejor actriz del certamen. Preferida además en Mar del Plata, la película recoge el drama de tres jóvenes que tras la muerte de su abuela rebasan las barreras de mundo interior del hogar.

La nómina argentina se completa con el filme El notificador, sobre un empleado público alienado, abatido e insensible que el director Blas Eloy Martínez atasca en un presente eterno. Llama la atención que un tema como el de la dictadura, casi un género dentro de la cinematografía argentina, salte a la vista ahora desde una cinta mexicana, El premio. Y no es de extrañar, su directora Paula Markovich, nacida en Argentina pero radicada en México, nos advierte que tal temática todavía es un filón no agotado de nuevas historias, y premios: dos Osos de Plata en la convocatoria de Berlinale, reconocimientos en los festivales de Guadalajara y Guanajuato, y el Premio a Mejor Película Mexicana en el Festival Internacional de Cine de Morelia.

En El premio la realizadora viaja al pueblo de su infancia, San Clemente del Tuyú, para recrear desde la mirada de una niña el fenómeno del «incilio», el refugio de militantes de izquierda en pequeños pueblos del interior del país para escapar de las represiones.

Otra fémina azteca, Iria Gómez, quien ganó por su corto de ficción Dime lo que sientes la máxima distinción que otorga la Academia mexicana, traslada para su debut en el largo, con Asalto al cine, la mirada a los jóvenes de su país, en una parábola que bien podría alcanzar a toda la juventud marginada de oportunidades y carente de afecto. Una historia refrescante que con cuatro muchachones retrata la cultura hip-hop, y que le mereciera a uno de ellos, Gabino Rodríguez, el Premio Especial a Mejor Actor.

Precisamente Rodríguez fue el escogido por Sebastián Hiriart —también funge como coescritor y productor—, para el papel principal de A tiro de piedra, donde un pastorcillo moderno encuentra, como en un cuento de Las mil y una noches, un llavero con una dirección del otro lado de la frontera norte. Solo que la realidad de los mojados, indocumentados, ilegales, o como se les pretenda nominar, no cuenta con una lámpara maravillosa a su favor.

Kyzza Terrazas, coguionista de Déficit (Gael García), se lanza al ruedo de la dirección de actores y escoge para El lenguaje de los machetes a otra debutante, la cantante Jessy Bulbo, la cual junto a Andrés Almeida, dan vida a una pareja de novios medio hippies que planean cometer un atentado e inmolarse en contra del sistema, para hacer notorio su disgusto social.

Semejante decisión toma el venezolano Diego Velasco al entregar el papel principal de La Hora Cero al artista de hip hop underground Zapata 666. Después de realizar cinco premiados cortometrajes, incluidos Day Shift y Cédula Ciudadano —preseleccionado al Oscar—, Diego cumple su sueño con esta película de acción que ha batido récords de taquilla en su país y en la que no faltan policías, helicópteros, extras, persecuciones y dobles de riesgo. El guion viene firmado por una de las escritoras de Anatomía de Grey, la guatemalteca Carolina Paiz, quien nos acerca a la huelga de la Federación Médica Venezolana en 1996, donde un asesino a sueldo se verá forzado a tomar como rehenes al personal de una clínica para salvar la vida de su novia.

La emigración con toda la dosis de soledad, desarraigo, nostalgias e incomprensiones es el eje que atraviesa la cinta chilena de Óscar Godoy, demostrando que es un tema que nos atañe a los latinos por igual y que, especialmente en Ulises, como irónicamente se transluce en su título, los héroes no siempre vuelven a su querida Ítaca. Sobre la misma cuerda pero en una dirección diferente, la boricua Under my nails nos relata una historia que ocurre en Nueva York pero que es una realidad del Caribe. La actriz Kisha Tikina Burgos, que escribió y coprodujo el filme junto a su esposo, el director Arí Maniel Cruz, nos interpreta a Solimar, una mujer obsesionada con las prácticas sexuales de sus vecinos caribeños.

Si Under my nails (mejor película del Festival de Cine Internacional de San Juan) explora el sadomasoquismo, el voyerismo en un intento de conectar la violencia con el sexo; la directora chilena Francisca Silva se lanza con La mujer de Iván (Precolombino de Oro del XXVIII Festival Internacional de Cine de Bogotá) por el camino de la diferencia de edad, los roles establecidos para marido y mujer y el papel de la moral para auscultar los complejos caminos de las relaciones de pareja.

Tras su pase por Cannes, Toronto y San Sebastián, el largometraje colombiano Porfirio arriba a La Habana para contarnos un hecho basado en un suceso real: el intento de secuestro de un avión en Colombia por un ranchero paralítico en su silla de ruedas con dos granadas ocultas en su pañal, y que para mayor lealtad a lo acontecido está encarnada por un actor no profesional: nada menos que el mismísimo Porfirio Ramírez Aldana.

El guatemalteco Sergio Ramírez, tras filmar de manera independiente tres documentales, también se aleja de los actores capacitados en los diversos métodos histriónicos, toma Distancia y se apoya en personas de las etnias quiché, qeqchi e ixil, para hacernos viajar hasta las hermosas montañas de los Cuchumatanes en las cuales se reencuentra el indígena Tomás Choc con su hija, 20 años después de que fuera secuestrada por el ejército guatemalteco.

La brasileña Girimunho, que logró dos palmarés especiales del jurado en el 33 Festival de los 3 Continentes de Nantes, tampoco cede al encanto de recrear con las voces y rostros de los lugareños la optimista historia de una mujer que acaba de perder a su marido en un pueblo de Brasil y debe habituarse a continuar girando en el remolino de la vida. Helvécio Marins Jr. y Clarissa Campolina trabajan juntos desde 2002 y sus cortometrajes Trecho y Nascente les han aportado más de 30 premios nacionales e internacionales.

La selección brasileña queda completa con cuatro cintas: Historias que solo existen cuando son recordadas, de Julia Murat; Riscado, de Gustavo Pizzi; Sudoeste, de Eduardo Nates —conocido como Sr. Corto por sus más de 30 premios recibidos en este arte—; y Trabalhar cansa, de Marco Dutra y Juliana Rojas —otro dúo con amplios resultados en el corto—. La primera contrapuntea entre dos generaciones que se confrontan en un lugar olvidado por la civilización, mientras que la segunda fabula con una salina en extinción y la vida mágicamente acelerada de una mujer.

En el Festival de Cine de Sitges, Trabalhar cansa provocó aplausos por convertir la crisis y el desempleo en algo terrorífico, a la vez que Riscado llamó la atención en Premiere Brazil en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, por hablar de una actriz talentosa que no consigue triunfar y se gana la vida disfrazándose de divas mundiales como Marilyn Monroe.

Solo resta mencionar la película cubana Habanastation, de Ian Padrón, a quien su primer filme también le sorprendió no tan joven. Sin embargo, con Habanastation no solo ha cosechado lauros en Estados Unidos, sino que convidó al gran público cubano a transitar en masa por la taquilla en las pasadas vacaciones.

La estela de premios que estas «obritas» primeras les han reservado a sus realizadores, para que empiecen con pie derecho la carrera como directores de largometrajes, me hace pensar que no van tan atrás los postreros, ni tal trecho les separa de aquellos que un día también resultaron primerizos.

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