Rinden homenaje a Verónica Lynn por los 50 años de Santa Camila

Verónica confiesa que siente que hay una artista antes y después de Camila

 

 

 

Autor:

Adriana Castillo González

Todos miraron atrás, Verónica Lynn volvía a ocupar aquella butaca en el teatro José Jacinto Milanés, de Pinar del Río, donde filmó parte de La bella de la Alhambra. El aplauso atronador, de espalda a las tablas, la hizo sonreír.

«Lo más maravilloso del mundo para un artista es ver cómo el público lo reconoce con cariño, respeto, admiración como si fuera algo tan de ellos que casi llega a formar parte de su familia, y eso en el artista crea un alimento en el alma y en el espíritu para seguir adelante. Cuando veo ese reconocimiento en nuestros propios compañeros, en el que está hombro a hombro contigo diariamente, trabajando u observándote porque es un crítico, no sé qué hacer, no sé si quererme hundir en el piso y al mismo tiempo me siento por las nubes, me parece que no me merezco tanto».

Apagan las luces y comienza la historia de una mujer tan fiel a su hombre como a sus santos; una mujer que vivía la transformación de su entorno social por una revolución: Santa Camila de la Habana Vieja.

«Recuerdo como ahora el triunfo de la Revolución. De pronto llega ese hombre maravilloso, ese indudable líder que aúna con sus ideas, y te sientes más cubano que nunca, que no eres una cosita más en esta parte del mundo, que se oye tu voz. Era una pasión, éramos todo emotividad y entusiasmo, todo lo acometíamos con la vida, con tanto fervor.

«Si hay algo que le debo a la Revolución es que me hizo consciente del derecho que tengo a ser independiente, a pensar y a no depender de nadie. Esa dignidad de ser cubano, de poder autodirigirnos», afirmó la notable actriz en el homenaje que se le rindiera por el aniversario 50 del estreno de Santa Camila..., que constituyó un hecho vivo por las reacciones populares.

Cincuenta años después, Verónica Lynn asegura que el premio que recibió de Camila se lo regaló su esposo, el público y aquel guagüero que gritaba: «la parada de Camila», cuando se aproximaba al teatro Mella.

La Verónica del año 62, señala, jamás tuvo conciencia en su momento de que estaba protagonizando obras de importancia para el teatro cubano, pero confiesa que el haber encarnado a una mulata urbana de un solar habanero, creyente y santera, la hace sentir que hay una artista antes y después de Camila.

«Para mí el teatro es contar una historia, pero sobre todo armar esos personajes que te llegan en blanco y negro, en letras, y uno va transformando en figura humana, llenándolos de pequeñas piececitas, como si armaras un rompecabezas».

Las cortinas cubren la escena de Santa Camila de la Habana Vieja, de José Ramón Brene, y ahí está Verónica sonriente sobre las tablas como la primera vez, con un ramo de flores entre las manos y rodeada de otras Camilas pinareñas.

 

 

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