Más ruido que nueces

La muestra cinematográfica ha resultado en la práctica menos satisfactoria de lo que la promoción, algunos premios y el prestigio de varios de sus directores invitaban a aguardar

Autor:

Frank Padrón

La esperada semana de cine británico entre nosotros ha resultado en la práctica menos satisfactoria de lo que la promoción, algunos premios y el prestigio de varios de sus directores invitaban a aguardar.

Comenzando por la premier, Monsters (Gareth Edwards, 2010), que detenta el único pecado inconcebible en una cinta futurista o de ciencia-ficción: aburrir; la clásica invasión extraterrestre que une los destinos de un reportero fotográfico y la hija del dueño de una agencia noticiosa, nos lleva a un trayecto farragoso y lentísimo, que desaprovecha los cauces narrativos, aterriza en numerosas «zonas muertas» y no exhibe tampoco un sobresaliente nivel actoral.

Deben concedérsele méritos a la ambientación, ayudada por una fotografía que potencia el claroscuro e incide en la sensación de angustia, pero hay más paja que grano en esta ópera prima, sin embargo reconocida en Sitges y con más de un lauro en los BAFTA (algo así como Óscar inglés) y el certamen de cine independiente, lo que confirma, una vez más, la absoluta relatividad de los premios.

También galardonada (Michael Powell en el Festival de Edimburgo) Skeletons, de Nick Whitfield (2010), es una comedia de corte surrealista sobre dos exorcistas agentes de venta que se dedican a desentrañar secretos familiares; la mezcla de elementos humorísticos y serios está notablemente resuelta, pero al director se le va la mano en efectos especiales, que terminan despeñando el filme por el barranco del efectismo.

También multipremiada, otra ópera prima, Down Terrace (Ben Wheatle, 2009) maneja admirablemente el humor negro mediante una cadena de crímenes que inician un padre y un hijo decididos a desenmascarar al informante de la policía que amenaza los negocios familiares; la aparente frivolidad esconde un sólido estudio de caracteres y una riqueza narrativa que habla muy bien del bisoño realizador, también en la guía de competentes actores (Robin Hill, Julia Deakin, David Schaal, Kerry Peacock...).

Con la expectativa con que se aguarda todo remake, sobre todo cuando se trata de un título estimable, recibimos la nueva versión de El mar profundo y azul, que filmara originalmente, en 1955, Anatole Litvak con una insuperable Vivien Leigh.

Triángulo amoroso que toca eternos ítems como el amor prohibido, la pasión incontenible y la dignidad quebrada en medio de una sociedad rígida y moralista, El mar profundo y azul, la nueva lectura de la pieza teatral concebida por Terence Rattigan muestra ahora el rostro de Rachel Weisz.

De una hermosura lánguida y rayana en la tragedia de una nueva Madame Bovary, quienes no conocen la anterior versión apreciarán mejor un desempeño digno, mas aquellos que no podemos olvidar el trabajo de la Leigh (junto a Lo que el viento se llevó y Un tranvía llamado deseo, figura entre sus mejores interpretaciones) no podemos sustraernos a la inevitable comparación, donde la actriz presente pierde, si bien decorosamente. La nueva lectura fílmica también lo hace, acaso por sus innecesarios énfasis melodramáticos, esencialmente en la música, teniendo en cuenta que la escritura era ya per se un tanto excesiva.

Por último, Pago justo (Nigel Cole, 2010) se basa en hechos reales acaecidos en 1968 en torno a una huelga de trabajadoras en la Ford Motors, exigiendo mejoras salariales e igualdad de género. Afortunadamente, resultó un buen cierre.

Conectada con un cine social a lo Ken Loach, la cinta mantiene el interés de principio a fin; las batallas de Rita y sus compañeras, reivindicativas de los derechos femeninos, se erigen aún hoy como bandera dentro de las cada vez más sólidas conquistas en las luchas de la mujer.

Banda sonora que actúa como eficiente correlato dramático, esenciales caracterizaciones que asumen actrices muy profesionales (Sally Hawskin, Miranda Richardson, Geraldine James...) más un ritmo sostenido y dinámico hacen de Pago justo un estimable título, tal vez lo mejor de una semana británica que transcurrió con más penas que glorias.

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