Con la música en los colores

Eduardo Córdova es un artista cuyo desempeño se distingue por la dualidad de ser un percusionista que construye sus propios tambores

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

Con cada toque de sus manos sobre el cuero del tambor, el músico aviva sonidos, alumbra notas y dibuja un arcoiris de ecos ancestrales. Con sus manos, escucha los secretos que guardan las maderas para hacer sus instrumentos, desborda los colores de su paleta y da vida a las formas que sueña.

Para Eduardo Córdova, graduado en 1982 de la Escuela Nacional de Instructores de Arte, fundador del grupo Obbara y actualmente director musical de la compañía Habana Compás Dance (HDC), esa suerte de hibridez creativa de ser percusionista y artista de la plástica, imprime a su obra un sello que le permite interpretar la música desde los colores y distinguir los matices desde los sonidos.

Acerca de lo que significa ser un músico que elabora sus propios instrumentos y de su trayectoria como músico y artista de la plástica, conversó con Juventud Rebelde.

—Eres percusionista de formación académica y artesano autodidacta. ¿Cómo descubres el talento para confeccionar tambores?

—Me gradué como profesor y músico. La confección de tambores vino después, cuando me reté a hacer un instrumento percutivo. Desconocía por completo ese quehacer; por tanto, de ese primer intento salió una pieza deforme, que parecía un rostro. Ese fue el que me abrió las puertas al universo de las artes plásticas, desde el trabajo de tambores tallados.

—¿Qué otros instrumentos realizas?

—Hago chequerés, güiros, maracas, claves, sillas percutivas y todo lo que sea de percusión, en madera.

—Posees incluso algunos instrumentos que son resultado de tu inventiva…

—En efecto, tengo algunos que son resultado del ingenio y llevan un sello muy personal, como los güiros-chequerés y el chequeré-tambor. Entre mis creaciones más interesantes están los tambores de siete y nueve bocas —la amplia gama de sonidos que estos permiten da la sensación de que estuvieran tocando cuatro personas. Estos dos me han dado la posibilidad de trabajar varias sonoridades en una sola pieza y eso me parece que define mi desempeño musical, porque me permite sacarle al instrumento los sonidos que quiero.

«Tengo en proyecto realizar un drum de madera, hecho a mano, que tenga la sonoridad del cuero natural; y también el bicidrum: una bicicleta estática que da diferentes sonidos percutivos.

«Estoy inmerso en una línea nueva de experimentación. Se trata de la confección de tambores de poco peso y gran durabilidad, realizados con materiales desechables. Veremos los resultados».

—¿Qué te motivó a continuar perfeccionando ese arte?

—Principalmente la aceptación de mi obra y el interés de muchos músicos por la sonoridad de mis piezas. Poco después de realizar la primera comprendí que podía hacer tambores con dos finalidades: una funcional, y otra estética o decorativa. Esa labor sirvió de base para incursionar en la pintura, así como en otras manifestaciones de la plástica.

—¿Cuánto le ha aportado a tu quehacer como percusionista?

—Veo mi obra desde otra dimensión. He podido conjugar la pintura y la escultura en la confección del tambor para lograr como percusionista un desempeño que marque una diferencia. Estas creaciones me han permitido explorar nuevas variantes y alternativas.

—¿Consideras que tu música ha cambiado?

—He tratado siempre de mantener mi propio estilo. Pero estas creaciones me han ayudado a «ver» la música, lo cual me ha abierto el espectro. Esa inventiva me permite fusionar las formas con los sonidos. De ahí nace esa música que posteriormente toco con mis instrumentos.

—¿En qué piensas a la hora de realizar un diseño?

—Me baso en mis sueños e imaginación. Ahí radican las revelaciones que originan mi trabajo. Todo cuanto hago, lo visualizo primero.

—Cada obra que realizas es única…

—Me resulta muy complejo repetir alguna pieza, pues no tengo academia en la plástica y todo lo hago por inspiración. Para mí es más sencillo hacer una obra nueva que repetir lo ya creado.

—Si tuvieras que elegir una de tus creaciones, ¿cuál sería?

—Sin duda mi primera obra, aquella en la que traté de hacer un tambor y salió un rostro. Nunca la abandono. Le tengo mucha fe, pues fue para mí la luz que me impulsó a hacer realidad todos mis sueños.

—¿Cuál ha sido la reacción del público ante instrumentos tan diferentes?

—El público se siente identificado, porque los tambores llevan consigo el grito de nuestros ancestros con color, sonido y forma. Representan nuestra cultura, nuestras deidades e idiosincrasia.

—¿Qué mensaje imprimes en cada tambor que construyes?

—El mensaje es sencillo y forma parte de la energía que fluye con los sonidos de ese instrumento. Mi mensaje se refiere a la comunicación entre los seres humanos desde idiomas tan comunes como el baile, las fiestas, los rituales…

«El tambor es un objeto que transmite fuertes vibraciones, y siempre que yo pueda ser parte de eso me sentiré orgulloso. Sus sonidos son cantos que hablan de los orígenes, del ritmo del corazón, de la tierra y de la vida, y cada uno llega a las personas como presencia constante de lo que fuimos y lo que seremos».

—¿Cómo convive en Eduardo Córdova el binomio percusionista-artista de la plástica?

—Es muy difícil. Lo veo como una lucha entre dos musas que son muy celosas.

—¿Te atreverías a separarlas?

—No creo, ya eso es parte de mi vida. Existe una perfecta fusión en ese híbrido.

—Además de la música y las artes plásticas, tu otra pasión es la enseñanza…

—Tengo talleres en los cuales trabajo con niños que requieren atención especial. Desde mi experiencia personal te digo que la percusión posee propiedades curativas, pues modula los ritmos internos del organismo, es eficaz en la relajación, mejora la concentración, contribuye al trabajo en equipo y a la disciplina e incrementa la creatividad y la autoestima.

«Es muy reconfortante para mí sentir que el sonido de mis tambores atenúa las tendencias negativas y trae paz y armonía espiritual».

—Si tuvieras que definirlo, ¿en qué zona de tu creación dirías que te encuentras ahora?

—Creo que me encuentro en mi mejor momento. Es la fase de transmitir a los demás lo que la energía universal me ha regalado: esa capacidad de crear y enriquecer con mucha fuerza mi obra a partir de los conocimientos que he adquirido. Por eso mi mayor satisfacción es la fe en lo que hago.

«Me siento realizado, porque he cumplido con lo que me propuse. Lo que falte por hacer lo lograré con la ayuda de los que comparten y apoyan mis ideas, y también de esa fuente de energía con que vine a este mundo. Soy feliz por ser capaz de hacer un tambor, sacarle ritmo al cuero, pintar un cuadro, impartir clases, estar en disposición de ayudar a la humanidad y hacerle honor a ese lenguaje universal que es el arte».

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