Maditierra

La Isla de Martinica, peculiar en sus costumbres y tradiciones culturales, se dibuja en cada resquicio de la 32 edición del Festival del Caribe

Autores:

Yelanys Hernández Fusté
Odalis Riquenes Cutiño
Dayron Chang

SANTIAGO DE CUBA.— Hervé Beuze moldea con su arte la concepción que tiene sobre su pueblo. Nació en la tierra ultramarina de Martinica, y describe en forma de mapas toda la historia, la población, la economía y el porvenir de la isla.

Beuze exhibe en la galería de Arte Universal de esta ciudad su instalación Machinique, una concreción de la palabra machine (máquina) e inique, clara alusión al nombre de su pueblo natal.

El creador utiliza el fuego para dar forma a sus «cartografías» de plástico. Pinta en rojo porque es «símbolo de sangre y de victoria», a la vez que suma otras dos tonalidades: blanco y negro, para polemizar sobre sus significados.

Machinique es una pieza única. También las que la rodean. Todas se integran a la exposición colectiva Maditierra, nombre que ha tomado de sus antepasados aborígenes, quienes la llamaban Madinina, la isla de las flores.

Junto a Hervé, sus colegas Robert Charlotte, Marc Marie-Joseph, Raymond Médelice, Hélène Raffestin y Sentier nos dibujan sus visiones particulares sobre la realidad donde viven y nos enseñan desde las artes visuales toda esa diversidad que perciben.

La Casa de Martinica, ubicada en el Centro Recreativo Orestes Acosta, igualmente expone la multiplicidad cultural de ese territorio de las Antillas francesas. La artesanía y la pluralidad de platos típicos asombran al visitante, el cual se apresura a buscarle una similitud con las tradiciones cubanas.

Llegarse hasta allí es encontrarse con trajes oriundos de ese pueblo, estampados en colores tenues, y accesorios hechos a mano, de una perfección y fastuosidad increíbles.

Ante la interrogante de nuestro diario sobre qué degustan en la mesa, una martiniqueña, Johanna Auguiac-Célénice, nos describe una inmensidad de platillos. Habla de que el coco tiene un sabor particular en esos predios y es muy utilizado en las comidas.

Los mariscos y la banana se mezclan con frutas tropicales como la guayaba y la guanábana, y se guisan con chayote y con el fruto del árbol del buen pan. «No hay nada más sabroso que un dorado marinado en leche de coco y limón, o un cocido caribeño de pescado y costillas de cordero creole», explica Johanna.

Tampoco, dice, se puede despreciar el trempaj, un consomé puro espesado con harina, que antes se servía muy caliente sobre una cama de pan seco, previamente remojado y extendido sobre grandes hojas de plátanos, aderezado con trozos de aguacate y banana, todo ello recubierto con una salsa de especias.

«Actualmente, el trempaj se prepara con esos ingredientes y se añaden mariscos, pescados, lambí o pollo», aclara, mientras agrega que para tomar, ingieren el «Ti Punch», una bebida elaborada con ron típico de su país, azúcar y limón, pero que a diferencia de nuestro mojito, no lleva hielo, ni hierbabuena.

En cuanto a la música, sorprenden los tambores característicos de Martinica, que deslumbraron a los asistentes a la gala inaugural de la 32 edición del Festival del Caribe, así como en el popular Desfile de la Serpiente, considerado la bienvenida popular a los participantes en el evento.

Con sus toques ancestrales, estos instrumentos se nutren de la savia de la tierra, para mezclar la energía de los cueros, el eco de la madera y las manos de sus portadores, reafirmando esa embriagadora voz que la identifica, en el coro multicultural del Caribe, según explicó a Juventud Rebelde el musicólogo Daniel Bardury.

En la emblemática Casa de las Tradiciones, el especialista impartió una conferencia donde señaló que cada compás de los tambores narra una historia antepasada que bien podría llegar de África, Francia, China y hasta la lejana India. Orígenes que encuentran sus esencias en expresiones de la música tradicional como el bélè, ritmo llegado desde Guinea o el Congo, el cual logró desarrollarse y consolidarse después de la abolición de la esclavitud.

Bardury ahondó sobre la potencialidad musical de su isla: «En ella se establece un diálogo entre el kriyé (solista), lé répondé (coro), la tibwa (ritmo de palos de bambú) y los tambours (tambores), lo cual constituye una especie de ritual que busca enriquecer nuestra sinfonía».

Al particularizar sobre las danzas, menciona el biguine, baile afrofrancés con ritmo de bolero, nacido en 1920; y el bwa-chouval, con sus acordeones y flautas de bambú. Igualmente resalta el lasoté, un culto a la solidaridad donde un grupo de hombres, guiado por los sonidos de la concha, incita a surcar los senderos con pasos de baile para obtener una buena plantación.

Uno de los más contemporáneos, apunta, es el zouk, «inspirado en danzas folclóricas con una sonoridad y movimiento insinuante, que se ha vuelto tan popular en Europa como en las Antillas francesas».

Cada uno de estos ritmos podemos apreciarlos en los escenarios santiagueros en donde se ofrece una panorámica de estas danzas y músicas procedentes de Martinica. Sobresalen los percusionistas Sissi Percussions y MOOV, y el Dédé Saint-Prix (cultor del bwa-chouval), así como Trass-la (danza bélè), entre otros.

El territorio ultramarino también nos trajo una muestra de sus pensadores e intelectuales. De ahí que en el coloquio El Caribe que nos une se debatiera sobre el legado de Frantz Fanon, imprescindible a la hora de entender los procesos de emancipación en el Caribe.

Víctor Pernal nos ilustró acerca de un Fanon interesado en la dimensión del hombre y preocupado por comprender lo que ocurre en los países de la región. Mientras, el destacado intelectual cubano Fernando Martínez Heredia conectó al autor de textos como Los condenados de la tierra y Piel negra, máscaras blancas, a los pensadores que nutren la Revolución.

Fanon, acotó, nos brindó una tesis poderosa con cuestiones importantes sobre nuestro mundo, donde el colonialismo, el imperialismo y el racismo de mediados del siglo XX eran temas reales, no abstracciones.

El martiniqueño, al decir de Martínez Heredia, esbozó una estructura que criticó el estigma en el que los del Tercer Mundo éramos vistos como casos particulares, folclor o lugar de olvido.

Es que como bien significara Fanon, a la hora de apreciar la tradición cultural de Martinica, como de toda la región, hay que tener en cuenta esa rica diversidad que nos identifica. Esencias que en Santiago de Cuba se perciben por estos días.

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